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Antropología de los géneros ...

Eliseu Carbonell

Universitat de Barcelona

Carmen Mozo González y Fernando Tena Díaz (2003) Antropología de los géneros en Andalucía. Sevilla, Mergablum.

Renato Rosaldo plantea en Cultura y verdad que en películas como Pasaje a la India o Los dioses deben estar locos, se crea una atmósfera de nostalgia en la cual las relaciones de dominio y subordinación de las sociedades coloniales logran parecer algo inocente y puro. Es lo que él denomina la nostalgia imperialista: cierta añoranza por la cultura colonizada como era ‘tradicionalmente’, cierto interés por encontrar aquellos rasgos culturales que la cultura colonizadora destruyó. Algo de ello había en el empeño de los folcloristas y escritores románticos, eruditos urbanos que buscaban en el mundo rural lo que el avance urbano derrumbaba. Algo de ello había también en la antropología social británica cuando se fijó en el Mediterráneo.

Actualmente, la “antropología mediterraneísta”, como la denominó críticamente Michael Herzfeld, está siendo sometida a una constante y minuciosa revisión. Una buena muestra de ello es el grueso volumen editado por la Maison méditerranéenne des sciences de l’homme de Aix-en-Provence en 2001. En el Estado Español esto no representa en absoluto ninguna novedad. La mirada crítica sobre la antropología mediterraneísta ha sido una constante ya desde la Primera Reunión de Antropólogos Españoles, celebrada en Sevilla en 1975, donde un concepto clave de la antropología mediterraneísta como es el de comunidad era escrupulosamente examinado por Joan Frigolé, Jesús Contreras y Ignasi Terradas, hasta la doble colonización de la antropología andaluza de la que hablaba diez años después de aquella reunión Isidoro Moreno en estas mismas páginas (ver: Quaderns de l’ICA, núm. 5). El libro Antropología de los géneros en Andalucía de Carmen Mozo y Fernando Tena se encuentra en esta misma tradición, pero hay que decir que, en nuestra opinión, supera a todos los trabajos anteriores.

Carmen Mozo y Fernando Tena, en un libro cautivante y necesario, plantean lo que en pocas palabras podríamos denominar, siguiendo a Rosaldo, la nostalgia patriarcal de la antropología mediterraneísta en Andalucía. Su trabajo se fundamenta en una receta sólida: únase Edward Said (la literatura romántica de viajes produce y difunde una consciencia geopolítica acerca de lo que Oriente es) y Henrietta Moore (el problema del androcentrismo no es tanto un problema de ausencias cómo de representación), aplíquese esto a Andalucía (acerca de lo que la mujer andaluza es) y se obtendrá un punto de partida firme y contundente para analizar tanto la literatura de viajes de la segunda mitad del XIX cómo la antropología del Mediterráneo de un siglo después.

El libro está estructurado en tres partes, aunque la tercera sea más bien una conclusión. La primera, “La construcción de la imagen romántica de Andalucía: sexos, géneros y sexualidades de un pueblo «atrasado»”, analiza la creación de una determinada imagen orientalizante de Andalucía, paradójicamente una de las regiones más occidentales de Europa en términos geográficos, en escritores del siglo XIX como Irving, Mérimée, Ford o Borrow. Muestra su influencia sobre los antropólogos mediterraneístas, cómo demuestra la persistencia del adjetivo bakcward societies en obras como la de Bandfield. La segunda parte, “Andalucía en el contexto de la antropología del Mediterráneo: sexos, géneros y sexualidades” se centra en el análisis crítico de la antropología del Mediterráneo, que, como todo el mundo sabe, tiene su punto de partida en la monografía de Pitt-Rivers sobre Grazalema (a pesar de que, ya antes, antropólogos franceses como Laoust o españoles como Caro Baroja hubieran trabajado en la región, aunque sin alcanzar la repercusión de los trabajos de Pitt-Rivers). En esta segunda parte, sin olvidar el reconocimiento debido a los grandes méritos de todos estos autores, se somete la antropología mediterraneísta a una relectura en clave feminista que pone al descubierto el sesgo androcéntrico de trabajos como los de David Gilmore o Stanley Brandes. Pero también los análisis surgidos de la antropología feminista, como los de Jane Collier, que en los años sesenta veía a las mujeres de Los Olivos, un pequeño pueblo de la Sierra de Aracena (Huelva), bajo el mismo prisma androcéntrico del síndrome del honor y la vergüenza descrito por Pitt-Rivers y las calificaba de “típicas representantes de la cultura mediterránea”.

Como bien indican Mozo y Tena se da la paradoja, ya señalada antes por Llobera, Pina-Cabral y otros críticos, de que el Mediterráneo como área cultural es un concepto no mediterráneo. Decir entonces en qué consiste la antropología del Mediterráneo es algo más difícil de lo que inicialmente podría parecernos. En las publicaciones recientes, los más veteranos como John Davis o Anton Blok, quizás un poco cansados de tanta controversia sobre el tema, acaban por decir que la antropología del Mediterráneo es sencillamente aquello que hacen los antropólogos en el Mediterráneo. Nunca fue fácil explicar qué diablos hacen los antropólogos, pero en este caso la pregunta se traslada como los tropos de James Fernández hacia otra interrogación: ¿quiénes son tales antropólogos del Mediterráneo? Basta echar un vistazo a escaparates de tiendas de cosméticos para ver que cualquiera puede apropiarse del término Mediterráneo.

Carmen Mozo y Fernando Tena nos ofrecen en este libro un análisis novedoso y agudo de una buena selección de jugosa escritura (del género de viajes como La Biblia en España de Borrow, de ficción como Carmen de Mérimée, o antropológica como Un pueblo de la Sierra: Grazalema de Pitt-Rivers) demostrando una vez más la finura de la línea que separa la literatura de la antropología. Mozo y Tena lo plantean con suma elegancia cuando dicen que: “el problema que se plantea no gira en torno a la veracidad de los datos sino a su significación. Relatos y etnografías se limitaron a reproducir los discursos sociales hegemónicos –como nociones de sentido común– en lo relativo a los sexos y a la sexualidad encontrados en y/o transferidos al pueblo andaluz y a las localidades locales estudiadas” (pág. 169).

Pero el dato esencial que se desprende de este trabajo, y en el que radica su originalidad, es que en buena parte la antropología del Mediterráneo, aunque aquí se limita al caso de Andalucía, se caracteriza por una confluencia de etnocentrismo y androcentrismo. Esto estaba presente ya en los viajeros románticos que acuden a Andalucía durante el siglo diecinueve, pero persistirá en los antropólogos que un siglo después acudirán a los pequeños pueblos de Andalucía desde sus universidades británicas primero y norteamericanas después.

En la primera parte del libro se sostiene que en el siglo diecinueve los viajeros europeos, pero fundamentalmente ingleses, aprovechando el desarrollo de las comunicaciones ferroviarias, se acercan a Andalucía donde no había llegado la senda del Grand Tour. Detrás de la curiosidad y la persecución de la originalidad, los viajes a Andalucía están impulsados por el interés estratégico de la región, por el control del tráfico marítimo de entrada al Mediterráneo y por explorar las posibilidades de explotación de sus recursos naturales. En este sentido, un viajero como Richard Ford habla, en 1845, de Andalucía como una “tierra virgen”. Mozo y Tena nos descubren aquí una primera conexión entre etnocentrismo y androcentrismo: en el proyecto colonizador, el hombre occidental penetró geografías para él recónditas, paradisíacas, “unas tierras sexuadas (femeninas) en estado «natural» (vírgenes) serían transformadas por la masculinidad «civilizada» del hombre occidental” (pág. 34). Al mismo tiempo se inferioriza a la mujer andaluza a través de su sexuación. Frente al modelo de mujer y de feminidad que imponía la ideología victoriana, una mujer débil, pasiva, doméstica, en el otro extremo, la literatura de viajes descubrirá en Andalucía “una «raza» de mujeres bellas, desinhibidas, con conductas poco adecuadas al decoro «natural» femenino, con mirada «oriental»” (pág. 63), el paradigma de la cual será Carmen, la andaluza más famosa aún hoy en día.

Curiosamente, como señalan Mozo y Tena, todo lo que de sensualidad y desinhibición se atribuye a la mujer andaluza en el diecinueve se transformará en castidad y continencia en el veinte, para cumplir escrupulosamente con lo que se espera que sea la mujer mediterránea según el canon de la antropología mediterraneísta: “La mujer andaluza se convertirá en una esencializada representante de la cultura mediterránea (...) una mujer casta, un modelo de casada obesa, que no ha oído hablar de emancipación, educación o liberación sexual, recatada en sus comportamientos, vestida con ropas oscuras para ocultar su cuerpo y que, en definitiva, manifiesta con el decoro el valor de su pureza sexual, su «vergüenza», que constituye la base de la posición moral de su familia en esta sociedad «tradicional»” (pág. 164).

Para Mozo y Tena, esto responde a una naturalización de las relaciones de dominación entre sexos llevada a cabo por los antropólogos mediterraneístas que a su vez se debe a la asociación de etnocentrismo y androcentrismo que está en la base de tal antropología. Las desigualdades entre hombres y mujeres, se preguntan Mozo y Tena, ¿son mayores en la sociedad andaluza que en otras sociedades?: “Lo cierto es que ese presupuesto tiene una funcionalidad en el contexto que lo elevó a hecho social probado: la de confirmar la superioridad cultural implícita en la visión que tienen los investigadores de sus propias sociedades, supuestamente ajenas a tales generalizaciones” (pág. 139). Y así llegamos a la que, según nuestra lectura, es la raíz del problema y la mayor aportación de este trabajo, una aportación muy importante a tener en cuenta en el contexto de la crítica que de unos años hacia aquí, sobretodo desde la publicación en 1987 de Anthropology throught the Looking-Glass de Herzfeld, se está haciendo a la antropología mediterraneísta.

Porqué más allá del clamoroso desconocimiento de las tradiciones intelectuales locales del que se ha acusado a gran parte de esta antropología, hecho que ya denunció Llobera en La identidad de la antropología, incluso más allá de la ignorancia de la historia que llevó a planteamientos ahistoricistas a muchos de estos antropólogos británicos y norteamericanos, como queda sobradamente demostrado en Antropología de los géneros en Andalucía, este libro nos ilumina sobre el problema principal que planea sobre esta antropología: la nostalgia del patriarcado.

La nostalgia del patriarcado explica la obsesión antropológica por el estudio del honor y la vergüenza. Para refrescar la memoria bastará con recordar que, tal y como lo describieron antropólogos mediterraneístas, este complejo parte de la idea que el honor de un hombre descansa sobre la castidad sexual de su madre, su hermana y su esposa. La reputación de la familia depende por lo tanto de la vergüenza (sexual) de la mujer y la capacidad del hombre de defenderla, incluso por la fuerza. Esta cuestión ha suscitado un incontable número de páginas antropológicas, algunas de ellas de gran calidad, por cierto. Como también son de gran calidad algunas de las críticas que este debate ha generado. Esta ahora no es la cuestión. Lo importante a destacar es que, del mismo modo que la nostalgia imperialista hecha de menos aquello que aborreció y se afanó a destruir, la nostalgia patriarcalista, digámoslo así, lleva a buscar en las sociedades mediterráneas aquellos modelos hegemónicos de dominación masculina que estaban siendo puestos seriamente en cuestión, sino desapareciendo, en las sociedades de origen de los investigadores, sobretodo en los ambientes universitarios, por influencia de los movimientos feministas: “Y fueron precisamente ambos modelos” (la vergüenza de la mujer casta y el honor del hombre viril) “los que vinieron a buscarse a Andalucía, una sociedad que todavía no había cambiado, una sociedad tradicional, una sociedad, en definitiva primitiva. Si existían o no transgresiones y/o alternativas a esos modelos es algo que nunca sabremos leyendo las etnografías de estos antropólogos puesto que los intereses implícitos que motivan las investigaciones no sólo reifican ciertos temas sino que también ocultan otros” (pág. 101-102).

Aquí es donde se muestra claramente la conexión entre etnocentrismo y androcentrismo. Un etnocentrismo que trata de primitivizar, y a veces infantilizar, las culturas del Mediterráneo y un androcentrismo que contempla las relaciones de género en el Mediterráneo desde el prisma de la ideología burguesa victoriana de la castidad femenina. Un concepto como el de honor, nos explican Mozo y Tena, tenía para Pitt-Rivers, en 1954, claros “armónicos arcaicos” y aún así lo usó como marcador de la masculinidad andaluza, cosa que demuestra su intención, consciente o no, de aplicar un tratamiento arcaizante, como hacen los anticuarios para vender un mueble nuevo por viejo, sobre la sociedad andaluza. De hecho, ya Herzfeld nos recuerda que el término onore se oía por los teatros de ópera mucho antes de ser transportado a las sociedades mediterráneas.

En el convulso siglo diecinueve los viajeros románticos fueron a Andalucía en busca de una naturaleza perdida, el viaje se convierte en una huida, en una evasión. También en el siglo veinte los antropólogos viajan a Andalucía, curiosamente a pequeños pueblos alejados de bullicio urbano: “los antropólogos pretendían encontrar en los pueblos rurales andaluces aquello que pensaban como definitivamente ausente de sus sociedades: la tradición –frente a la modernidad–, la cohesión de la comunidad –frente al individualismo–, el «cálido» ambiente de la Andalucía rural –frente a la «fría» sociedad industrial (...) si bien podemos decir que la geografía andaluza y sus habitantes fueron primitivizados, también es cierto que se evocan con fascinación y nostalgia” (pág. 158). ¿Nostalgia de qué? Quizás los viajeros románticos sintieran nostalgia al contemplar la ‘reseñorización’ que se produce tras la desamortización. En cuanto a los antropólogos mediterraneístas, Mozo y Tena son concluyentes: “a partir de que los movimientos feministas denunciaban y criticaban el patriarcado en los países de origen de los investigadores, éstos situaron fuera de sus fronteras geográficas, étnicas y de clase (...) formas de organización social arcaicas que fueron a buscar a Andalucía para su re-creación. Si el mundo anglosajón se cuestionaba el patriarcado, encontrarlo tan vigente e incardinado en la cultura andaluza constituyó una nueva vía –reciclada– de inferiorización” (pág. 171).

Carmen Mozo y Fernando Tena demuestran en este libro una envidiable capacidad y valentía crítica. Van a necesitar mucha más si, como prometen al final de su libro, su próximo objetivo son los discursos sobre Andalucía generados por los propios científicos sociales andaluces y ojalá también del resto del Estado. Un poco de autocrítica no nos vendrá nada mal. De momento, debemos felicitarnos por la aparición en nuestro panorama intelectual de un libro que debe ser puesto al lado de obras tan importantes como las que han impulsado a Mozo y Tena a escribir Antropología de los géneros en Andalucía, o al menos al lado de obras críticas como la de Michael Herzfeld.

 

 
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