inici
 
 
 
     
 
Construyendo a Satán: una aproximación histórica
Josep Martínez Garrido
Universitat Autònoma de Barcelona

El hombre creó al Diablo a su imagen y semejanza”.

Fiódor Michailovic Dostoiesvsky

Bajo una perspectiva sinóptica que abarca tanto la concepción histórica como la antropológica, este texto intenta desarrollar una aproximación a los orígenes del advenimiento de este constructo imaginario, que sobreviene más que viga medianera o pilar básico sobre el que sustentar el edificio religioso cristiano, contrafuerte sin el cual el mismo devendría incapaz de adquirir su espléndida magnitud catedralicia.

La investigación histórica, el interés por el personaje al que se rinde homenaje en estas líneas, es fruto de una experiencia de trabajo de campo como antropólogo, muy previa –desarrollada de forma continuada entre abril de 1995 y febrero de 1997- con un grupo de oficiantes practicantes de magia [1] por encargo, que sustentaban sus prácticas en la creencia de un ser denominado Satán.

El interés que ha nacido en mí por descubrir cual era el poso histórico sobre el que construían y desarrollaban sus prácticas rituales, ha dado lugar a este pequeño artículo, sucinto resumen del capítulo que conforma el apartado histórico dedicado a Satán en la etnografía de concepción doble que basada en el trabajo de campo, el análisis antropológico y mediada por el riguroso estudio histórico resta pendiente de publicar.

De esta forma las siguientes líneas acercarán al estimado lector a los momentos históricos donde nació y se conformó la figura de ese ser, donde se dio lugar al constructo imaginario que como tal perdura en nuestra sociedad.

Por constructo imaginario debemos entender, siguiendo los postulados de los psicólogos Edward Tolman y Kurt Lewin, la creación de una herramienta mental necesaria para satisfacer unas determinadas necesidades.

Para el primero la conducta de las personas está dirigida por iniciativas de consecución de metas. Una conducta que es manifestación de la cognición o del conocimiento en tanto que la persona utiliza hipótesis, expectativas y estrategias con la intención de alcanzar metas evitando todos los obstáculos posibles a las mismas. Para Lewin las necesidades crean intenciones, las cuales a su vez generan tensiones que aportan metas al organismo, siendo la conducta la acción consumatoria dirigida hacia una meta.

¿Dónde empezó el constructo? Por lo que respecta a la etimología de nuestro homenajeado; Satán, el Diablo o el Demonio, palabras que han acabado siendo redundantes sinónimos, tienen en su exégesis filológica una diferente adscripción.

Satán es una palabra de origen hebraico (STN) que significa oponerse, impedir, hostigar, donde su sentido es simplemente el de enemigo o adversario.

Posteriormente el término Satán en los textos jurídicos hebreos, es usado con el sentido de acusador ante el tribunal y el término Sitna, derivado de la misma raíz es la acusación. Por ejemplo en el Apocalipsis se nos dice: “Entonces oí una voz sonora en el cielo que decía: He aquí el tiempo de salvación de la potencia, y del reino de nuestro Dios, y del poder de su Cristo: porque ha sido ya precipitado el acusador de nuestros hermanos, que los acusaba día y noche ante la presencia de nuestro Dios” (Ap. 12:10).

Diábolos es el término griego, del verbo diabállö, diaballein, significa poner obstáculos. Encontramos la palabra diábolos también con el significado de adversario, enemigo.

En la Biblia de los Setenta, el término Satán (enemigo, adversario, acusador) será traducido por diabolos (calumniador, malediciente), de donde derivará Diablo, otro de los usuales nombres del maligno (Fernández, 2004).

Demonio proviene así mismo del griego daimon. Éstos eran una especie de genios o espíritus, entidades sobrenaturales neutrales, a veces buenas en otras ocasiones malas, que se encarnan en los cuerpos. Esta idea de la filosofía griega la retomará Plutarco, para quien los daimones son almas intermedias que pueden llegar a ser dioses o caer de nuevo en el rango de hombres (Minois, 2002:23). Plutarco llegará a decir que si vemos a Apolo destruyendo una ciudad, de ningún modo debemos creer que es realmente él: se trata sin duda de un demonio que ha adoptado su forma. Al final de la época helenística daimon o daimonion tienen ya unas connotaciones puramente negativas: son entes maléficos, que castigan a aquellos individuos que han pecado (Fernández, 2004).

El diablo tal y como lo conocemos en la actualidad es una figura de origen judeocristiano, inseparable de la del Dios monoteísta que desarrollarán los cristianos (indisociable de ese ser cúmulo de omnipotencia y virtudes) que acabó por dar pie a su nacimiento, como al de su propio hijo Jesús. Y esto es básicamente lo que intentaré explicar aquí.

Otras culturas no necesitan de él, como afirma Georges Minois; los politeísmos no lo necesitan realmente; la multitud de dioses, que limita el poder de cada uno y engendra rivalidades entre ellos, basta para explicar la existencia del mal, provocado por esos seres ambivalentes, bienhechores y destructores a un tiempo, según sus intereses (Minois, 2002: 11).

Esos dioses de actitudes tan ambiguas como las de los mismos hombres que en definitiva los han inspirado, no requieren de figuras contrapuestas, de imágenes en el espejo. Su ambigüedad los inmuniza ante tal necesidad. Por el contrario con el advenimiento del monoteísmo cristiano, se idealizará progresivamente la figura del Dios creador, depurándola hasta alcanzar la esencia actual. Tenemos un Dios colérico y castigador en el Antiguo Testamento (el Dios de los judíos), injusto y sanguinario que en no pocas ocasiones se complace con la muerte, que evoluciona hacia el bondadoso ser del Nuevo Testamento y que culmina en el actual nuevo sentir cristiano, donde se identifica a Dios con el más loable de los sentimientos humanos: el amor.

Este proceso de transformación de Dios es lo que yo he dado en llamar el alambicado proceso de teogenia judeocristiana. Alambicado porque la evolución de este dios creador me recuerda el proceso de destilación alcohólica, con sus embriagadores resultados perdurando hasta nuestros días.

Así tenemos que el grupo sectario [2], de emergentes cristianos destila al Dios judío, transformándolo en un ser puro, alejándolo de la maldad y la iniquidad, acercándolo idealmente al mensaje social que este grupo intenta transmitir para medrar en su contexto histórico.

Destilando y destilando consiguen un Dios único, absoluto, que es el origen de todo, y por ello del bien y del mal. El concepto puro, se construye omnipotente e infinitamente bueno, la idealización de lo que este mundo no es y menos en época romana. Un Dios que además ofrece una suculenta recompensa a sus adeptos: la salvación eterna tras la muerte.

Se necesita pues de una figura que va a ser la antítesis del concepto puro, para explicar entre otros, el padecimiento físico de la humanidad. La única forma de sostener este constructo ideológico es incorporando un subterfugio que permita explicar cómo es posible no la maldad diría yo, sino el dolor, y aparece en escena el agasajado personaje de este artículo, por lo que si el diablo non è vero, è ben trobato. O mejor dicho re-trobato, porque este ardid no es nuevo, ya lo había usado el mazdeísmo, como veremos más adelante. Y en la mitología griega también podíamos ver cómo Zeus, el monarca absoluto de la creación, de quien derivará precisamente la palabra griega theos (dios), tiene un hermano deforme que gobierna en el inframundo, Hades, que en muchos aspectos es su opuesto, a pesar de estar mediadas estas dos figuras por una tercera, como es el dios Poseidón.

Posteriormente se identificará el reino del Hades con el reino de los muertos que aparece en el Nuevo Testamento. Éste va a servir para dar cuenta acerca de lo que pasa con todas las almas de forma pasajera. Tras la resurrección y el juicio final, los pecadores e infieles van a ir a parar de forma definitiva al infierno con el diablo. Quien va a estar siempre supeditado a la voluntad divina, como reza en el Apocalipsis: “Y estoy vivo, aunque fui muerto: y he aquí que vivo por los siglos de los siglos, y tengo las llaves de la muerte y del infierno” (Ap. 1:18).

Satán, la nueva figura, es perfecta, y va a servir de chivo expiatorio ante cualquier incongruencia teológica, como son las que se plantean al tratar de conciliar dos conjuntos de textos tan dispares cronológica, cultural e ideológicamente como son el Antiguo y el Nuevo Testamento.

¿Pero dónde empieza la destilación?

Satán, como todo el Antiguo Testamento, es heredero de los mitos divinos y las cosmogonías de combate de Oriente Próximo: sumerias [3], babilónicas [4] y cananeas [5], de donde recoge toda una serie de atributos tal y como demuestra Neil Forsyth [6]. Esos textos están jalonados de ejemplos. En la epopeya de Gilgamesh [7], éste y su amigo Enkidu [8] luchan contra su adversario Huwana [9], quien está presente en el mundo sombrío representado por el bosque, un bosque donde uno de sus árboles está guardado por una serpiente.

El poema épico del Gilgamesh, la obra literaria más antigua del mundo, datada hacia el 2000 a.C. cuenta cómo los habitantes de Uruk, en Mesopotamia, pidieron a los dioses que hicieran algo con el tiránico Gilgamesh, su rey, que fue posteriormente divinizado. Gilgamesh lloró cuando su amigo Enkidu fue asesinado. Esto le impulsó a buscar el secreto de la inmortalidad (Wilkinson, 2003:21). Gilgamesh se embarcará en un viaje en busca de Utnapishtim [10], el único superviviente de la gran inundación, quien le habla sobre el diluvio y le dice donde crece el árbol de la vida (Smart, 2000:99). Su antecesor Utnapishtim, el único humano que consiguió la inmortalidad, sugirió a Gilgamesh que visitara el inframundo y recuperara una planta mágica. Gilgamesh encontró la planta, pero una serpiente se la robó antes de que pudiera llevarla de vuelta a la tierra (Wilkinson, 2003:21).

Otros textos datados en el 1800 a.C. relatan la lucha de Ninurta [11] contra el demonio de las aguas Azag.

Otro mito nos presenta al dragón gigante Labbu también surgido del mar, que será vencido por un héroe-dios que acabará convertido en rey. El celebérrimo texto del Enuma Elis [12] nos describe la lucha del dios de los asirios [13], Marduk [14], contra el monstruo marino Tiamat [15].

En otro texto hallado en la biblioteca del rey asirio Asurbanipal en Nínive, se nos relata el combate de Ninurta contra el pájaro Anzu, donde se nos muestra por primera vez una revuelta contra la autoridad del dios supremo. Anzu es un pájaro, mensajero del dios, figura en la que puede verse un prototipo del ángel rebelde (Minois, 2002:20).

En los relieves del palacio del rey asirio Ashurnasirpal II, en Calah (actual Nimrud), aparecen unos seres míticos (de cuerpo humano y cabeza de águila) que reciben el nombre de Lamassu, shedu o kuribu, y que podrían constituir la inspiración de los ángeles [16] bíblicos denominados querubines (Éxodo 25:20) (Smart, 2000:104).

En la mitología babilonia, la responsabilidad del mal es compartida entre dioses y hombres. Estos últimos, nacidos de la sangre del demonio Kingu, son intrínsecamente perversos y el mal se transmite por generación. Tal vez incluso a partir de una falta muy antigua, como sugieren ciertos textos acadios, los Shurpu y los Maqlu (Minois, 2002:20).

Una falta primigenia o pecado original que va a acabar formando parte del génesis judío.

Estos demonios babilónicos poseen aspecto zoomórfico con cabezas de serpiente, león, perro.... Destaca entre ellos el asirio Pazuzu, con cabeza de murciélago, cuatro alas y cola de escorpión; con su bella estampa empieza la célebre película El Exorcista. Estos demonios atormentan a los hombres cuando cometen una falta, substituyendo al dios protector de ese hombre y poseyendo al individuo, siendo entonces necesario proceder a su exorcismo (Minois, 2002:20).

Los mitos de combate cananeos datados en el II milenio antes de cristo, nos presentan al dios Baal [17] (dios de la fertilidad) enfrentado al dios Mot [18] (dios de la esterilidad) y todos sus acólitos figurados como dragones y serpientes, incluido el monstruo marino Lôtan (el que se retuerce, la serpiente) que quedará en la Biblia como Leviatán. Así, podemos leer en el Apocalipsis de Isaías: ‘En aquel día el Señor, con su espada cortante, grande y fuerte, castigará al leviatán, serpiente huidiza; al leviatán, serpiente tortuosa; y matará al dragón, que está en el mar’ (Is. 27:1).

Los dioses del mar y de las aguas de Babilonia (Tiamat) y de Canaán (Yam [19], el mar) y (Nahar el río) son los destructores de la creación, los adversarios de los dioses creadores (Marduk y Baal).

El demonio bíblico va a heredar todos estos atributos reptilianos: el dragón, la serpiente, esa bestia que surge del mar; todo ello proviene directamente de los mitos mesopotámicos con los que durante siglos estuvieron en profunda imbricación los hebreos.

Es heredero directo de estos atributos y de los de Ahrimán, el diablo mazdeo, mucho más cercano a nosotros en el tiempo. Fue alrededor del año 600 a.C. [20] cuando el sacerdote iraní Zoroastro, reelaboró la religión de la zona, una rama del vedismo (la religión hindú). Según el Avesta, el texto religioso que recoge un conjunto de himnos que conforman los Gâtas, formados en épocas diversas y de la mano de autores muy diferentes, Zoroastro afirma la existencia de un único dios supremo: Ahura Mazda (el Señor Sabio). Se trata del Dios único, que es quien revela a Zaratustra la ‘buena religión’. Zaratustra al elegirla, elige el bien, el buen camino, y eso es lo que pide a los fieles. Ahura Mazda es una divinidad buena y santa (spenta) que creó el mundo por medio del pensamiento, y está acompañado por un séquito de seres divinos y santos que él mismo ha generado: la justicia, el buen pensamiento, la devoción, la integridad, la inmortalidad, el reino.

Entre las entidades creadas por Ahura Mazda, sin embargo, hay también dos espíritus gemelos: Spenta Mainyu (Espíritu Santo, Bienhechor) y Angra Mainyu [21] (Espíritu Destructor, Maligno). El primero escogió el bien y la justicia (arta), mientras que el segundo eligió el mal y la falsedad (druj). ‘Ni nuestros pensamientos ni nuestras doctrinas ni nuestras fuerzas mentales; ni nuestras palabras ni nuestras elecciones ni nuestros actos; ni nuestras conciencias ni nuestras almas están de acuerdo’, dice Spenta Mainyu a Angra Mainyu en el Avesta (Yasna [22], 45,2). Son, pues, seres completamente opuestos.

Como Angra Mainyu, también los daevas, es decir las divinidades de la religión tradicional iraní que habían sido adoradas hasta la reforma mazdeísta, eligieron la druj, la falsedad, de manera que no hay que rendirles culto porque constituyen el grupo de figuras malignas que rodea a Angra Mainyu. No son sino demonios inferiores, que se dedican a atormentar, tentar y confundir a los hombres, para intentar alejarlos del camino de la buena religión.

El cosmos [23], pues, está formado por quienes siguen el bien y la santidad y quienes practican el mal y la falsedad. Tanto el principio del bien como el principio del mal proceden de Ahura Mazda, pero, como Angra Mainyu eligió libremente su vocación maléfica, el primero no puede ser considerado el responsable de la aparición del mal. En cualquier caso, en su omnisciencia, conocía desde el principio cuál sería la elección del espíritu del mal: el hecho de que no la evitara significa que el mal se encuentra implícito en la existencia del bien y que uno y otro constituyen la condición previa necesaria de la libertad humana. También el hombre tiene que elegir, y en función de la elección recibirá su premio o castigo en el fin de los tiempos. Zaratustra consideraba, en efecto, que en una inminente transfiguración del mundo, las criaturas del mal serían aniquiladas y el bien triunfaría.

Los teólogos mazdeístas tardíos, sin embargo, fueron más allá en su especulación cosmológica y doctrinal, e hicieron de Spenta Mainyu una forma del mismo Ahura Mazda, ya que ambos eran espíritus del bien y la justicia. Pero entonces, Angra Mainyu, hermano gemelo de Spenta Mainyu, quedó convertido en el antagonista de Ahura Mazda, situado en el mismo rango que él. Este hecho dio lugar a un sistema estrictamente dualista, probablemente único en la historia de las religiones, que sorprendió a los vecinos de los persas que lo conocieron, como los griegos. Cuando describieron la religión persa, los griegos hicieron de los dioses Ohrmazd u Ormuz (forma tardía del nombre de Ahura Mazda) y Ahriman (forma tardía del nombre de Angra Mainyu) encarnaciones de fuerzas cósmicas y morales opuestas y complementarias (Cervelló, 2003:127-128).

Ahrimán, al acercarse a la luz de Ahura Mazda, la desea y trata de conquistarla. Para detenerle, Ahura Mazda crea el mundo, fundamentalmente bueno, y Ahrimán replica con una contra creación, la de los seres malhechores, para luego librarse una guerra sin cuartel entre el bien y el mal (Minois, 2002:28).

Los daevas, que eligieron la druj, son considerados demonios, y se organizaron en un panteón cuya estructura inspiraría posteriormente la del infierno cristiano. Angra Mainyu o Angramanius, palabra que derivará posteriormente en Ahrimán, el dios de la oscuridad, la muerte y el mal, es figurado inicialmente como una serpiente, pero también encontramos representaciones con cabeza humana, grandes orejas, colmillos y cuernos de toro [24]. Rasgos que pervivirán en la iconografía del Satán neotestamentario.

A Ahrimán, representado como una serpiente, le sirven siete archidemonios: el error, la herida, la anarquía, la discordia, la presunción, el hambre y la sed. Los que se dejan seducir por Ahrimán constituyen el pueblo de la mentira y son castigados con el infierno. En el ejército maléfico de Ahrimán encontramos personajes que más tarde formarán parte de la cohorte maléfica de Satán, como Azazel, Lilith o Rahab (Minois, 2002:29).

El bien y el mal se disputan el mundo iranio, pero ese dualismo queda falseado por la existencia de un Dios Supremo que nunca tolerará la victoria del mal (Minois, 2002:29). Idéntica solución será la adoptada posteriormente por el cristianismo.

Con estos elementos que he presentado hasta ahora, volvamos al proceso de destilación, a sus inicios. La Biblia ignora al diablo, que está totalmente ausente del Antiguo Testamento, desconoce la figura de Satán o de demonios inferiores. Yahvé está muy lejos de ser el bien absoluto, es un Dios ambivalente que se parece mucho a sus equivalentes del Oriente Medio. Tiene aspectos y actitudes muy temibles, exigiendo el exterminio de los adversarios de su pueblo e imponiéndole a éste pruebas terribles (Minois, 2002:24). Yahvé usa de los Mal’akh Yahveh (los ángeles mensajeros), a quienes confía las tareas sucias e ingratas, como el exterminio de 70.000 personas de las población de Dan y Beet-Sehva, lugar donde curiosamente los arqueólogos han hallado centenares de cadáveres calcinados. El diablo es uno de estos Mal’akh Yahvé, que se convertirá poco a poco en un personaje más autónomo y más responsable del mal, cuando los ideólogos de las emergentes sectas judías creyeron necesario lavarle la cara a Dios.

Un ejemplo sorprendente de esta evolución nos lo proporciona el caso del censo de Israel durante el reinado de David. La práctica estaba prohibida por la ley mosaica; pero, en el segundo libro de Samuel (24:1) es el propio Yahvé quien impulsa al rey David el emprenderla: Ve, censa Israel y Judá, David displicente cumple su orden: va, censa Israel y Judá, y el retorcido Yahvé le castiga por contravenir la ley mosaica.

En el primer libro de las Crónicas, escrito mucho más tarde, en la segunda mitad del siglo IV, se da ya una versión distinta para no atribuir a Dios semejante injusticia. Cuando se relata el mismo asunto, el autor escribe: Satán se levantó contra Israel e incitó a David a censar a Israel (I Cro. 21:1). El responsable de la trasgresión ya no es, pues Yahvé, sino Satán, que en esta ocasión actúa por iniciativa propia (Minois, 2002:26).

¿Qué ha sucedido pues de por medio? La evolución hacia un verdadero diablo tal como lo conocemos estaba lejos de hallarse terminada cuando se escriben los últimos libros del Antiguo Testamento, en el siglo II antes de cristo. Y luego, bruscamente, surge el diablo totalmente armado y sin transición en los primeros libros del Nuevo Testamento, donde es omnipresente. De hecho, en el Nuevo Testamento, vemos cómo la figura del diablo justifica hasta la encarnación del mismo Jesucristo, quien viene a la tierra para el gran combate contra el mal. Es como un ajuste de cuentas a escala sobrenatural.

La respuesta para Georges Minois y otros estudiosos del tema, la encontramos en los llamados evangelios apócrifos [25], los textos de la literatura apocalíptica de las sectas judías disidentes. Ahí es donde nació el diablo, en los ambientes sectarios exaltados, aunque ninguno de sus escritos pasará luego a formar parte del canon de la Biblia cristiana. Satán es asimilado desde el principio por los primeros textos cristianos, lo que sólo se explica por el hecho de que al principio, el cristianismo no es en sí mismo otra cosa que una secta disidente judía más (Minois, 2002:27).

Toda una serie de estos textos apócrifos datados alrededor de los años 210 y 60 de nuestra era, giran alrededor de un patriarca mítico llamado Enoc: el Libro de los Guardianes, el Libro de los Gigantes, la Visión de Enoc, el Libro de Enoc, nos explican la existencia del mal por una revuelta de los ángeles o de los hijos de Dios, dirigidos por Semihazaz y que son Azazel, Belial, Mastema, Satanael y Sammael, quienes subyugados por la belleza de las mujeres, se unen a ellas dando nacimiento a la raza maléfica de los gigantes, que difunden el mal por la tierra. Los ángeles rebeldes son castigados y según ciertas versiones se convierten en estrellas que caen del cielo. Algunos autores creen que de ahí proviene la expresión latina Lucifer, el portador de luz.

La versión apócrifa de la Vida de Adán y Eva da cuenta de una rebelión de los ángeles en los cielos. Una vez Dios creó a Adán, llamó a sus ángeles para que admiraran su obra y se inclinaran ante la misma. Miguel obedeció, pero Satán se opuso y dijo: "¿Porqué me presionas? Yo no reverenciaré a quien es más joven e inferior que yo. Yo soy mayor que él y él es quien debe reverenciarme a mí" (Vida de Adán y Eva 14:3).

La idea de una rebelión de los ángeles aparece en la literatura apócrifa y en el Apocalipsis (Ap. 12:7-9). No es casualidad que el texto bíblico que los mencione sea el Apocalipsis, otra prueba de lo que vengo afirmando, la profunda relación e importancia de las sectas apocalípticas como la de los Esenios y su mensaje en el desarrollo del constructo diabólico. Actualmente se considera al Apocalipsis como un texto de origen puramente apócrifo y judío, heredero de una antiquísima tradición hebrea, donde se denuncia a Roma como la Gran Ramera, con toda la vehemencia de un Apocalipsis judío (Giménez 2003:10).

En la Biblia, Dios aparece rodeado por una corte de espíritus, los bene ha-elohim [26], los hijos del Señor, convertidos más tarde en los ángeles, después de que, vertido al griego el Antiguo Testamento con el nombre de Biblia alejandrina o de los Setenta (siglo III a.C.), el término hebreo bene-ha-elohim sea traducido por el griego angeloi [27] (Fernández, 2004).

En la primitiva tradición hebrea, los ángeles, el mal`akh Yahvé, parecen representar al principio simplemente un aspecto del mismo Yahvé (Ex. 3:2-4). En Isaías (Is. 6:1ss) los serafines (las serpientes de fuego) actúan como ángeles, y en el Éxodo (Ex. 25:18ss) los querubines escoltan el arca de la alianza.

Los ángeles son espíritus enviados de Dios, encargados de que su voluntad sea ejecutada. Dios los utiliza como: tentadores a favor de la envidia (Núm. 5:14), de la malevolencia (1 Sam. 18:10), de la discordia (Jue. 9:23), de la fornicación (Os. 4:12;5:4), de la mentira (1 Re. 22:22-23). También los utiliza como exterminadores contra Sodoma (Gén. 19:13) y contra los egipcios (Éx. 12:23, Sal. 77:49), a pesar de que hasta el día de hoy no exista un solo indicio arqueológico de una presencia hebrea en Egipto que pueda confirmar los hechos que narra la Biblia. Dios usa a los ángeles contra Senaquerib (Is. 37:36) e incluso contra el mismo pueblo de Israel (2 Sam 24:16). Asimismo, son los atacantes de Saúl, de Abiméleck, de los Siquemitas y de los profetas de Acab.
Son la mano sucia de Dios, pero aún así en el Antiguo Testamento no hay indicios que estas potencias celestiales puedan volverse malignas, tal como aparece vívidamente en los libros apócrifos. Hasta el momento, sólo son el brazo ejecutor de los designios divinos.

Pero ni Satán ni los ángeles caídos son todavía encarnaciones autónomas del mal. Al contrario, son vistos aún como hijos de Dios y como servidores suyos, y como tales, pueden ser emisarios tanto de lo bueno como de lo malo. Ellos representan el mala’k de Dios, el rostro que éste muestra a los hombres. Pero Dios es ambivalente, y también lo es su mal’ak, por lo que ambivalentes son sus mal’akim, sus mensajeros. No importa lo que hagan Satán y los suyos: en este momento son aún meros instrumentos divinos que operan en la tierra, en tanto que el otro rostro de Dios, el enteramente bueno (diríamos) se halla representado en los benim, que permanecen a su lado en el cielo [...] más en el Libro de Job se acentúa de forma notable la separación entre los benim y el mal’ak o los mal’akim [...] ahora el mal’ak y el mensajero por excelencia Satán, se identifican con el mal.

En Sabiduría encontramos a Satán no ya únicamente como enemigo del hombre, sino también como enemigo y opositor del propio Dios. De ese modo, asumirá de un modo pleno el aspecto malvado de Dios, quedando éste investido sólo de los aspectos positivos y benévolos. (Fernández, 2004).

El término Satán según la Biblia Hebrea, no se refiere a ninguna persona en particular, significa también cualquiera de los mensajeros enviados por Dios para algún propósito específico en cuanto a obstruir alguna actividad humana. La presencia de Satán en alguna historia provoca obstáculos inesperados o reveses de fortuna. Será el adversario, el acusador ante un tribunal. Este Satán aparece en los libros de Números y de Job, como un obediente sirviente de Dios. Un mensajero o ángel, miembro del ejército de la real corte de Dios.

Pero Satán pasa por convertirse de hijo de Dios al enemigo de Dios.

En la tradición apocalíptica, en la que cabe incluir el Libro de los Jubileos y otros manuscritos del Mar Muerto, la separación entre Dios y el Diablo es ya plena: el mala’k es ya por entero independiente del Dios mismo. Nos encontramos ahora con el Señor de la Luz y el Príncipe de las Tinieblas autónomos y enfrentados. (Fernández, 2004).

Las sectas apocalípticas como la esenia o la cristiana construyen un discurso ideológico en el que aquellos judíos que no pertenecen a su facción, son no sólo sus enemigos, sino también los adversarios de Dios.

Estos grupos radicales comienzan a utilizar el calificativo de Satán para caracterizar a los judíos que se oponen a ellos. Para algunos autores, como la doctora Pagels, los esenios, al igual que otros grupos radicales, concibieron el conflicto interno entre ellos y los asmoneos (la familia judía que controlaba el ejercicio del sacerdocio oficial judío) como la lucha entre los aliados de Dios (los esenios y los ángeles de la luz) contra sus enemigos, los seguidores de Satán, el Príncipe de las Tinieblas, el antagonista de Dios. Toda su literatura mística sería una justificación de su lucha material intestina. Invocan las imágenes de una guerra cósmica que divide el universo en su totalidad. De hecho, las barricadas solo tienen dos lados, o estás de mi lado o en contra de mí.

Observamos muy nítida la influencia irania: Los esenios prosiguen el mito del combate indoiranio, con las dos fuerzas cósmicas rivales, la del bien y la del mal. Esos devotos y apasionados sectarios vivieron la ocupación de Palestina (y la adaptación de la mayoría de los judíos a esta ocupación) como la evidencia de que las fuerzas del mal estaban invadiendo el mundo, y empezaron a pregonar su mensaje de la llegada de Dios a la tierra para hacer frente a las fuerzas del mal.

Los libros apocalípticos, que en la literatura oriental son muy abundantes, se escribieron ante todo durante las terribles persecuciones que la autoridad estatal ordenó contra Israel o contra la Iglesia; también en tiempos de guerras, que nunca faltaron entre palestinos y sirios, israelitas, judíos y persas, por no citar más ejemplos. Estas obras se empezaron a popularizar desde el tiempo de los asmoneos (166-160 a.C.) y siguieron publicándose durante varios siglos entre las sociedades eclécticas del hebraísmo, siendo sus autores muchos de entre sus miembros.

Mediante visiones, sueños y alucinaciones que atribuían a los antiguos patriarcas, profetas y ángeles, se justificaban los senderos de Dios ante el pueblo hundido en toda clase de padecimientos y desastres. El autor vidente es, en estos libros, a menudo transportado al Cielo y desde allí asiste, en una perspectiva divina (esotérica en realidad) al desarrollo de los sucesos terrenales.

A Israel se le juzga por sus pecados, pero todo apocalipsis afirma que después del juicio universal habrá liberación para los justos y aniquilación para los malvados y tiranos; finalmente llegará la era Mesiánica, es decir la Edad de Oro bíblica.

Con su libro, el autor de este Apocalipsis se propuso sostener la fe de los perseguidos y oprimidos, y para ello explica el sentido sobrenatural de la persecución que padecen; anuncia el final desastroso que espera al perseguidor, como un signo de esperanza, y promete la verdadera felicidad a los que perseveren en la fe (Giménez, 2003:12).

A partir de la aparición en el último cuarto del siglo I d.C., entre los mencionados grupos extremistas, de doctrinas apocalípticas, donde el bien y el mal luchan continuamente en el mundo, se introdujeron cambios significativos en el antiguo monoteísmo hebreo. Dichos grupos se consideraban a si mismos como hijos de la luz, luchando contra sus enemigos, calificados como hijos de las tinieblas (Pagels 1995:47,179). Se creían los ‘elegidos’, los ‘hombres de la nueva alianza’, ‘los hijos de la luz’, los únicos predestinados para ser salvados en la catástrofe que se avecinaba [...]. Esperaban con mucha mayor ansiedad el final de los tiempos, y sostenían que habría de ocurrir de inmediato (Piñero, 2002:42).

Ese mismo pensamiento de corte etnocentrista, según Elaine Pagels, caracterizó la visión de los cuatro evangelistas, al catalogar como hijos de Satanás a los diversos grupos que cada uno de ellos identificó como sus oponentes. Todos los adversarios de los cristianos son sistemáticamente diabolizados, siguiendo el método esenio.

Que las primeras comunidades cristianas pertenecen a esos medios sectarios judíos es demasiado evidente. La omnipresencia del diablo, cuando éste último está prácticamente ausente de los textos canónicos del Antiguo Testamento, es la prueba más segura. Este personaje, hasta entonces extremadamente discreto y atado en corto, sale a primer plano: el Nuevo Testamento lo menciona cerca de 200 veces, en una cantidad ingente de veces como Demonio, Satán, Diablo, y otras como Bestia, Dragón, o Belzebú. En los Evangelios se le otorga al término un carácter personal de enemigo de Cristo, y podemos verlo en los relatos de las tentaciones (Mc. 1:12-13; Mt. 4:1-11; Lc. 4:1-13) y en los exorcismos llevados a cabo por Jesús (Mc. 3:22-26; Mt. 12:22-30; Lc. 11:14-23).

En el Apocalipsis se le nombra 17 veces como Dragón, 10 veces como Satán, 4 como Serpiente y otras 4 como Diablo, 3 como Demonio, y una como Príncipe del Hades, Fuerza del Mal, Ángel del Abismo y Bestia que sube del Abismo.

Mientras el Nuevo Testamento, fruto de las sectas judías disidentes, da mucha importancia al Diablo, los judíos se mueven en otra dirección. La enseñanza de los rabinos en el Talmud rechaza el dualismo y explica el mal como resultado del estado imperfecto de la creación del mundo o del uso indebido de la libre voluntad humana, y no como resultado de las maquinaciones de un enemigo cósmico de Dios. Rechaza la personificación de las fuerzas del mal y prefiere hablar del Diablo como de un símbolo de las tendencias del mal en la humanidad. De acuerdo con la enseñanza rabínica, en el ser humano habitan dos espíritus antagónicos: uno es la tendencia hacia el bien y el otro la tendencia hacia el mal. Dios creó las dos tendencias, pero Él dio a la humanidad la Torah para vencer el mal siguiendo la Ley. Los rabinos rechazan la tradición de la rebelión de los ángeles, pues los ángeles no tienen esta doble tendencia y no pueden pecar, y ni tan siquiera identifican a Satán con la Serpiente del Génesis.

Posteriormente en la Patrística, no vemos grandes especulaciones acerca de esta entidad. En la Patrística griega, para Orígenes, Satán queda conformado como el ángel rebelde a Dios, que incita a otros ángeles a seguirle en esa rebelión ante la autoridad suprema. Sin embargo, gracias a la idea de la apocatástasis, el regreso a la extracción original, el restablecimiento de las condiciones originales, incluso Satán volverá a Dios. Orígenes mantiene contra los gnósticos que el mal es ausencia de bien y que finalmente éste lo volverá a llenar todo: Nadie que no haya comprendido la verdad del llamado Diablo y de sus ángeles, y de quién era antes de convertirse en Diablo y cómo se convirtió en tal, podrá conocer el origen del mal.

Por lo que respecta a la Patrística latina, Tertuliano obra como los qumranitas: a todo aquello que se opone a sus principios le atribuye un origen satánico. Lactancio afirmará algo diferente, que Satán es el hermano menor de Jesús (recuperando la dualidad indo-irania de los gemelos Spenta Manyu y Ahra Manyu), que ha encaminado su poder hacia la malignidad motivado por el pecado de la envidia.

Será San Agustín quien empuje esta figura hasta su consolidación y formulación medieval tal y como la conocemos actualmente, con una serie de ideas que improntarán el constructo de manera determinante, marcando una pauta a seguir que no se abandonará.

En su obra De Civitate Dei (XI, 9) nos formula el relato de la rebelión de los ángeles, y como ésta es anterior a la creación de Adán y Eva, de forma que el pecado original de la pareja primigenia ya puede tener un culpable identificable. El círculo se cierra y el constructo adquiere la solidez catedralicia. A partir de ahora, la serpiente del Antiguo Testamento es Satán. El Antiguo Testamento, la Biblia reptiliana heredera de las cosmogonías de combate orientales, deviene susceptible de una interpretación comprensible para los emergentes cristianos.

San Agustín dará un paso más y asociará a Satán con la sexualidad y el mundo tenebroso, define los demonios con cuerpo de aire y sensibles al fuego, habitantes de las tinieblas con una sexualidad desenfrenada y aberrante. Nos habla de demonios íncubos [28] (masculinos) y súcubos [29] (femeninos), que copulan con seres humanos para conseguir la perdición de éstos.

San Agustín conformará la idea actual que se posee de Satán, criatura de Dios que pecó contra él fruto de su orgullo y de la envidia que sintió del hombre. Optando libremente por el mal, pero formando parte del plan divino que nos muestra el camino de lo que no debemos hacer.

Satán, el demonio, o el diablo, es inseparable del Dios judeo-cristiano, surgirá de sus mismas entrañas. Inicialmente es el resultado de los esfuerzos de determinadas mentes humanas, en concretos y específicos períodos históricos, por dar una explicación lógica al problema del mal, un mal que al alejar progresivamente de su preciado Dios adquiere autonomía. El Diablo sólo tendrá razón de ser, y en consecuencia sólo hará acto de presencia, en el momento en que se afirme la existencia de un Dios único y bondadoso, al que resultaría contradictorio atribuirle la responsabilidad del mal. Satán será llamado a cargar con ella. Satán exculpa a Dios de cualquier responsabilidad al respecto.

El Yahvé ambivalente del Antiguo Testamento responsable tanto de los buenos como de los malos acontecimientos dejará de serlo a medida que se va conformando un nuevo canon religioso. La nueva secta cristiana necesita de esta reformulación conceptual para medrar de forma proselitista en su ecosistema religioso. Y el constructo satánico evoluciona paralelo a la del mismo Dios.

Dios dejará de castigar y vengar en el Nuevo Testamento, porque esta tarea va a pasar a ser atributo de este nuevo agente especializado en el infortunio de los humanos, naciendo así el chivo expiatorio del cristianismo. Satán se convierte en el símbolo de la personificación del mal, que llegará a dar lugar a la justificación por identificación: puesto que existe el mal, existe Satán.

Y así al lavarle la cara a su Dios, destilaron una sustancia alcohólica que ha mantenido embriagada a la humanidad durante siglos....

BIBLIOGRAFIA
AGUSTÍN, San (1953) De civitate Dei (La Ciudad de Dios), Traducción de Lorenzo Riber, texto revisado por Joan Bastardas. Barcelona: Alma Mater.

ALEMANY, A. (2004) Clase Magistral: Master en Historia de las Religiones (UAB): Religiones del Irán Antiguo. Barcelona: inédito.

BOTTÉRO, J. (2004) La epopeya de Gilgamesh, el gran hombre que no quería morir, Madrid: Editorial Akal.

CERVELLÓ AUTUORI, J. (2003) “Aire, las creencias religiosas en su contexto”, en Antropología de la religión, una aproximación interdisciplinar a las religiones antiguas y contemporáneas, Barcelona: Editorial UOC.

CID, C., y RIU,M.. (2003) Historia de las religiones, Barcelona: Editorial Optima.

COHN, N. (1993) Europe’s Inner Demons: the Demonization of Christians in Mediaval Christendom, Londres: Pimlico.

DAVISON, G. (1967) A Dictionary of Angels, Nueva York: Free Press.

ELÍADE, M. (1978) Historia de las creencias y de las ideas religiosas, Madrid: Ediciones Cristiandad.

FERNÁNDEZ TRESGUERRES, A. (2004) “Satán la otra historia de Dios”, El Catoblepas revista crítica del presente, no. 31 Sept.

FORCANO, M. (2004), Clase Magistral: Master en Historia de las Religiones (UAB): El Judaísmo. Barcelona: inédito.

FORSYTH, N. (1989) The Old Enemy: Satan and the Combat Myth, Princeton, NJ: Princeton University Press.

GIMÉNEZ, M. (2003) Apocalipsis según Juan el Evangelista, Barcelona: Grupo Editorial GRM, S.L.

HARRIS, M. (2004) Introducción a la Antropología General (7ª. Edición), Madrid: Alianza Editorial.

KOTTAK, C. (1994) Antropología: Una exploración de la diversidad humana, Madrid: McGraw-Hill.

LEWIN, K. (1966) Principles of topological psychology, New York: McGraw-Hill Books.

MINOIS, G. (2002) Breve Historia del Diablo, Madrid: Espasa Calpe, S.A.

PAGELS, E. (1995) The Origin of Satan, London: Allen Lane, The Penguin Press.

PIÑERO, A. (2002) “Los manuscritos del Mar Muerto y los orígenes del cristianismo”, en Casadesús Bordoy, F. (ed), Sectes, ritus i religions del món antic, III curs de pensament i cultura clàssica, Palma de Mallorca.

PRAT CARÓS, J. (2001) El estigma del extraño, un ensayo antropológico sobre sectas religiosas, Barcelona: Editorial Ariel.

SMART, N. (2000) Atlas mundial de las religiones, Colonia: Editorial Könemann.

TOLMAN, E. C. (2001) Una nueva fórmula para el conductismo y otros escritos, Jaén: Ediciones del Lunar.

V.V.A.A. (1975), Biblia. Cito la Biblia por la edición de la Editorial Herder, Barcelona, 1975 cuyo prefacio y revisión general sobre los textos originales, corren a cargo del R.P. Serafín de Ausejo, O.F.M. CAP. Profesor de Sagrada Escritura.

WILKINSON, P. (2003) Diccionario ilustrado de las religiones, Madrid: Editorial San Pablo.

NOTAS
1 - El ritual y todos los demás aspectos de las culturas que se proponen mediar entre las fuerzas y seres ordinarios de un lado y las fuerzas y seres extraordinarios de otro (Harris, 2004:547). [VOLVER]

2 - Entendiendo por secta los postulados bajo los que el catedrático de Antropología Social Joan Prat desarrolla su ensayo El estigma del extraño, donde el término secta pierde su sentido peyorativo para plantear que la problemática clave que subyace en el tema del sectarismo, reside en el conflicto de intereses que enfrenta a unos grupos hegemónicos con otros minoritarios que se presentan como alternativas –totales o parciales- a lo que ellos representan.
Vid. Prat Carós, Joan. El estigma del extraño, un ensayo antropológico sobre sectas religiosas. Editorial Ariel, Barcelona, 2001. [VOLVER]

3 - Pueblo que habitó la zona meridional de Mesopotamia tras el período de El Obeid. Con los sumerios surgió la cultura de Uruk (hacia 3500 a.C.), en el que tuvo origen la escritura (alfabeto cuneiforme). Fundaron ciudades-estado (por ej. Uruk, Ur y Lagash). [VOLVER]

4 - Antiguo imperio asiático con capital en la ciudad del mismo nombre, situada a orillas del río Éufrates y fundada -probablemente por los acadios- a fines del tercer milenio a.C. [VOLVER]

5 - Pueblo que se asentó en Fenicia y Palestina (actuales Israel, Jordania, Líbano y Siria) a principios del segundo milenio a.C., y que ejerció notable influencia cultural sobre otros pueblos de la región, hasta el punto de que la lengua hebrea tiene sus raíces en el idioma de los cananeos. [VOLVER]

6 - The old enemy. Satan and the combat myth. [VOLVER]

7 - Hacia el 2650 a.C. Gilgamesh rey de Uruk, es divinizado tras su muerte y entra en la leyenda. Entre el 2330 a.C. y el 2000 a.C. bajo el primer imperio semita (Sargón el Grande) y luego III dinastía de Ur, se ponen por escrito las leyendas sumerias de Gilgamesh.
La epopeya de Gilgamesh, el gran hombre que no quería morir, Edición de Jean Bottéro, Akal, Madrid, 2004 [VOLVER]

8 - Enki.du significa en sumerio, criatura de Enki, el dios más inteligente, el demiurgo, al que los acadios denominaban Ea (Bottéro, 2004:30). [VOLVER]

9 - La región de las coníferas la tutela Huwawa, un ser formidable, especie de monstruo, medio humano, medio divino, armado con los siete fulgores sobrenaturales, capaces de aterrorizar y alejar a cualquiera (Bottéro, 2004:30) [VOLVER]

10 - Utnapishtim dijo a Gilgamesh que seria inmortal después de que los dioses enviaran un diluvio que acabaría con toda la humanidad. Advertido por el dios Enki, Utnapishtim construyó un arca para salvarse a sí mismo y a su familia (Wilkinson, 2003:21). [VOLVER]

11 - Los dioses sumerios cuyos nombres y mitología variaban según la ciudad, eran básicamente elementos de la naturaleza divinizados: el sol, la luna, el viento, los alimentos o la cosecha. Por ejemplo Enlil, el ‘señor viento’ que enviaba vientos húmedos de primavera para la siembra, era el dios de la azada. Vivía en el templo de Nippur, pero la ciudad era el hogar de su hijo Ninurta, ‘señor del arado’ (Smart, 2000:98). [VOLVER]

12 - A mediados del segundo milenio a.C. el dominio Babilónico entroniza a Marduk como dios principal en la cosmogonía mesopotámica, y esto queda recogido en el poema llamado Enuma Elis (Cuando en lo alto), pues estas son las palabras en acadio con las que empieza esta obra destinada a glorificar el dios Marduk.
Elíade, Mircea, Historia de las creencias y de las ideas religiosas. [VOLVER]

13 - El reino de Asiria estuvo situado en la cuenca central del río Tigris. Sus capitales fueron Assur, Kalah y Nínive. Los asirios formaron un poderoso imperio entre los s. XIII y VII a.C., cuando fueron arrasados por los medos. [VOLVER]

14 - En sus orígenes había sido el modesto dios de la Babilonia primitiva, hijo mayor de Ea, y en los principios representaba la acción fecundante de las aguas. Fue ascendido de categoría conforme se engrandecía Babilonia. El rey Hammurabi trabajó para elevar a Marduk al puesto supremo. Como no podía arruinar el prestigio milenario de Anu, hubo que inventar una historia que justificara el cambio: las fuerzas ciegas y monstruosas de Tiamat amenazaban a los dioses, pero ninguno de ellos, ni Anu, ni Ea, se atrevieron a combatirle. Sólo osó hacerlo Marduk, que en la asamblea de dioses anterior al combate les exigió que si salía victorioso le concederían el poder supremo y la dirección de los destinos universales (Cid, 2003:150). [VOLVER]

15 - La diosa Tiamat era el océano salado y representaba al caos antes de la creación. Las otras divinidades mesopotámicas fueron creadas cuando ella vivía con su consorte Apu, dios de las aguas frías. Durante algún tiempo los dioses vivieron en paz. Una vez hubo una guerra, y Tiamat fue asesinada por su hijo Marduk. La mitad de su cuerpo se convirtió en el cielo y la otra mitad en la tierra (Wilkinson, 2003:20). [VOLVER]

16 - Muy raros en la Biblia hebrea, los escasos que aparecen lo hacen en narrativas bíblicas muy tempranas como el Yahwist, y en el Libro de Daniel o el apócrifo del etíope Enoc, y lo hacen llevando la impronta del mazdeísmo. Gustav Davison en su Dictionary of Angels, 1967 estableció el proceso histórico de la transmisión de la herencia mesiánica y angeológica del Zoroastrismo al Judaísmo, la Cristiandad y el Islam. Norman Cohn (1993) ha ratificado el origen babilónico de los nombres de los ángeles, y la dependencia de doctrinas iraníes que inspiran las ideas acerca de la naturaleza malvada de los ángeles caídos. [VOLVER]

17 - El término Baal significa ‘señor’, y era el título otorgado a los dioses locales en muchas ciudades del oriente asiático. Su forma más conocida es Baal-Hadad, el dios cananeo del trueno y la fertilidad. Baal luchó contra el monstruo acuático Yam, y su victoria demostró que tenía el control sobre las lluvias otorgadoras de vida (Wilkinson, 2003:20). [VOLVER]

18 - El enemigo de Baal, era el dios de la muerte y estaba asociado con la esterilidad y la sequía. Según la leyenda, los dos dioses lucharon cruentamente, y el dios del trueno pareció ser derrotado. Milagrosamente, Baal resucitó al volver las lluvias tras la época de sequía (Wilkinson, 2003:20). [VOLVER]

19 - Dios del mar, hará la guerra a su hermano Baal al no aceptar su domino, igual que su otro hermano Mot (la muerte) que viene del desierto (Forcano, 2004). [VOLVER]

20 - Algunos autores como Minois lo colocan en el año 600 a.C. otros como Cervelló hacen uso de una fecha más simbólica el 1000 c.C. al considerarlo mucho más antiguo, pero sin posibilidad de establecer una fecha más concreta. Otros como Alemany lo sitúan entre el 1500 y el 1300 a.C., antes de la llegada de los iranios al propio Irán. [VOLVER]

21 - Dios de la oscuridad, la muerte y el mal. Ahra Manyu producía numerosas tormentas, plagas y monstruos durante su lucha contra Ahura Mazda. Los zoroástricos enseñaban que Ahra Manyu era necesario, porque sólo se puede entender el bien si también existe el mal (Wilkinson, 2003:21). [VOLVER]

22 - Yasna [Y] ‘Sacrificio’ (x 72 haiti); Y 28-53 = gata ‘Cantos’ (Alemany, 2004). [VOLVER]

23 - Del griego Kosmos, significa orden y está en oposición al caos (Khaos), el abismo. [VOLVER]

24 - Mitra, originariamente un dios solar, de la luz y del fuego, derivado de los fenómenos del astro del día, al que se suponía en lucha con un toro que representaba las fuerzas del mal (Cid, 2003:180). [VOLVER]

25 - Del griego apokryphos, oculto, secreto. Referencia todo libro atribuido a autor sagrado que no está declarado canónico. [VOLVER]

26 - La idea de Dios entre los semitas se expresa por ‘Ilu’ en acadio, ‘El’ en hebreo, ‘Elah’ y ‘El’ en arameo, ‘Il’, ‘El’ o ‘Elohim’ en cananeo (Cid, 2003:146).
Elohim es un plural que significa Dioses, los rabinos lo solucionan hablando de las múltiples facetas de Dios (Forcano, 2004). [VOLVER]

27 - Término griego que significa mensajero, visitante. [VOLVER]

28 - Del latín incubum, el que se acuesta sobre alguien. Espíritu, diablo o demonio que, bajo la apariencia de varón, tiene relaciones sexuales con una mujer. [VOLVER]

29 - Demonio o espíritu con apariencia de mujer que, según la tradición, seduce a los hombres durante su sueño. [VOLVER]

Quaderns-e Nº 07, 2006/a

 

 
    ISSN 1696-8298 © de cada text: el seu autor, © d'aquesta edicio: Quaderns-e de l'ICA