| A finales de los sesenta
se produjo un intenso debate sobre la función de los museos,
cuestionando los objetivos de estas instituciones y, al mismo tiempo,
sus prácticas y métodos de trabajo tradicionales.
Se abrió camino a una nueva concepción del patrimonio,
mucho más abierta y amplia que la tradicional, lo que comportó
la aparición de nuevas formas de museos de etnología
y de historia, como los ecomuseos, los centros de interpretación,
los museos locales, los museos de arqueología industrial,
o los parques arqueológicos. En todo este esfuerzo de renovación,
los museos etnológicos jugaron un papel fundamental y fueron
uno de los ejes de la denominada “nueva museología”.
Hoy en día, tres décadas después de aquella
renovación museológica, la evolución de los
museos etnológicos es contradictoria. Por una parte, desde
los noventa, muchos museos etnológicos tradicionales han
ido entrando en una profunda crisis, perdiendo los favores del público
y de las autoridades culturales. Los debates sobre cómo mostrar
la cultura han afectado a los museos etnológicos (Simpson,
2001), tanto los que son herederos de la interrelación
entre la antropología y el colonialismo (las instituciones
dedicadas a presentar las otras culturas "exóticas")
como los que han sido el resultado de los movimientos folclóricos
del romanticismo especializados en presentar las propias culturas
locales o nacionales, sobretodo referidos a las sociedades rurales.
Muchos de estos museos no han sido capaces de readaptarse ni a los
nuevos intereses del público, ni a las nuevas formas de presentación
ni tampoco a los cambios sociales. Como señala Bestard (2007),
“ya no es posible exhibir a un otro distante, sino que
nos exponemos a nosotros mismos, este conjunto de ciudadanos multiculturales
que poblamos las ciudades”. Tal vez esto es lo más
grave: que una gran parte de los museos etnológicos nos presenten
sólo visiones del pasado de la sociedad, sin ser capaces
de reflexionar a través de éstos sobre nuestro presente
y nuestros temores. Tampoco algunos de los museos surgidos de la
“nueva museología” han resistido el paso de los
años, el cambio de intereses del público y las exigencias
de los retos de nuestra sociedad actual. En muchos casos, incapaces
de renovar absolutamente sus contenidos, los museos han envejecido
fruto de sus contradicciones, carencia de medios y falta de propuestas
para avanzar hacia nuevos discursos.
Pero por otra parte, en las dos últimas décadas
en distintos países han ido apareciendo museos con nuevos
discursos y planteamientos que suponen reinvenciones de los modelos
de museos etnológicos. En los viejos museos de etnografía
soplan vientos nuevos que están renovando su atmósfera,
sus contenidos, sus objetivos y sus formas de comunicación.
El desinterés del público por sus anticuados contenidos
ha llevado a muchos museos etnológicos a una necesidad de
reinventarse a sí mismos con propuestas sobre sus prioridades,
sobre sus formas de exposición, sobre su misión e,
incluso, sobre el propio concepto de museo. Los museos canadienses
de la Civilización ya han mostrado desde hace más
de una década que es posible atraer al público y conseguir
crear instituciones que permitan reflexionar sobre nuestro pasado,
presente y futuro con museografías atractivas. También
algunos museos al aire libre y ecomuseos han ido variando sus objetivos
románticos de conservación de la sociedad “tradicional”
mediante nuevas propuestas que –sin renunciar a sus objetivos
iniciales de desarrollo socio-comunitario- permitan contemplar una
visión de la vida cotidiana con sus costumbres, conflictos
y contradicciones. Y, en una línea bien distinta, la museografía
crítica (como la del Musée d’Ethnographie
de Neuchatel) nos ha mostrado como es posible la utilización
de los antiguos objetos para reflexionar sobre nuestro presente
y nuestro futuro.
Pero ha sido tal vez el hecho de que museos paradigmáticos
y que han marcado un hito en la historia de la museología
etnológica, como el Musée de l’Homme
o el Musée des Arts et Traditions Popularies hayan
cerrado sus puertas (para reconvertirse o, mejor, para reinventarse
en nuevas propuestas no exentas de polémicas como el Quai
Branly o el proyecto del Musée des Civilisations
d’Europe et de la Mediterranée) lo que ha generado
una mayor polémica sobre el futuro de los museos etnológicos.
En esta primera década del siglo XXI, el panorama de los
museos etnológicos se está transformando profundamente
y – como afirma Segalen (2005: 287)
– el paisaje de estos museos será bien distinto en
pocos años: “Algunos museos mueren, otros se regeneran,
otros nacen”. Los museos etnológicos asisten a
un proceso de reinvención que adoptan modelos bien distintos.
Realizaremos un itinerario por algunos de estos modelos, pero sin
duda serían muchas más las propuestas y ejemplos que
podríamos incluir.
1. Del museo al aire libre al parque-museo
Es necesario retroceder en el tiempo para ver como apareció
uno de los modelos museológicos que más han incidido
en la configuración de los museos etnológicos. En
1891 se abrió en Skansen el primer museo en el aire libre.
Su creador, Artur Hazelius era un maestro, especialista en lenguas
escandinavas y nacionalista nórdico, dedicado al estudio
de pueblos que desaparecían como consecuencia de la industrialización.
Hazelius creó Skansen, que también es un parque zoológico,
con el objetivo de preservar y mostrar al público como eran
las casas de la sociedad rural y como vivían y trabajaban
los campesinos de la época.
Skansen integra más de ciento-cincuenta edificios de diferentes
lugares de Suecia, construidos en los siglos XVIII y XIX y representativos
de la arquitectura popular de las distintas regiones de Suecia,
que fueron transportados desde sus ubicaciones originarias. Los
interiores de las casas se recompusieron con el mobiliario, utensilios
y herramientas propios de las regiones de origen y sirvieron para
alojar actividades artesanales, prácticas agrícolas
y demostraciones técnicas con las cuales se complementaba
el deseado efecto de transposición. El objetivo consistía
en preservar el patrimonio de la sociedad anterior a la industrialización,
pero su gran innovación consistió en colocar los objetos
históricos en su contexto funcional, sobre el trasfondo de
su entorno cultural. Al mismo tiempo, se realizan actividades complementarias
relacionadas con la agricultura, la artesanía y la utilización
de diversas técnicas antiguas con el fin de dar una idea
general de las condiciones de vida. De todo ello resulta la representación
de una serie de paisajes humanizados, intentando simular un hábitat
concreto, que juntos conforman un espacio sintético, metáfora
de la identidad nacional. El proyecto ideológico que se deducía
de ello comportaba dos características. En primer lugar,
el hecho de que el espacio del museo al aire libre proporcionase
una idea de diversidad de la cultura nacional, pero al mismo tiempo
de unidad nacional. En segundo lugar, Hazelius no sólo "inventó"
un nuevo modelo de museo, sino también una sociedad, presentándonos
un mundo romantizado, idílico, donde no hay nada desagradable,
y que responde a cómo los urbanos ven a la sociedad rural.


Skansen. Fotografía: Xavier Roigé
Skansen continua siendo, en la actualidad, el museo más
frecuentado de Suecia, con 1,4 millones de visitantes por año
y 183 trabajadores permanentes (además del personal eventual),
obteniendo sus recursos un 35 % del Estado, un 30 % de las entradas
y un 35 % de esponsors y otros. Pero el desarrollo reciente de la
etnografía y de la museografía en los países
nórdicos ha estado marcado – como señala Maure
(1993) - por una reacción contra los
modelos de museos etnográficos creados a finales del XIX.
Se les reprocha, en primer lugar, que el conjunto esté vacío
de su significación original con la única función
de suscitar sentimientos nostálgicos hacia el pasado, y en
segundo lugar, que sus colecciones no nos proporcionen más
que una imagen parcial de la realidad histórica. Pero la
amplitud y la calidad de estas realizaciones centenarias continúan
suscitando la fascinación y el respeto. Como también
sugiere Maure (1993), sus creadores eran al
mismo tiempo visionarios y empresarios, investigadores y artistas,
administradores y educadores, amantes del pasado y actores del presente.
Aunque aparentemente, el concepto mismo de museo de aire libre
parece ya caduco, en beneficio de la preservación in situ
y de la interpretación del paisaje, el modelo centenario
de museo al aire libre no está superado y sólo en
Europa siguen funcionando unos 300. Si bien la mayoría siguen
manteniéndose de acuerdo con los principios originales de
presentación, con un cierto aire nostálgico y caduco,
en muchos casos se ha ido emprendiendo una renovación de
los contenidos y de las formas expositivas. Beamish, en Gran Bretaña,
fue creado en 1970 por Frank Atkinson siguiendo la forma del parque
temático, mediante un ferrocarril que transporta a los visitantes
de un área a otra, cada una centrada en una época
distinta: en 1825, mostrando la sociedad rural a los inicios de
la revolución industrial; y en 1923, reconstruyendo una pequeña
ciudad industrial con edificios que reproducen tiendas, talleres
industriales, el banco, el teatro, un salón música,
una escuela, etc. El proceso de creación fue similar a lo
que hemos descrito en los museos escandinavos, con la reconstrucción
de las casas en un mismo espacio, pero representa una reelaboración
del modelo de museo al aire libre, por cuanto las referencias a
cultura popular son substituidas por “una misión
de un museo dinámico que pretende presentar la historia social
de la población del noroeste de Inglaterra, para que nuestros
visitantes se informen, se entretengan, se eduquen y se conviertan
en nuestros mejores defensores”. Siguiendo el modelo
anglosajón de museo de historia viva, el museo cuenta con
numerosas representaciones escenificadas. Con 350.000 visitantes
anuales y casi 200 personas trabajando en el período estival,
Beamish es el museo al aire libre más conocido de la Gran
Bretaña.
Un ejemplo muy claro de reinvención de un museo es el Nederlands
Openluchtmuseum (Museo al Aire Libre de los Países Bajos),
creado en 1912 durante el periodo de mayor euforia de Skansen, que
ha emprendido en los últimos un ambicioso plan de renovación
que le ha llevado a ganar el Premio Museo Europeo del Año
en el 2005. En sus inicios, el Openluchtmuseum respondía
a los mismos principios que Skansen (De Jong, 1994):
una idea romántica, un deseo de presentación de una
sociedad casi intacta como contraposición a los rápidos
cambios de la sociedad, consecuencia de la industrialización;
una valoración estética del producto tradicional y
un menosprecio hacia los productos industriales. Hoefer, su principal
creador, deseaba un espacio museográfico donde la modernidad,
con sus cambios técnicos y la producción no tuvieran
cabida, y donde aún se pudiera disfrutar de un mundo en el
que el tiempo se detenía. Durante la Segunda Guerra Mundial,
el museo pasó a ser propiedad del Estado y aunque una parte
importante de sus elementos fueron destruidos en la Batalla de Arnhem
(el museo sirvió incluso como campo de refugiados), después
de la Guerra fue restaurado y ampliado. Más tarde, ya en
los setenta, se abandonó la idea de arte popular como objetivo
principal y se habló de la historia de la vida cotidiana,
rompiendo al mismo tiempo la frontera que separaba la producción
industrial del artesanal e incorporando nuevos edificios de uso
industrial (una fábrica de queso y una factoría mecanizada
de leche), maquinaria agrícola y nuevos edificios situados
en los años treinta. Sin embargo, el museo no pudo evitar
un cierto decrecimiento de público y el dilema de cómo
podría resistir un modelo así el paso del tiempo (De
Jong, 1994). Ello llevó, en 1987, al anuncio por parte del
Ministerio de Cultura de la intención de cerrar el museo,
una decisión que sólo pudo evitarse por la presión
pública que llegó a manifestarse para exigir la permanencia
de la institución.

Nederlands Openluchtmuseum. Fotografía: Xavier Roigé.
Desde entonces, el Museo ha iniciado un proceso de remodelación,
cediendo su gestión a una Fundación y reorientando
sus objetivos y misión. Por una parte, ha ampliado sus objetivos
profundizando en substitución de la noción de cultura
popular por la de la vida cotidiana como eje temático de
la misión del museo. Por otra, ha realizado un esfuerzo considerable
por modernizar sus exposiciones, tanto desde el punto de vista temático
como museográfico. Así, ha ido incluyendo muestras
sobre diversos aspectos de la sociedad rural holandesa que pretenden
explicarnos la realidad social de la vida cotidiana alejándose
de la idea de idealización. Se han realizado exposiciones
como 'Spaarstation Dingenliefde' (“El paraíso
del coleccionista”), “Eeen Nonte Stoet”
(sobre el trabajo de recolección y conservación etnográfica),
o sobre el papel de Holanda en la época colonial en la Antillas.
También se llevan a cabo representaciones teatrales que nos
muestran los conflictos sociales, como la de una huelga de trabajadores
en una explotación agraria del 1929, así como un buen
número de presentaciones multimedia y de presentaciones históricas.
Pero el elemento más destacado ha sido la construcción
de unas nuevas instalaciones a la entrada del recinto, donde destaca
el espectacular multimedia HollandRama. Se trata de una
combinación de técnicas multimedia distintas, en las
que la plataforma giratoria de de la platea de visitas va girando
y ascendiendo y descendiendo por distintas escenografías
del pasado y presente de los Países Bajos. En general, el
museo realiza un esfuerzo por hacer comprensible sus contenidos
hacia poblaciones que ya no tienen como referente los elementos
representados, como por ejemplo los distintos aspectos de la sociedad
rural que – sin explicaciones adecuadas - ya no son comprensibles
para el gran público urbano que no las ha experimentado.

Espacio didáctico del Nederlands Openluchtmuseum. Fotografía:
Xavier Roigé.
Las viejas casas y edificios de los museos al aire libre deberán
dejar atrás sus contenidos de evocación nostálgica
para servir de cuadro a la reflexión sobre el pasado y presente
de la sociedad. No se trata sólo de modernizar sus instalaciones
convirtiéndolas en una experiencia exclusivamente lúdica,
sino de reorientar y reinventar su misión de acuerdo con
los cambios del público.
2. De los ecomuseos a los economuseos
Treinta años después de su lanzamiento, los ecomuseos
resisten mejor la crisis que los museos etnográficos o etnológicos
tradicionales, pero en todo caso deberán conseguir no sólo
más públicos, sino sobretodo redefinir sus objetivos.
Deberán, como señala Segalen (2006:
301) no sólo referirse a la cultura del pasado sino también
de los problemas contemporáneos (agricultura industrial,
turismo, explotación de los recursos naturales, etc.).
Aunque con frecuencia se señala que los ecomuseos son la
versión francófona del museo al aire libre, lo cierto
es que se trata de modelos bastante distintos en su concepción
y objetivos. Los ecomuseos fueron, sin duda, el elemento más
característico de la renovación impulsada por la nueva
museología en los años setenta. Fue el mismo Rivière
quien los definió, indicando (1971 a 1980) que el ecomuseo
era "como un museo del hombre y de la naturaleza de un
territorio determinado y a lo largo del tiempo, el cual tiene que
ser necesariamente concebido y gestionado con la participación
de la población local, con el objetivo tanto de reforzar
su sentimiento de identidad colectiva como de contribuir a su desarrollo
social, económico y cultural". La primera generación
de ecomuseos partía de la idea de Rivière de "museos
de casa" y del modelo de Skansen, reconstruyeron conjuntos
de edificios que configuraban poblaciones, como en el caso del Ecomusée
de la Grande Lande en Marquèze (1969). El modelo era
bastante diferente al de los museos al aire libre, sobretodo porque
partía de la reconstrucción de una unidad ecológica
preexistente, y no del simple traslado de edificios. Esta evidencia
de un conjunto, de una comunidad, queda reforzada por la existencia
de un ferrocarril de vapor que lleva al visitante a un breve viaje
en el tiempo: los visitantes aparcan su coche a una estación,
donde toman la entrada-billete del ecomuseo y posteriormente son
"transportados" a otra época, como si se tratara
de un ritual de paso mediante un "viaje" que no sólo
contribuye a reforzar el traslado hacia otra época y espacio,
sino que constituye también un atractivo turístico.
El ecomuseo se ha mantenido bastante fiel al espíritu inicial
y queda como un bello ejemplo de la museología de los setenta
y ochenta, con unos cien mil visitantes anuales. Pero después
de un período de importante afluencia a principios de los
noventa, el número de visitantes ha ido descendiendo padeciendo
la ausencia de un programa de investigación y, sobretodo,
de renovación. Bien considerado por una población
local que lo ha visto como un factor de desarrollo local, más
que como un elemento de identidad en el que pueda reconocerse, ha
iniciado un período de reflexión para redefinir sus
objetivos y para convertirse no sólo en un espacio de “presentación”
sino también en un espacio de “actividades” (acogida
de artistas, de grupos de música “tradicional”,
etc.)
La rápida expansión del concepto de ecomuseo comportaría
en los ochenta la aparición de lo que Hubert (1985
y 1993) denomina segunda generación
de ecomuseos. El modelo sería adoptado en contextos urbanos
e industriales y se traduciría en proyectos como el del Ecomusée
du Creusot-Montceau-les-mines (hoy Ecomusée de Creusot-Montceau),
abierto al público en 1978. Ese museo supuso nuevas aportaciones,
como la expansión de la noción de ecomuseo entendida
como un conjunto de equipamientos diversos y la extensión
de la idea de ecomuseo para referirse también a equipamientos
urbanos y de patrimonio industrial. El proyecto, realizado por Hugues
de Varine y de Marcel Évrand, abrió nuevas perspectivas
para los ecomuseos al entender que la comunidad entera constituye
un museo vivo, y al instaurar el modelo de museos en red con un
centro y varias antenas, diversos edificios históricos y
temáticos que conservan e interpretan distintos elementos
significativos de su patrimonio edificado, rural, industrial y artesanal,
incluso monumentos y vestigios históricos (Joubert,
1999). Además de estas aportaciones en cuanto a la presentación,
este ecomuseo resulta paradigmático como ejemplo del destino
de la utopía museal que fue el museo comunitario, al contemplarse
inicialmente como un museo militante por su dinamismo de agitación
cultural, que pretendía conservar la memoria obrera en oposición
a las clases patronales (Segalen, 2005: 303).
Pero aunque continúa manteniendo su acción en un entorno
económico en crisis, sus acciones no han conseguido mantener
el número de visitantes, lo que amenaza el presupuesto de
la institución y su desarrollo futuro (De
Roux, 2004).
Desde los noventa (tercera generación), la extensión
de los ecomuseos ha evolucionado en tres sentidos diversos. En primer
lugar, se ha producido un notable incremento de ecomuseos, tanto
en Francia como en otros países, que en la mayoría
de casos no son más que pequeñas instalaciones con
pocos recursos, con frecuencia abiertos como consecuencia de crisis
rurales e industriales que han implicado el cierre de espacios que
han ido reconvirtiéndose en ecomuseos. A menudo, estos ecomuseos
se han ido alejando de la idea inicial de los ecomuseos, sobre todo
por el hecho de que a menudo representan una cierta mitificación
del pasado sin espíritu crítico y con una menor preocupación
por la investigación (Hubert, 1993: 205).
Con frecuencia, se trata sólo de casas rurales que se han
adecuado como espacio doméstico o instalaciones como molinos,
herrerías, o pequeños talleres. El término
“ecomuseo”, la máxima expresión de la
renovación de la museología de los ochenta, se ha
convertido en muchos casos en una etiqueta vacía de contenido
para la presentación de identidades desaparecidas. En segundo
lugar, se han consolidado como proyectos vinculados al desarrollo
local y que han conseguido un cierto equilibrio entre el trabajo
museográfico de presentación y la integración
socio-comunitaria (el Ecomuseu de les Valls d’Àneu,
en Cataluña, es un magnífico ejemplo). Su riesgo,
no obstante, es la falta de soporte de las instituciones locales
y nacionales, y el cansancio que puede generar en el público
y en la propia comunidad local las representaciones sólo
centradas en un pasado que va quedando cada vez más lejos.
Y, en tercer lugar y en un sentido bien distinto, algunos ecomuseos
han evolucionado hasta convertirse en grandes instalaciones que
se aproximan en algunos aspectos a la noción de parque, con
programas de actividades y numerosas instalaciones de ocio y de
restauración. Es el caso, por ejemplo, del Ecomuseo de Alsacia,
concebido en 1984 para la salvaguarda de la arquitectura rural,
y que ha extendido sus actividades hacia otros aspectos como la
minería o la industria y que recibe a unos 350.000 visitantes
anualmente, contemplando además la celebración de
festivales, de exposiciones temporales, y de fiestas. Las animaciones,
la propia oferta de hostelería y de ocio (instalaciones de
feria antiguas) ocupan un lugar destacado en Alsacia. Pero el tamaño
y la oferta de sus instalaciones les hace entrar en competencia
con otras ofertas turísticas (incluso con parques temáticos),
lo que ha implicado una crisis de este museo: al descenso en número
de visitantes se le ha añadido una crisis financiera por
el gigantismo de sus instalaciones y sus proyectos de grandes inversiones,
que no han tenido el impacto necesario en el público, y que
amenazan incluso con el cierre de las instalaciones.

Ecomusée d’Alsace. Fotografía: Xavier Roigé
En la actualidad, el Observatorio de Ecomuseos Ecomusei
habla de la existencia de 270 ecomuseos en el mundo y de otros setenta
en proyecto, aunque en realidad hay muchísimas más
instalaciones con la denominación de “ecomuseo”.
Sólo en Francia, la Fedération des Ecomusées
et musées de société reúne 140
miembros que cuentan con unos requisitos mínimos para poder
formar parte de la Federación. En muchos países (Francia,
Portugal, Italia, y en menor medida en España), los ecomuseos
crecieron considerablemente en número durante los años
ochenta (sobretodo los referidos a la sociedad rural) y noventa
(especialmente de patrimonio industrial). Aunque la mayoría
nacieron a partir de asociaciones y grupos de voluntarios, durante
los años noventa fueron profesionalizándose, lo que
ha comportado contradicciones en la relación con la población
local y sobretodo con el afán de los poderes públicos
para controlar estas instituciones. Otro importante debate ha sido
el hecho de que en muchos casos ha primado una política de
desarrollo económico centrada en un elemento de dinamización
turística a los propios objetivos comunitarios para los que
nacieron. Según l’Observatoire Permanent des Publics
de la Direction des musées de France, los ecomuseos
tienen un volumen de visitantes importante en relación a
los museos en general y el tipo de público que los visita
es similar al que frecuenta los museos más elitistas de Bellas
Artes. La Fédération des écomusées
et Musées de Société de Francia constata,
por otra parte, que a fines de los noventa se produjo un descenso
en el número de visitantes, mientras que después del
2002 se ha producido una cierta estabilización como consecuencia
del esfuerzo de estas instituciones por conseguir nuevos públicos.
Según un informe sobre el público de los ecomuseos
del AVISE (Agence de Valorisation des Initiatives Socio-Economiques)
el público visitante es mayoritariamente familiar (un 15
% los visitan acompañados de sus hijos menores de 15 años).
Este último informe señala también que el número
de visitantes varía entre 1.000 y 370.000, según el
sitio de implantación del museo, la mayoría de ellos
oscilan entre los 10.000 y 15,000 visitantes por año. En
todo caso, los ecomuseos –calificados por De Roux (2003)
como “una utopía en crisis”- deberán
realizar en los próximos años un esfuerzo por renovar
sus objetivos, sus contenidos y sus formas de presentación.
La reconversión del modelo es aún posible y la amenaza
del futuro es aún lejana, pero deberán pasar rápidamente
de la simple conservación a la reinvención de sus
objetivos y formas de exposición.
Una de las evoluciones de los ecomuseos, aunque con contenidos
muy distintos, lo constituyen los denominados economuseos. Se trata
de un nuevo concepto inventado en Canadá que combina una
empresa artesanal con un museo y que, según la definición
de su creador Ciril Simard (1992), son instituciones
en las que "el patrimonio se gana la vida". Están
en proceso de un amplio desarrollo en el Canadá, sobretodo
en la zona de Québec, donde cuentan con una red de treinta
y seis pequeños museos que reciben entre todos ellos más
de 850.000 visitantes anuales según el Canada Heritage.Constituyen
una marca registrada (los museos inscritos funcionan en un régimen
que recuerda al de una franquicia) que combina la economía
y la cultura, en palabras de su creador, una asociación entre
la museología y el mundo de la empresa artesanal: "etimológicamente,
la palabra economuseología expresa las dos preocupaciones
principales de nuestra intervención. En primer lugar, "econo",
para remarcar la importancia de la rentabilidad de la empresa, y
después "museología, para conferir al conjunto
la dimensión cultural y pedagógica que le aportará
su sello de originalidad y su especificidad". La autofinanciación,
un elemento clave en su funcionamiento, no sólo se asocia
a los aspectos económicos, sino también a los rendimientos
sociales, culturales y patrimoniales más difícilmente
mesurables, con una rentabilidad "cualitativa". Se trata,
por tanto, de empresas artesanas que utilizan el patrimonio como
un elemento de desarrollo sostenible con el valor añadido
del desarrollo del turismo cultural y científico.
El concepto de economuseo designa una institución que reúne:
a) una empresa artesana que fabrica objetos surgidos de la cultura
popular y de la tradición, abierta al público y que
muestra cómo se practica la actividad artesana, que es vendida
y explicada allí mismo, lo que permite la autofinanciación
de la empresa; b) un centro con instrumentos pedagógicos
para explicar sus contenidos; c) una exposición de objetos
antiguos, presentación de obras actuales y centro de documentación
y archivos. Existe una gran variedad de tipos de economuseos, mostrando
procesos tan diversos como la producción del vino, de la
miel, del jabón, la cerámica, el estaño, la
piel, la harina, los cristales, el cultivo de manzanas, relieves,
bordados, lutiers, etc. A pesar de las críticas que han recibido
como una mercantilización de la idea de museo, es casi seguro
de que iniciativas de este tipo proliferarán los próximos
años por cuanto nos interrogan sobre el papel del museo etnológico
en el desarrollo social y comunitario.
3. Del museo regional al museo de síntesis
Desde los primeros museos etnológicos se procuró
realizar una síntesis que permitiera la presentación
general de una sociedad en sus aspectos geográficos, culturales
y sociales. Experiencias como los museos regionales o los museos
antropológicos de finales del XIX y de la primera mitad del
siglo XX intentaron plantear una síntesis de la presentación
de una cultura, y también los museos comarcales de los ochenta
han intentado algo similar. De hecho, muchos de ellos parecen museos
clónicos con un mismo esquema que incluye una presentación
del medio, un recorrido histórico (prehistoria, vestigios
del mundo antiguo, época medieval y moderna) y una presentación
etnográfica de las formas de producción tradicionales
y de los distintos elementos festivos, religiosos, familiares, etc.
Pero ello plantea un problema muy importante: ¿cómo
abordar una síntesis de estos aspectos? ¿Como poder
representar todos los aspectos de una sociedad sin caerse en un
reduccionismo o un discurso lineal que a menudo está cargado
de una fuerte identidad? ¿Cómo renovar los museos
que pronto quedarán obsoletos en sus presentaciones?
Muchos museos de síntesis han llegado a la conclusión
que una presentación general de la cultura de una sociedad
resulta imposible, como si se tratara de una monografía o
estudio de comunidad. Guibal, antiguo director del Musée
Dauphinois y que hizo un proyecto no realizado de renovación
del Musée des Arts et Traditions Populaires (ATP)
señalaba claramente las dificultades de hacer funcionar un
museo de sociedad como si fuera uno de arte y proponía de
forma muy didáctica la necesidad de reconvertir el museo
de síntesis en un museo que renueve constantemente las exposiciones:
"No se puede hacer funcionar un museo de sociedad, un museo
de civilización como si fuera un museo de arte. En el Louvre
se va a ver la Gioconda o la Venus de Milo. Estas obras tienen que
estar allí, visibles todos los días. Pero en cambio
no se va al ATP para contemplar un objeto, aunque la calidad estética
de algunas de nuestras piezas sea destacable. Estos objetos no son
interesantes más que dentro de una situación. Más
que una exposición permanente de nuestro fondo, imposible
de asegurar, hay que privilegiar las exposiciones temporales (las
miradas sobre el patrimonio evolucionan rápidamente) (...)
Tienen que hacerse muchas inauguraciones durante el año.
Y cada inauguración tiene que ser un acontecimiento”.
(citado en De Roux, 1992). Gracias a la constante
renovación de los contenidos, los museos planteados de esta
forma pueden abordar diferentes temas y plantear diferentes puntos
de vista. De esta manera, muchos museos de síntesis han renunciado
a la exposición permanente y se han planteado en base a exposiciones
permanentes de mayor o menor duración que permite ir renovando
los contenidos y, al mismo tiempo, hacen posible conseguir más
público de lo que volvería al museo a ver la misma
exposición.
El Musée Dauphinois es un ejemplo de esta opción
museológica. Inaugurado en 1968 en un antiguo convento, se
define "como un museo de patrimonio regional consagrado
a las culturas y a los hombres que han hecho aquella región,
desde la Prehistoria hasta el patrimonio que actualmente es en proceso
de constitución". El Dauphinois dispone de cerca
de cuatro mil metros cuadrados destinados a la presentación
anual de tres o cuatro exposiciones consagradas generalmente al
patrimonio regional, pero también a otros temas y culturas.
El Museo propone dos exposiciones de larga duración, que
actualmente son Gens de l’alpe, una presentación
de las formas de vida en la montaña en siglo XX, y La
grande histoire du ski, dedicada al turismo de invierno y a
la cultura del esquí. Además, el museo presenta numerosas
exposiciones temporales de una duración de seis a catorce
meses, sobre el patrimonio regional del Aude y de los Alpes, pero
también sobre las otras culturas extranjeras presentes en
la región. Así, en el 2006, se nos propone simultáneamente
una exposición sobre el patrimonio industrial (Papetiers
des Alpes. Six siècles d’histoires), otra sobre
el patrimonio oral (Êtres fantastiques. De l'imaginaire
alpin à l'imaginaire humain), otra dedicada a la historia
(Rester libres!) y finalmente una conmemoración
de los cien años del museo (Le musée dauphinois
a cent ans). Especialmente interesante fue la experiencia de
un ciclo de tres exposiciones dedicadas a la inmigración
(De l'Isère au Maghreb; Mémoires d'immigrés;
Racines. Greniers et protections dans l’Atlas marocain),
realizadas a partir de la colaboración de marroquíes
de la región del Isère, en las que se explicaban sus
condiciones de vida actuales, la memoria del pasado y las formas
de vida de la sociedad de dónde venían.

Musée Dauphinois. Exposición La grande histoire du
ski. Fotografía : Xavier Roigé.

Musée Dauphinois. Exposición Gens de l’alpe.
Fotografía : Xavier Roigé.
A pesar de tratarse de un museo ubicado en una ciudad de sólo
150.000 habitantes, el museo ha sido reconocido internacionalmente
por la calidad de sus exposiciones, por la originalidad de su sistema
y por la tarea de su conservador, Jean Claude Duclos, creador también
de otros interesantes museos en la ciudad, como el Musée
de la Résistance et de la Déportation y del de
historia Musée de l’Ancien Évêché.
Se ha hablado, incluso, de una trilogía de museos etnológicos
más destacados a nivel mundial, que incluiría el Dauphinois,
el de la Civilisation de Québec y el de Ethnographie
de Neuchâtel. En todos los casos, el eje central de los
museos lo constituyen las exposiciones temporales, más que
la conservación y presentación permanente de sus colecciones.
4. Del museo etnográfico a la
museología crítica
La persistencia de museos sobre otras culturas configurados a
partir del colonialismo, con colecciones creadas a partir de campañas
militares occidentales o de adquisiciones de objetos etnográficos
sigue marcando los museos etnológicos. Estos museos son una
muestra, para muchos antropólogos, de expolios de la cultura
material no justificados por intereses científicos.
A pesar de su carácter centenario, el Musée
d'Ethnograhie de Neuchâtel no se ha convertido en un
museo de referencia hasta la tarea desarrollada por los últimos
directores, Jean Gabus y Jacques Hainard (actualmente, director
del Musée Ethnographique de Genève). En sus
orígenes, fue un museo convencional de etnología,
reuniendo una buena colección de piezas africanas, de América
del Sur y de Egipto. Pero, a partir de la dirección de Hainard
en 1981, el museo entró en una nueva línea que pretende
sobre todo cuestionar la idea tradicional del museo con una museología
crítica que reflexiona constantemente sobre el papel del
museo, las colecciones que contiene y las formas de representación.
La concepción de Hainard, en este sentido, parte de una museología
que contribuya a una "mirada crítica sobre los valores,
las adquisiciones, las creencias, los conocimientos, las ideas,
las creaciones".
Su visión de la museología parte de la convicción
de que es imposible captar el presente desde el museo y tampoco
entender una sociedad a partir de los objetos. Hainard considera
que los museos conservan de forma aleatoria toda una serie de objetos-testimonio
que estructuran un pasado artificial. Para ello, propone que los
objetos dejen de ser la vedette de la exposición y estén
siempre al servicio de la idea: no se trata de desarrollar la exposición
como si se fuese un Iibro de texto o una tesis científica,
puesto que esta función la cumplen mejor los libros. El objeto
debe convertirse, en este sentido, en un elemento más de
la decoración: “La exposición es un lenguaje
en el que el objeto participa en una puesta en escena, en un decorado,
y el lenguaje y la decoración constituyen también
el lenguaje de la exposición. El objeto es pensado en términos
de decoración, el objeto es un elemento de la decoración
como la decoración es en ella misma un objeto de la exposición"
(Hainard, 1989:23-24).

Musée d’ethnographie de Neuchâtel.
Exposición permanente. Gabinete de curiosidad del siglo XXI.
Fotografía : Xavier Roigé.
Cada exposición de Hainard no sólo han sido la presentación
de una investigación, sino sobretodo una autentica declaración
e incluso una denuncia de la ilusión etnográfica y
científica. Ha tratado temas tan distintos como Marx
2000 (1994, sobre el legado de Marx), A chacun sa croix
(sobre los aspectos negativos de los suizos, haciendo un juego de
palabras con su bandera); L’art c’est l’art
(1999, ¿qué hay más allá del arte?);
X. Especulations sur l’imaginaire et l’interdit
(2003, sobre el erotismo y la sociedad); La grande illusion
(2000, las ilusiones sobre el cuerpo); Pom pom pom pom:
une invitation à voir la musique (1997); Les femmes
(1992); o Naître, vivre et mourir - Actualité de
Van Gennep (1981), por citar algunos ejemplos. Nos interesa
comentar especialmente dos exposiciones que pretenden reflexionar
sobre la museología etnológica. En Le salon de
l’ethnographe (1989), Hainard reflexionaba sobre el museo
etnológicos que presentan los objetos como si estuviéramos
en un museo de arte, criticando así determinadas concepciones
museológicas (Hainard y otros, 1989).
Tal vez la exposición más brillante es la que se representó
bajo el título de Le Musée cannibale (2002),
una reflexión sobre las diferentes prácticas museológicas
y el proceso de trabajo de un museo. Partiendo del caso real de
Venus hottentote, una mujer sudafricana que había sido expuesta
en vida en diversas exposiciones, y a quien después de su
muerte se le hizo un molde y se guardaron en formol diversas partes
de su cuerpo, el equipo del Museo planteaba el deseo de alimentarse
de los otros que ha estado presente en la creación y desarrollo
de muchos museos etnológicos. La exposición nos explicaba
el proceso de alimentación cultural de los otros siguiendo
el proceso de trabajo de un museo: la recogida de materiales, la
clasificación, el almacenaje, la "congelación"
del objeto... Posteriormente, para "alimentar" a los visitantes
de las exposiciones, los museólogos extraen de sus reservas
partes de la cultura material que preparan sobre la base de recetas
contrastadas destinadas a presentar uno u otro aspecto de similitudes
o las diferencias entre los de aquí y los de allí.
Los museólogos, finalmente, sirven en un gran banquete (la
exposición) los distintos materiales y elementos que permiten
el consumo de los vínculos sociales con la humanidad entera
(Gonseth, Hainard y Kaehr, 2002).
La museología de Hainard, en definitiva, supone la aparición
del museólogo como autor. Más que la transmisión
de conocimientos, sus exposiciones se convierten en ejercicios intelectuales
en los que se cuestionan aspectos de la práctica antropológica
y museológica. Resulta un buen ejemplo de lo que se ha denominado
como museología crítica, que pretende convertir al
museo en un lugar de pregunta, de controversia, de democracia cultural.
El museo, en esta perspectiva, se transforma en una comunidad de
aprendizaje, con el objetivo de generar un público crítico
(Padró, 2003).
5. De la museología interpretativa
al museo de civilización
El concepto de museología interpretativa nació en
el contexto de la gestión de los parques nacionales de Estados
Unidos y del Canadá, con el objetivo de prestar una comunicación
más efectiva a sus visitantes y así sensibilizarlos
sobre sus valores históricos, naturales, ecológicos
y culturales. Ya desde los primeros parques, el paisaje era valorado
como un elemento en lo que confluía la acción humana
y la naturaleza, de manera que la interpretación debía
hacer visibles los diferentes elementos que configuraban los paisajes
naturales y los humanizados. Los principios del concepto de interpretación
fueron formalizados en 1957 por Friedman Tilden, quien calificaría
la interpretación como una actividad educativa que "desea
descubrir el significado de las cosas y sus relaciones por medio
de la utilización de los objetos de origen, las experiencias
personales y los ejemplos, más que sólo la comunicación
de informaciones concretas" (1957).
Pretende, pues, proporcionar un significado en los objetos, edificios
y paisajes que la simple visita no hace inmediatamente perceptible.
El ejemplo más claro de museología interpretativa
es el de la gestión del patrimonio que se da en el Servicio
de Parques del Canadá, donde desde 1993 se planteó
una gestión conjunta del patrimonio cultural y natural. De
esta manera, el Servicio de Parques administra más de 114
sitios históricos, además de los 36 parques nacionales.
Esos sitios históricos son generalmente reconstrucciones
que tienen una fuerza visual muy evocadora para entender e interpretar
el lugar y su historia, utilizando una diversidad de medios con
el fin de facilitar el encuentro entre la memoria histórica
y el visitante (Iniesta, 1994b). Annette
Viel sostiene la idea de que los lugares patrimoniales están
cargados de experiencia y que tienen un gran poder evocador que
incita a la adquisición de conocimientos. Por eso, lo que
hace falta es descubrir "el espíritu de los lugares".
Para ella, los sitios históricos no sólo son depositarios
de formas del pasado, sino que reflejan formas de vida y tienen
un poder de evocación, de emoción y de significación
del tiempo y del espacio (Viel, 1997): "El
espíritu de los sitios es, de alguna manera, el aura que
trasciende los campos de intervención y conserva el hilo
conductor que teje estos lugares y que nos permite captar la esencia.
Hablar de "el espíritu de los sitios" es modelar
la valoración ofrecida al público, privilegiando un
acercamiento que se basa más en una experiencia global que
en una temática a explicar". El concepto de centro
de interpretación y la noción de museología
interpretativa, en la que los elementos didácticos de comunicación
ocupan un lugar central, son elementos imprescindibles para entender
la enorme influencia que ha tenido la museología canadiense
en el panorama mundial.
Mientras que en Europa la mayor parte de los museos etnológicos
tradicionales estaban en crisis a finales de los ochenta/principios
de los noventa, en Canadá la peculiar situación socio-política
de ese país y el papel tan importante de los autóctonos
o primeras naciones en la ideología nacional comportaron
la aparición de grandes proyectos de museos de sociedad,
con una fusión de diversas disciplinas, fundamentalmente
la historia y la antropología (Iniesta,
1994a y 1994b). Casi en paralelo se crearon dos museos de nombre
similar, pero de contenidos y discurso museológico muy distintos
que han tenido una gran influencia en el mundo: el Canadian
Museum of Civilization y el Musée de la Civilisation.
Las coincidencias en el nombre expresan una cierta competitividad
entre las administraciones implicadas, puesto que el primero fue
promovido por el gobierno federal canadiense y el segundo por la
Provincia de Québec, por lo que ambos responden a un discurso
identitario distinto. Pero no sólo tienen diferencias por
la identidad que representan, sino también por su modelo
museológico y por su público (el primero recibe un
público mayoritariamente turístico, hasta el punto
de ser el primer museo del país en número de visitantes,
mientras que el segundo tiene un público que procede mayoritariamente
de su Provincia). En todo caso, el modelo canadiense de “museo
de la civilización” ha tenido un gran impacto en museos
de todo el mundo, sobretodo en su concepción de museo interdisciplinario
y su combinación de exposiciones referenciales de larga duración
junto a otras temporales que permiten tratar sucesivamente distintos
aspectos de la realidad.

Canadian Museum of Civilization. Fotografía : Xavier Roigé
El Musée de la Civilisation (inaugurado en 1988,
situado en Québec, la capital de la Provincia del mismo nombre,
una zona donde existe un fuerte sentimiento de identidad francófona
y a menudo independentista) se distingue por una museología
muy innovadora y se define como un "lugar de conocimientos
y de ideas, un museo con ricas colecciones, un centro educativo
y de memoria". La ley de Museos Nacionales del Québec
atribuye al Musée de la Civilisation una triple
misión: la conservación y difusión del conocimiento
de su colección etnográfica, hacer conocer la historia
y los diversos componentes de la cultura quebequesa, particularmente
las culturas materiales y sociales de los ocupantes del territorio
y de las otras culturas que las han enriquecido; y asegurar una
presencia del Québec dentro de la red internacional de manifestaciones
museológicas. Pretende aportar una visión dinámica
sobre la experiencia humana en conjunto, pero con una mirada preferente
sobre la realidad del Québec. Para conseguir estos objetivos
el museo renunció a contar con una exposición permanente
y se plantea como un conjunto de exposiciones temporales, con una
programación temática que combina exposiciones espectaculares
con otras más reflexivas, pero siempre tratando de invitar
al espectador hacia el descubrimiento y la exploración. Las
diez exposiciones que pueden verse simultáneamente se presentan
en 6.000 m2. Así, por ejemplo, en el momento de redactar
este texto (febrero 2007), el visitante podía ver una exposición
sobre “Au Pérou avec Tintín”,
dos exposiciones sobre cine (L’Aventure Cinéma
(V.O. québécoise) y Studio cinéma), una
exposición sobre artistas populares titulada “Artefactes
fous branque”, una exposición sobre Indonesia
(“Nusantara Indonesia”) y una exposición-reflexión
sobre la democracia (“Vox populi”). Además,
podían contemplarse dos exposiciones de larga duración.
La primera, visible desde 1998, trata de las propias sociedades
autóctonas (Nous, les premières nations).
La otra exposición, “Le temps des Québecois”
puede verse desde el 2004 y nos presenta una síntesis de
los diversos acontecimientos que han incidido en la identidad del
Québec de hoy. Esta última substituyó a una
exposición paradigmática del museo, de la misma temática,
titulada Mémoires. La exposición trataba
de la historia del Québec, pero contraponiendo la “memoria”
(el recuerdo mitificado del pasado) a la realidad histórica.
En la primera parte de la exposición, los organizadores reconstruían
la sociedad rural del pasado a través de la memoria de la
población, presentándonos una sociedad idealizada,
con unas bonitas estancias. No era, ciertamente, una imagen muy
diferente de la que nos dan muchos museos sobre la sociedad rural
del pasado, pero el visitante - en este caso - era invitado a ver
el pasado no como una realidad, sino como aquello que se recuerda
del pasado.
Musée de la Civilisation. Exposición Mémoires.
Fotografía: Xavier Roigé
En la segunda parte de la exposición, el público
era confrontado con una información más real,que lo
llevaba a cuestionarse aquello que ha visto antes: la realidad familiar
de convivencia de generaciones era contrastada, por ejemplo, con
la existencia de una elevada mortalidad infantil que amenazaba constantemente
las familias, la armonía de la vida local con los conflictos
y revueltas que protestaban de las duras condiciones de vida, la
visión idílica de las fiestas locales con el fuerte
peso de la religión que coaccionaba la libertad de los individuos.
Y así muchas otras cuestiones. La exposición expresaba
la voluntad del museo de no presentar la historia y la identidad
con un discurso lineal, sino a través de miradas transversales,
diferentes y complementarias.
Excepto en el caso de las exposiciones referenciales, que se renuevan
a largo plazo, el resto de las exposiciones no tienen generalmente
una duración superior a un año, a pesar de que algunas
necesitan de dos a cinco años de preparación, aseguradas
por una plantilla de más de doscientas personas. La mayor
parte de sus visitantes (70%) proceden del Québec y el museo
cuenta con unos 700.000 visitantes anuales, a los que se añaden
un número muy importante de participantes en las diferentes
actividades realizadas en torno a las exposiciones. El Museo, que
promovió y dirigió Roland Arpin, se ha convertido
en un referente internacional para la museología, a pesar
de las críticas de otros museos quebequeses sobre su elevado
presupuesto. Para Arpin, los objetivos dependen sobre todo del público:
"Un museo es un lugar de educación, de conocimiento.
Es también un lugar de recreo. El público es diverso:
turistas, del mismo país, escolares, eruditos. La museología
y la acogida son para nosotros determinantes. Es necesario que vengan
a vernos personas que no van a ver habitualmente este tipo de instituciones,
sin rechazar al público más fiel de los museos. Hemos
querido pasar del museo de teología, clásico en la
materia, al museo de pedagogía. Lo que no implica ni la simplificación
ni la asepsia en la presentación. Tenemos un rol social muy
importante a jugar, por lo que debemos comprometernos sobre los
grandes problemas de la sociedad: la familia, la ecología,
la inmigración." (Arpin, citado en De
Roux, 1992 b)
Por su parte, el Canadian Museum of Civilization, también
conocido por su nombre en francés Musée Canadien
des Civilisations, fue una gran inversión llevada a
cabo a partir de la reconversión del National Museum
of Man, y que fue construido por motivos de estrategia política
en la ciudad de Gatineau (en el Québec francófono),
pero sólo separado por un puente de Otawa, la capital del
país desde donde habitualmente se visita el museo. Planteado
casi desde una década antes, se abrió al público
en 1989, como un símbolo de la identidad canadiense a través
de una memoria colectiva (Macdonald y Alsford,
1989: 3). El museo se estructura en dos grandes espacios de
exposición permanente (aunque tienen una fecha de finalización:
el 2010). El primero, la Gran Galería, consagrada al patrimonio
y al arte monumental de los autóctonos de la costa oeste
del Canadá, se estructura en torno a una gran sala alrededor
de la cual hay seis casas y tótemes que recrean la atmósfera
de una población autóctona de los bosques del Pacífico,
con una exposición total de 2.000 m2. El segundo espacio
está dedicado a la historia del Canadá desde la llegada
de los primeros europeos hasta la actualidad. Se trata de una gran
nave, de 17 metros de altura, y 3.000 m2 de exposición, donde
se descubren reconstrucciones de las actividades de los europeos,
como un desembarque en Terranova, una casa campesina, una plaza
de la Nueva Francia, un albergue, una explotación forestal,
pescadores, un campamento, iglesias, así como reconstrucciones
del desarrollo industrial y urbano. Se trata de una gran reconstrucción,
la visita a la cual está acompañada de artistas que
representan diferentes personajes de la época, en una interacción
que permite al visitante recibir una mayor información de
los contenidos. Para ello, el museo cuenta con una compañía
estable de teatro (Dramamuse) con el objetivo de interpretar
las colecciones del museo mediante teatro interactivo. Así,
personajes como un cazador de pieles, un cocinero, un herrero o
una mujer de clase burguesa están presentes a lo largo de
la visita para explicar al público sus actividades cotidianas
y su visión de la sociedad, transmitiendo información
a través de la técnica del “living history”.

Canadian Museum of Civilization. Técnica del living history.
Fotografía: Xavier Roigé
El Museo forma parte de un gran complejo que se complementa con
un IMAX, con el Museo de los Niños, y con el Museo Postal,
con un total de 425 trabajadores a tiempo completo. El número
de visitantes es superior a 1,3 millones anuales. A pesar de su
espectacularidad, se han criticado diversos aspectos del museo,
como la separación entre los pueblos autóctonos (presentados
en clave del pasado y sin relación con el presente) y la
historia del Canadá (como si fueran aspectos diferentes),
evitando mostrar los conflictos entre unos y otros. También
se han criticado las reconstrucciones realistas y con maniquís
que priman sobre todo en Sala del Canadá, así como
el fuerte carácter identitario de la narración (por
ejemplo la historia del Canadá empieza con los viajes de
los vikingos y acaba con la llegada de la radio al último
confín del Canadá). El museo, como otros proyectos
similares en otros países (por ejemplo el Museo Nacional
de Australia) constituye una extraordinaria vitrina de proyección
de la identidad nacional y una muestra del aprovechamiento de los
museos por parte del poder político.
6. La reinvención de los museos etnológicos en Francia
Los dos grandes museos etnológicos franceses, el Musée
de l’Homme y el Musée des Arts et Traditions
Populaires se encontraban en una situación de fuerte
crisis a principios de los noventa. Ambos eran instituciones emblemáticas,
surgidas en el año 1937 como fruto de la separación
de los objetos etnológicos procedentes de otras culturas
y los de la propia Francia. La forma de abordar su renovación
planteaba muchas dudas y debates entre los especialistas. Las soluciones
adoptadas, en ambos casos, han sido radicales y han supuesto la
reinvención absoluta de ambos, reconvertidos en otros museos
con misiones y objetivos muy diferentes y han comportado fuertes
debates que nos interrogan sobre el papel de los museos etnológicos
en la actualidad.
El Musée de l’Homme, creado por Paul Rivet
después de la Exposición Universal de 1937, reunía
hasta el 2004 una riquísima colección sobre la vida
y la historia de la Humanidad. El Musée de l'Homme
tenía como objetivo agrupar en una misma exposición
la humanidad en su evolución (prehistoria), en su diversidad
(antropología biológica), y en sus expresiones culturales
y sociales (etnología). Esta triple función convertía
al museo un centro de referencia mundial, pero durante los años
ochenta y noventa había quedado obsoleto. Al llegar a la
presidencia de la República en 1995, Jacques Chirac propuso,
siguiendo la propuesta del coleccionista y galerista Jacques Kerchache,
la apertura en el Louvre de una sala dedicada a lo que dominaba
“primeras artes”. Dicho proyecto se concretó
en una nueva galería en el 2000, con la oposición
de los conservadores del Musée de l’Homme
y de Musée Nacional des Arts d’Afrique et d’Océanie
que no querían dejar partir sus tesoros, y de los mismos
conservadores del Louvre, resistentes a que este tipo de arte entrase
en su palacio. Esta galería prefiguró lo que ha sido
el proyecto del Musée Quai Branly, también
una propuesta del propio Jacques Chirac para la creación
de un nuevo museo dedicado a las “primeras artes”. El
proyecto pretendía, además, y siguiendo los pasos
de anteriores Presidentes, dejar una huella del mandato del Presidente
en la forma de una gran institución cultural.
A medida que fue concretándose el proyecto, las polémicas
fueron múltiples. En 1999, una huelga del Musée
de l’Homme protestó por el transporte de las colecciones
etnológicas al nuevo museo y por la primacía de la
visión artística sobre la científica en el
nuevo museo. André Langaney et Jean Rouch publicaban en L’Humanité
(8-3-2001) un artículo en apoyo del personal del museo en
huelga, denunciando que el proyecto tenía un contenido especulativo
para la revalorización de las “primeras artes”:
“El mercado del arte denominado primero "negro",
después "primitivo", y ahora "primero",
por coleccionistas y comerciantes sin escrúpulos, sobre todo
cuando el valor económico aumenta, desvaloriza el sentido
social, religioso o cultural de los objetos que, solamente las ciencias
humanas pueden restituir”. Pero las polémicas
suscitadas por el proyecto no sólo han hecho hincapié
en el carácter especulativo de los comerciantes de arte,
sino también en otros aspectos del proyecto. La primera y
más importante, se ha referido a la forma de presentación
de los objetos: ¿debía primar el interés artístico
de las piezas expuestas o el cultural? Muchos antropólogos
han ido denunciando, a medida que avanzaba el proyecto, la primacía
del interés estético en la realización del
museo y en la elección de los objetos expuestos. Así,
se ha criticado la disparidad de la representatividad de los objetos
expuestos, lo que suscitó en Québec protestas por
la escasa presencia de objetos procedentes de las primeras naciones
de dicho país. La segunda polémica ha tratado acerca
del propio concepto de “primeras artes”, lo que para
muchos no deja de ser un eufemismo del antiguo concepto de “arte
primitivo”. Las discusiones suscitadas han comportado largos
debates sobre el propio nombre del museo, primero denominado “Musée
des Arts Premiers” y finalmente “Musée
des Arts et des Civilisations d'Afrique, d'Asie, d'Océanie
et des Amériques” (excluyendo Europa y las sociedades
occidentales y creando por tanto dos tipos de arte). Finalmente,
el museo ha adoptado el nombre anterior, pero con el topónimo
“Musée du Quai Branly” como la principal
y casi única denominación conocida.
El Museo ha abierto sus puertas el 20 de junio de 2006, en nuevo
edificio singular creado por Jean Nouvel cercano a la Torre Eiffel,
y provisto de una gran superficie (40.000 m2, 10.000 m2 de exposiciones)
y de una extraordinaria belleza. En palabras del propio Presidente
Jacques Chirac, la creación del museo nace “de
una voluntad política: hacer justicia a las culturas no europeas.
Se trataba de reconocer el lugar que ocupan sus expresiones artísticas
en nuestra herencia cultural y, también, nuestra deuda con
las sociedades que las han producido”. Y él mismo
añade: ”También se trataba de poner en su
justo lugar, rompiendo con una larga historia de desprecio, artes
y civilizaciones demasiado tiempo ignoradas y desconocidas, devolverles
toda su dignidad a pueblos a menudo humillados, oprimidos y a veces
aniquilados por la arrogancia, la ignorancia y a veces la ceguera”
(Chirac, en La Guía del Museo, 2006). A pesar de
las críticas por el enfoque absolutamente artístico,
lo cierto es que el museo contiene abundantes referencias etnológicas
que contextualizan los objetos expuestos. Pero esta información
se transmite a través de un doble circuito. Por una parte,
los objetos se exponen como “todas las obras, ni más
ni menos”, aunque el museo las expone “en una nueva
perspectiva relacionada con el placer de observar, formulando interrogantes
más que afirmaciones, y reemplazando los objetos en la Historia
y en su historia, escapando así a la oposición simplista
estética/contexto. Liberar las obras consiste en hacerlas
salir de este falso dilema”. (Viatte,
2006: 29). Hay, no obstante, un itinerario paralelo que aporta
informaciones sobre el origen de las colecciones y la manera cómo
las sociedades organizan sus culturas, itinerario completado con
multimedias utilizados como instrumentos de mediación entre
las colecciones, el conocimiento antropológico y las culturas
que las han generado. Toda la museografía, desde el itinerario
de entrada a través de un laberinto hasta la estética
interior en un ambiente de semi-penumbra denota un cierto aire de
misterio. Como señala Bestard (2007),
ello constituye “una metáfora que define muy bien
la relación que establecemos actualmente con los otros y
con nosotros mismos; una relación más libre y cercana,
pero al mismo tiempo no exenta de oscurantismos, temores y tensiones”.
Las polémicas sobre el museo y su carácter no cesarán
en los próximos años y muchas de las opciones tomadas
son discutibles, como el hecho de que el proyecto no pretenda ninguna
lógica de reconstrucción de las culturas que expone,
pero en todo caso como señala Martí (2006),
“quienes se oponían al museo y criticaban que se
juzgue las obras del hombre desde el punto de vista estético
han perdido la partida”: el antiguo Musée
de l’Homme no consiguió despertar en sus últimos
años el interés del público como el nuevo museo,
que sus primeros ocho meses de existencia ha conseguido casi un
millón de visitantes. La opción por la estética
ha restado sin duda protagonismo a los antropólogos, por
cuanto es otra la mirada que sirve para la lectura de sus colecciones,
pero al mismo tiempo quizás ese mismo tratamiento estético
que tanto se critica pueda ser un pretexto para reencontrar el público
desinteresado por el tratamiento exclusivamente etnológico
y “permite proponer una aproximación respetuosa,
no discriminatoria, de las culturas no occidentales”
(Desvaux, en De Roux, 2002).

Musée du quai Branly. Fotografía: Xavier Roigé
El Musée des Arts et Traditions Populaires (ATP)
de París, surgido también en 1937 en pleno gobierno
del Frente Popular después de la separación de las
colecciones exóticas y las francesas del antiguo Musée
Trocadero, es otro magnífico ejemplo de la reinvención
de un museo. De la mano de Rivière, el Museo experimentó
una larga gestación, aunque no fue abierto como tal hasta
1972. Entonces se erigió como un museo de referencia por
sus contenidos, por su carácter de síntesis con una
destacada voluntad de compaginar museo y centro de investigación
y por su museografía. Innovaciones presentadas en dicho museo,
como la “museografía del hilo de nylon”
(objetos presentados dentro de una atmósfera de caja oscura
suspendidos por un hilo invisible), la reconstrucción de
escenarios ecológicos (situando los objetos en su contexto
evitando las reconstrucciones nostálgicas) y la presentación
de procesos en vitrinas temáticas han tenido una destacable
influencia en museos etnológicos e históricos de todo
el mundo, marcando la pauta de un tipo de museografía muy
común en los años setenta y ochenta. La exposición
permanente, por otra parte, pretendía ofrecer una "visión
sintética de la sociedad francesa tradicional, esencialmente
desde la Revolución Francesa hasta la Segunda Guerra Mundial,
en sus dimensiones rural y artesanal" aunque se presentaba
como "el museo de la vida cotidiana de los franceses desde
el año mil hasta nuestros días". Partía,
pues, de la idea de la existencia de una sociedad tradicional que
podía ser presentada en general, porque los cambios más
importantes de aquella sociedad no se darían hasta la actualidad.
A pesar de su carácter innovador, de ser la gran creación
de Rivière, y de su objetivo de convertirse en uno de los
grandes museos de Francia, el museo nunca tuvo una respuesta importante
del público. Como señala Guibal, «en los
años setenta, el ATP era revolucionario, pero las generaciones
actuales no tienen la misma visión sobre el patrimonio»
(citado en Mortaigne y De Roux, 1994).
Era una contradicción, sin duda, que un museo situado en
una gran ciudad como París sólo tratase de la sociedad
rural, ignorando el desarrollo urbano e industrial. El principal
problema del Museo, no obstante, fue que «ha sido traicionado
por su misma perfección» (De Roux
1992a) separado como estaba de los circuitos turísticos
parisinos y del interés del gran público. El número
de visitantes fue descendiendo hasta los 13.900 en 1995, cifra casi
ridícula para un museo nacional que nació con una
voluntad fundamentalmente didáctica. La síntesis no
resistió el paso del tiempo: «para el gran público,
el ATP se ha convertido en el reino de los trajes tradicionales
y de los arados, un objeto folclórico en sí mismo,
pero aún desprovisto del encanto que proporciona la patina
del tiempo. El museo evolutivo, planteado por Rivière, se
ha convertido en el mausoleo de su creador» (De
Roux, 1992a).
Durante la década de los noventa los debates sobre el museo
fueron intensificándose para buscar soluciones diversas.
Finalmente, la reconversión ha sido radical. El Museo ha
adoptado el modelo de “museo de la civilización”
y pasará a denominarse “Musée de la civilisation
de l’Europe et de la Mediterranée”, primando
las exposiciones temporales a las exposiciones de síntesis.
Pero no sólo eso: se cambiará su objetivo (de la cultura
popular francesa a Europa y el Mediterráneo, mostrándolo
de forma comparativa); ampliando sus colecciones (de colecciones
nacionales a internacionales para ilustrar las complementariedades
y las diferencias) y del museo disciplinario de etnología
a museo de sociedad interdisciplinario, presentando las sociedades
en sus diversos aspectos sociales. Finalmente, se ha decidido otro
cambio radical: transferir el museo a la ciudad de Marsella, para
abrir allí un museo totalmente nuevo, que debería
abrir sus puertas en el año 2011. El museo partirá
de cinco temas para la realización de las exposiciones de
referencia (el paríos, el agua, la ciudad, los caminos, masculino/femenino),
temas que serán reactualizados con regularidad y se completarán
con exposiciones temporales que abordarán temas de actualidad
como las nuevas violencias, las culturas urbanas, las formas interculturales,
las migraciones. La ambición política del proyecto
asegura, al mismo tiempo, su ambición cultural.
Otra gran reconversión en marcha en Francia es la transformación
del Muséum d’Histoire Naturelle, un antiguo
museo de Lyon originario del 1772. A partir de un gran proyecto
arquitectónico del taller de arquitectura austriaco Coop
Himmelb(l)au y de un proyecto cultural dirigido por Michel
Côté, quien ya había participado en el Musée
de la Civilisation en Québec. Su principal novedad es
que ya no sólo se trata de un museo de sociedad, sino que
partiendo del modelo canadiense de museos de civilización,
el proyecto prefigura un museo de las ciencias y de las sociedades.
Pretende, por tanto, difundir al mismo tiempo la cultura científica
y construir un puente entre las ciencias y los aspectos más
importantes de las sociedades. A través de sus colecciones
etnológicas pretende presentar exposiciones cuyos temas permitan
a los visitantes comprender distintas miradas sobre nuestras sociedades
en sus dimensiones medioambientales, técnicas, históricas,
estéticas y contemporáneas. Como en los museos de
la civilización, serán exposiciones que evolucionarán
al compás de las preocupaciones de la sociedad. En su proyecto
inicial las diez salas del Museo van a albergar diez exposiciones
diferentes, de las cuales tres serán de síntesis y
de referencia en relación al hilo conductor del proyecto
cultural: "¿de dónde venimos?", "¿quiénes
somos?", "¿qué hacemos?". La primera
tratará de los orígenes y del fin de la historia del
universo y de la distinta representación de la muerte en
las diversas culturas; la segunda del hombre en la biodiversidad
y de su posición entre las otras especies animales; y la
tercera abordará el funcionamiento de las sociedades, en
aspectos como la cooperación, la competición, los
procesos creativos, la humanidad en red. El proyecto debería
abrir sus puertas a finales del 2009, contará con 20.000
m2 de superficie útil y espera la visita de unos 500.000
visitantes por año.
El Musée Quai Branly, el Musée des
Civilisations de Marsella y el Musée des Confluences
constituyen tres casos paradigmáticos en la reinvención
de los museos etnológicos. Inspirados en el modelo canadiense
del museo de civilización, influenciarán notablemente
la transformación de antiguos museos etnológicos,
tal y como lo hicieron los antiguos museos a los que sustituyen.
* * *
Los museos de etnología cuentan con un porvenir esperanzador,
pero su futuro no está asegurado a menos que sean capaces
de reformular sus objetivos (Harms, 1997) y
de redefinir nuevas propuestas. Deben, en definitiva, reinvertarse.
A nuestro entender, este proceso debe basarse en tres ejes: Primero,
en la necesidad de reformular su objeto de estudio. Como señala
Pomian (1996: 47-48), los museos no pueden
continuar siendo templos de la nostalgia, sitios de conservación
de las diferencias culturales perdidas, el cementerio donde se llora
la diversidad perdida: deben explorar el presente para “tomar
conciencia de lo que hemos ganado y de lo que hemos perdido. Lo
viejo y lo nuevo. El pasado y el futuro”. En eso, la
antropología juega con ventaja, por cuanto la disciplina
puede ofrecer muchas respuestas y elementos de reflexión
sobre muchos de los temas que más preocupan a las sociedades
actuales: el multiculturalismo, los problemas de identidades, los
conflictos religiosos, los grandes movimientos migratorios, la génesis
de la violencia, etc. Sólo en la medida que se pueda convencer
a las autoridades del interés fuertemente político
y social de este objetivo se conseguirán recursos para inversiones
suficientes. En segundo lugar, deberán explorar nuevos lenguajes
expositivos, nuevos temas, utilizando innovaciones tecnológicas
y didácticas y ofreciendo nuevos modelos museológicos.
No se trata sólo de un problema de medios (que también),
sino sobretodo de ambición y de voluntad de transformación
de la noción de los viejos museos (e incluyo aquí
los nacidos de la “nueva museología”) en instituciones
capaces de comunicar, de reflexionar, de renovar frecuentemente
sus contenidos, de investigar nuevos temas que se reflejen en sus
exposiciones. En tercer lugar, todo ello sólo podrá
conseguirse mediante proyectos cada vez más interdisciplinarios.
La tendencia a la reconversión de los museos de etnología
en museos de sociedad aparece clara y cualquier resistencia está
condenada al fracaso. Como hemos visto, eso no sólo supone
un ensanchamiento de su campo de estudio, sino un esfuerzo para
crear instituciones que hagan referencia al presente y que, más
despreocupadas de su función de conservación de objetos,
nos presenten elementos que configuran nuestra cultura cotidiana
y los problemas del mundo actual. Tal vez eso pueda interpretarse
en el sentido de que los antropólogos y antropólogas
pierdan peso en esos museos cada vez más interdisciplinarios,
pero también es cierto que en los casos en que se ha producido
se ha conseguido a la larga un mayor protagonismo de la mirada etnológica
que en los casos en que se ha ido resistiendo hasta el desfallecimiento.
No existen, para estos nuevos objetivos, recetas válidas
para todos, las fórmulas son muy variadas. Como muy bien
señala Martine Segalen (2005: 287 y 320),
mientras que “en los museos de Bellas Artes el criterio
estético continúa predominando, las colecciones [etnológicas]
se ofrecen a interpretaciones distintas, a miradas cambiantes e
intrumentalizaciones múltiples, a diversas respuestas sobre
la manera de museografiar la escenografía de las culturas”.
Ello pasa por fórmulas diversas: alianzas con centros de
arte y de cultura contemporánea, con museos de ciencias naturales,
con museos de historia, de arqueología: todas las opciones
parecen actualmente abiertas a la etnografía para configurar
el nuevo paisaje museal de los años 2010.
Ante ese nuevo panorama, debemos ser optimistas. Tras años
de crisis, en toda Europa y también en América hay
nuevos proyectos en los que la antropología puede ser decisiva
siempre que la disciplina vuelva a sentirse interesada en participar.
Los museos de sociedad parecen llamados a convertirse en elementos
más mediáticos capaces de atraer al público.
Deberían hacerlo, sin embargo, sin caer en la frivolidad
y dejando clara su función cultural, entusiasmando pero al
mismo tiempo estimulando al público, fomentando su capacidad
para conseguir inversiones en cultura pero manteniendo al mismo
tiempo su función pública y crítica, reflexionando
sobre los efectos de la globalización pero sin abandonar
al mismo tiempo el interés por la diversidad cultural.
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