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Ruidos y sonidos : mundos y gentes


José Manuel Berenguer

Orquestra del Caos

Allí estaba otra vez, ese ruido. Aquel ruido frío, cortante, vertical,
que ya tanto conocía pero que ahora se le presentaba agudo y doloroso,
como si de un día a otro se hubiera desacostumbrado a él.


Gabriel García Márquez, La tercera resignación, 1947

Cuando lo que el gesto simboliza del sentimiento son las representaciones concomitantes, ¿bajo qué símbolo se nos comunican las emociones de la voluntad misma, para que las comprendamos? ¿Cuál es aquí la mediación instintiva? Sin lugar a dudas, se trata de la que el sonido lleva a cabo. Sea dicho con mayor rigor: sin ninguna representación concomitante, lo que el sonido simboliza son los diferentes modos de placer y de displacer. La pausa y el tono no son el sonido de la comunicación que no se hace acto, sino sólo deseo reprimido. Cualquier sonido, cualquier gesto, cualquier soplo, pueden ser una plegaria con la misma categoría que la palabra. Todo tiene una significación. El propio silencio es signo: toda ausencia lo es porque se inscribe en alguna presencia. Que algo se silencie y calle implica que cualquier otro algo queda sonando y así se manifiesta al oído.

El sonido es síntoma de muchas cosas; entre ellas, el control social, del que también es agente, ya que lo transmite —y con eficacia. Las alarmas, los teléfonos, las bocinas de los coches, los indicadores sonoros de los bulldozers, ejercen control y violencia acústicos. Pero, entre los sonidos, no sólo ésos: a menudo puede tratarse de un ruido muy intenso o de la música, quizá tenue, incluso, del vecino de al lado filtrándose a través de la pared. También del estrépito constante de una ciudad que puede llegar a impedirnos conciliar el sueño. Los rugidos, aullidos o bramidos son ejemplos de violencia acústica utilizada en la naturaleza cuya finalidad es la exhibición de fuerza que se traduce en intimidación, sometimiento y, finalmente, captura de la presa, si es que no se trata de una estrategia nupcial para la perpetuación. El sonido es arma, daña, pero no siempre el daño es medible en términos físicos. Si bien, en los casos más evidentes, se produce en alguna instancia mecánica de las estructuras perceptivas, mucho más comúnmente es de naturaleza psicológica, más sutil y difícil de medir. Lo que daña, en este caso, no es, pues, la especificidad física de la señal, sino el contenido del que, arbitrariamente relacionado con aquélla —según el viejo casi axioma estructuralista—, tan sólo es vehículo. Así, ese daño sólo tiene lugar en virtud de su condición de identificador icónico.

La llamada mente moderna se caracteriza por una habilidad especial y gran profusión en el manejo y la construcción de símbolos. Desde muy antiguo, los adornos personales actúan como identificador ante los otros elementos de la especie, pertenecientes o no al mismo grupo. El sonido y la música también cumplen esa función; hecho que justifica por sí sólo que quepa preguntarse si la cuestión ancestral de la relación del uso de símbolos con la creación de afinidades y rechazos no tendrá algo que ver en el origen de los sentimientos estéticos. En contextos urbanos, donde la mezcla de culturas, que no necesariamente su hibridación, es un fenómeno en crecimiento, las muy distintas actitudes culturales respecto de los usos del sonido plantean contradicciones difíciles de resolver. La expresión, la identificación, la significación son necesidades muy arraigadas, de naturaleza cultural, pero difícilmente separables del entramado biológico por el que otros mamíferos marcan el terreno a su paso con medios menos sofisticados. Aunque tales manifestaciones de identidad hubieron de correr parejas con los sentimientos de rechazo y protección correspondientes, no existe constancia de su existencia hasta la aparición de documentos escritos, como mínimo, decenas de miles de años después de que se construyeran las primeras joyas y los primeros instrumentos musicales. Quizá por ello pueda parecer más moderna la aparición del sentimiento de necesidad de protección de los espacios sonoros público y privado; pero eso no es óbice para pensar que tal necesidad no responda, como la otra, a imperativos bio-culturales tan reales y ciertos como los otros.

Sobre esa base bio-cultural se han asentado los medios de comunicación para convertirse en el eje en torno al cual se articula la cultura contemporánea. Son los nuevos vectores que transportan los signos, en forma de imagen, sonido o palabra, texto y, pronto, olores y sabores, calor, escozor, la caricia delicada del aire en la mejilla o el dolor de cualquier agresión. No es nuevo el hecho de que la cultura esté sometida a un vasto y acelerado proceso de mediatización configurado a imagen y semejanza del perfil económico cultural de la sociedad globalizada de nuestros días. Tampoco lo es el contubernio entre medios de comunicación y grandes grupos económicos: la industria cultural nació estigmatizada por la tutela del gran capital. Posteriormente, tomó cuerpo y coherencia aparente en un mercado de ofertas simbólicas sometido a las necesidades, tan caprichosas, de la economía capitalista. La comunicación es elemento decisivo en la conformación de la cultura, justamente porque, como tan sólo percibimos lo que los lenguajes permiten percibir, la realidad no es lo que se percibe. Y los lenguajes son los medios de comunicación; los medios de comunicación, las metáforas, que generan el contenido de las culturas. La cultura se mediatiza a través del proceso comunicativo; por ello, nuestros sistemas de creencias, es decir, los códigos sociales que han pervivido a lo largo de nuestras historias, se transforman profundamente a medida que la tecnología evoluciona. La lucha principal siempre ha tenido lugar en el espacio de la vigilancia recíproca en tiempo real, presente en los comportamientos más cotidianos y rutinarios: nos vigilamos siempre. Con la tecnología se exacerba el control y la vigilancia; pero si la tecnología de control facilita la consolidazión del poder dominante, también permite a todo individuo —y a todo grupo— inventar lugares secretos —y nuevos— donde transgredir, momentáneamente ajenos al alcance del poder.
La aparente predilección de los mecanismos de control por lo visual no es un accidente: una elevación suficiente de la vista no sólo privilegia al observador situándolo fuera de lo que ven los demás, sino que, además, activa uno de los principios elementales de control y dominación constantes en toda la zoología, a saber, la más alta posición del dominante. Por el contrario, el sonido, como rodea y penetra tanto al que lo genera como al que escucha, se adapta mucho menos a las actividades de dominación directa. No hay que pensar por ello que la dominación que ejerce acaso sea menos eficaz. A veces, creemos regular su influencia: como quien se conecta al walkman se aísla en su propio mundo y se separa del entorno, ese dispositivo, de la misma forma que induce a una actitud fuertemente privada y de rechazo por la interaccíón, ha hecho posible un nuevo tipo de relación de los individuos con los lugares y los no-lugares del entorno. Acostumbramos a vivir en territorios sin centro ni geografía en los que abundan los no-lugares. Incluso podemos llegar a vivir el entorno sin sentido alguno, como un caos primordial. El espacio público de la comunidad se disuelve en su propia imagen, su ilusión, deviene una virtualidad más. Pero la sociedad suena, genera formas acústicas cuyas gramáticas y sintaxis constatan y relatan su existencia, sus lógicas y sus dinámicas. El sonido hace las veces de mapa que inconscientemente, o con poca consciencia, interpretamos a fin de saber acerca de las características psicogeográficas del territorio en el que nos encontramos. Por los dispositivos sonoros portátiles, no sólo los walkman, sino diskman, teléfonos móviles, ordenadores de mano, reproductores de mp3, consolas de juego portátiles y una miríada de otros nuevos que se adivinan ya en el horizonte, se nos hace posible observar —y pensar— los lugares en que vivimos desde una perspectiva en que los puntos de vista personales conviven sin lucha con todo lo que nos viene determinado por el mundo. Cada uno articula sus gramáticas personales con su entorno en virtud de la elección de sus unidades sonoras preferidas, de manera que las cosas adquieren nuevos y múltiples significados, pactados y negociados entre los individuos y el mundo, que les es contingente. De esa forma, los sonidos propios se imponen sobre los exteriores, que podrían llegar a incomodar o, peor, ejercer su influencia sobre los individuos más intensamente. No debe parecer extraña la conducta por la que se personaliza para sí el espacio público con sonidos propios. Quién así actúa remeda perfectamente a quienes se relacionan con el entorno por medio de la estrategia del cruce, de la mutación y la recombinación de las estructuras esenciales de sus símbolos. Tan sólo es, pues, humano de mente moderna: cada cual escoge sus sonidos y los asocia con los otros elementos simbólicos de su entorno, atendiendo a las características de los contextos culturales donde ha vivido y se ha formado con anterioridad. A lo largo de ese camino, se eligen unas pocas opciones entre todos los sonidos que nos es dado escuchar. Sólo con ésas elecciones nos identificamos, sólo a ellas les adjudicamos valor estético positivo; y lo hacemos según la secuencia de procesos de interacción social que, tanto desde la perspectiva particular como desde la general, sólo puede tener una apariencia azarosa, más o menos filtrada por la contingencia, pero caótica en último extremo.

 

 
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