| Algunas cuestiones y precisiones
teóricas
Aunque este artículo trata específicamente del patrimonio
local, me parece necesario plantear previamente algunas cuestiones
teóricas acerca del modelo con el que vengo trabajando desde
hace algunos años [2],
aunque sólo sea para reafirmarme en algunos puntos especialmente
pertinentes para esta concreción en lo local y matizar otros,
con el mismo objeto.
Los procesos de patrimonialización obedecen a
dos construcciones sociales, distintas, pero complementarias y sucesivas.
La primera consiste en la sacralización de la externalidad
cultural. Se trata de un mecanismo universal, intercultural,
fácilmente reconocible, mediante el cual toda sociedad define
un ideal cultural del mundo y de la existencia y todo aquello que
no cabe en él, o lo contradice, pasa a formar parte de un
más allá, que, por su sola existencia, delimita
y desborda la condición humana, socialmente definida y, por
ende, nuestra capacidad de explicar y dominar la realidad. La redefinición
de esta externalidad como sobrenaturalidad nos permite
reintegrarla jerárquicamente en la experiencia cultural bajo
la forma de religión, magia u otros sistemas de representación.
Esos sistemas de representación no son mutuamente excluyentes
y difieren relativamente de una cultura a otra y dentro de una misma
cultura en distintos momentos de su historia [3].
El patrimonio es un sistema de representación que se basa
también en esa externalidad cultural. Las metonimias,
las reliquias que lo constituyen son objetos, lugares o
manifestaciones, procedentes de la naturaleza virgen, o indómita
(por oposición al espacio domesticado por la cultura), del
pasado (como tiempo fuera del tiempo , por oposición,
no al tiempo presente, sino al tiempo percibido como presente),
o de la genialidad (normalmente creativa, pero también destructiva,
como expresión de la excepcionalidad, de la superación,
en algún sentido, de los límites de la condición
humana culturalmente establecidos). Este sistema de representación
aparece con el desarrollo del capitalismo y la revolución
industrial, no antes, y se apoya en su creciente separación
de la naturaleza, del pasado y la valoración del individualismo
y la singularidad en una sociedad adocenada, pero que, sin embargo,
depende del ingenio. La sociedad urbano-industrial, las naciones
y los imperios, se reconocen y auto--representan, a la vez por oposición
y por filiación, respecto a la naturaleza, el pasado y el
excepcionalismo. Históricamente este proceso está
bien documentado [4],
aunque culturalmente entiendo que persiste un interrogante que deberíamos
abordar directamente: ¿por qué el patrimonio? ¿por
qué se recurre a los procesos de patrimonialización,
con mayor intensidad que a otros sistemas de símbolos, como
una especie de religión laica, para legitimar identidades,
empresas, discursos? ¿por qué lo que había
sido despreciado o explotado como baldío, viejo o excéntrico,
es ahora preservado y celebrado en templos ad hoc? ¿por qué
esta percepción del patrimonio se difunde progresivamente
hasta los rincones más recónditos de la sociedad capitalista
occidental y sus zonas de influencia? Pero, sobre todo, ¿por
qué se perpetúa con tal fuerza hasta nuestros días?
La consideración del patrimonio como conjunto de símbolos
sagrados, que condensan y encarnan emotivamente unos valores y una
visión del mundo, presentados como intrínsecamente
coherentes, que utiliza Clifford Geertz (1973)
para otros contextos y que yo he aplicado al patrimonio, me sigue
pareciendo correcta y explicativa, pero insuficiente para dar cuenta
de la gran diversidad de experiencias y matices en este campo, especialmente
en la actualidad. Creo que no tenemos aún una explicación
global satisfactoria para todas estas cuestiones, sólo la
constatación de que el patrimonio, así constituido,
y los procesos de patrimonialización, son considerados en
nuestra sociedad como un bien absoluto, axiomático, cuya
conservación (sin descender a la complejidad casuística)
es incuestionable.
A partir de estos principios compartidos, se produce una segunda
construcción social en el proceso de patrimonialización.
Se trata de la puesta en valor o activación.
Últimamente ha hecho fortuna esta expresión, tan
forzada en nuestra lengua, de puesta en valor, como sinónimo
de activación o actuación patrimonial. En cualquier
caso, puestos a mantenerla, tal vez sea interesante remarcar la
diferencia entre poner en valor (o valorar simplemente)
determinados elementos patrimoniales, y activarlos o actuar
sobre ellos de alguna forma. He sostenido y continúo sosteniendo
que los procesos de activación del patrimonio dependen fundamentalmente
de los poderes políticos. Sin embargo, estos poderes deben
negociar con otros poderes fácticos y con la propia sociedad.
Alrededor de la puesta en valor de tal o cual elemento se produce
precisamente el primer proceso de negociación, en la medida
en que existe en la sociedad una previa puesta en valor jerarquizada
de determinados elementos patrimoniales, fruto normalmente de procesos
identitarios, no necesariamente espontáneos, o no completamente
espontáneos, pero que pueden comportar un alto grado de espontaneidad
y consenso previo. Esto suele exigir, por lo menos, la conservación
de estos elementos, y facilita, por otra parte, al poder político,
una vía rápida y segura para la actuación consensuada.
La activación, más que con la puesta en valor tiene
que ver con los discursos. Toda activación patrimonial, desde
una exposición temporal o permanente, hasta un itinerario
o un proceso de patrimonialización de un territorio, de inspiración
más o menos ecomuseística, incluso una política
de espacios o bienes culturales protegidos, si se quiere apurar
la imagen, comporta un discurso, más o menos explícito,
más o menos consciente, más o menos polisémico,
pero absolutamente real. Este discurso se basa en unas reglas
gramaticales sui generis, que simplemente recordaré,
que son: la selección de elementos integrantes de
la activación; la ordenación de estos elementos
(como equivalente a la construcción de las frases del discurso);
y la interpretación (o restricción de la
polisemia de cada elemento-palabra mediante recursos diversos, desde
el texto a la iluminación, o la ubicación).
El término interpretación, que utilizo
aquí en su sentido concreto y referido a los elementos patrimoniales
individualmente considerados, se utiliza también con frecuencia
como sinónimo de activación, de puesta en valor, o
de gestión patrimonial en conjunto. Sin embargo, si bien
en ambos casos la interpretación se infiere en la generación
de discursos, en el primer caso, el sentido en que yo la utilizo,
tiene un carácter meramente instrumental dentro de un discurso
preestablecido, en el segundo, en cambio, es la interpretación
misma la que se erige en generadora del discurso y directriz de
la gestión del patrimonio (véase la proliferación
de los llamados centros de interpretación del patrimonio),
bajo una apariencia de asepsia ideológica, que resulta cuanto
menos engañosa (incluso, tal vez, para los propios gestores
patrimoniales), en la medida en que los poderes siempre están
ahí definiendo el terreno y las reglas del juego.
Estos discursos, la columna vertebral de las activaciones patrimoniales,
desde el principio de la adopción del sistema de representación
patrimonial como soporte de identidades e ideologías, tienen
una gran importancia para el poder político, tanto a nivel
nacional o regional como a nivel local (aunque sea menos aparente).
En general (con notorias excepciones), puede decirse que, con el
tiempo, se han tornado más complejos, discretos y sofisticados,
pero no por ello menos efectivos. En torno a ellos, en torno a las
activaciones patrimoniales, se plantea un segundo plano de negociación,
mucho más peliagudo que el anterior. Los actores principales
son el poder político y la sociedad, uno y otra de por sí
suficientemente complejos como para que el proceso (y su análisis)
no resulte precisamente simple y fluido, aunque la toma de decisiones
precipitadas (que tendrá consecuencias posteriores) haga
que, a veces, lo pueda parecer. En el centro del tablero la puesta
en valor de elementos patrimoniales indiscutibles (aunque interpretables).
El objetivo, con frecuencia implícito, de la negociación,
es alcanzar el mayor grado de consenso posible, de manera que el
discurso subyacente en la activación aparezca legitimado
y conforme a la realidad socialmente percibida.
Frente a una sociedad plural, el poder político cuenta
con notables apoyos: desde el poder económico hasta los poderes
o intereses académicos y las habilidades de los técnicos.
El poder económico determina desde luego unos límites
en los discursos pero, a cambio de eso y de pingües beneficios
de imagen, garantiza una disponibilidad de recursos que permiten
subsumir el contenido en la forma, (véase el caso de la Barcelona
postolímpica y, singularmente, del Fórum de las culturas
2004) [5].
Los poderes, si así puede llamárseles, o intereses,
académicos compiten entre sí por certificar el rigor
científico de las activaciones, por obtener reconocimiento
social, recursos económicos, estatus. La ciencia y sus correspondientes
conocimientos disciplinarios deberían marcar claramente los
límites de legitimación de determinados discursos,
pero la necesidad es grande y, con frecuencia, se recurre, voluntariamente
o no, a la ficción de legitimar los elementos, los componentes,
antes que el discurso, que simplemente se ignora, excepto en algunos
casos de chapucería flagrante. La necesidad aún es
mayor en el campo de los técnicos (museógrafos, gestores
del patrimonio en general), que dependen para su supervivencia o
bienestar, según los casos, del nivel de satisfacción
de sus clientes y que son, en última instancia, los encargados
de concebir y ejecutar el lenguaje formal que, si está bien
resuelto, puede ejercer un efecto casi narcotizante, de prestidigitación.
Todo ello permite que nos enfrentemos a exposiciones, museos, ecomuseos,
parques de todo tipo, como aparentemente neutros, sin contenido
ideológico alguno, aunque, en realidad, en ningún
caso esto sea así.
Tampoco se trata de pretender que existen unos perversos políticos
que utilizan subrepticiamente la demanda social de activación
patrimonial para legitimar espúreamente, mediante la sacralidad
patrimonial, discursos ideológicos orientados a la captación
de adhesiones. Esto ha sucedido y sucede, pero normalmente el escenario
es más complejo. Lo que existe habitualmente son terrenos
delimitados, fronteras ideológicas, políticas o económicas
que no se pueden franquear, intereses especialmente relevantes,
consensos sociales que se deben respetar y otras fuerzas menores
en juego. Una pequeña jungla en que los gestores patrimoniales
se suelen mover con mayor o menor comodidad.
Por otra parte, con el desarrollo, en las sociedades capitalistas
avanzadas, del consumo de ocio y turismo (más tiempo, espacio
y dinero dedicado a estas actividades y, por tanto, más empresas
e iniciativas al respecto), las activaciones patrimoniales han adquirido
otra dimensión, han entrado abiertamente en el mercado y
han pasado a evaluarse en términos de consumo (visitantes
fundamentalmente, pero también merchandising y publicidad
mediática), actuando éste, el consumo, como medidor
tanto de la eficacia política como de la contribución
al desarrollo o consolidación del mercado lúdico-turístico-cultural
[6].
Esto ha provocado un efecto progresivo, una escalada, en la espectacularización
de muchas activaciones y restylings patrimoniales recientes,
una confluencia con la lógica del mercado del ocio, y por
tanto de la trivialización, que las acerca a los parques
temáticos, a veces casi a los parques de atracciones, con
una reducción extrema de la polisemia de los elementos, en
ocasiones casi con una total pérdida de significado, primando
la sensación, el juego, la gratificación inmediata
y superficial por encima de la reflexión interactiva, apelando
con frecuencia, paradójicamente, a la interactividad, así
cómo a una confusión, no sé si por necesidades
justificativas, entre didáctica y banalidad.
Ante estos hechos, es preciso plantearse algunas urgencias e interrogantes,
en relación con nuestra intervención, o no, como científicos
sociales, en este campo y, en concreto, respecto a sus vertientes
y tendencias más globales.
En primer lugar, de lo anteriormente expuesto y de la propia naturaleza
de los procesos de patrimonialización, deriva, a mi entender,
la apremiante necesidad de desarrollar, y dotar de presencia pública,
una crítica patrimonial que no se detenga, o no
esté especialmente centrada, en los aspectos formales de
las activaciones, como sucede habitualmente, sino que otorgue primacía
a los contenidos, a los discursos, incluso a los propios proyectos,
intervenciones y políticas patrimoniales. Una crítica
de fondo, organizada y sistemática, que suponga en la práctica
poner en evidencia y hacer llegar al público, a la sociedad,
para bien y para mal, las claves ocultas de cualquier actuación
en el campo del patrimonio.
Respecto a las tendencias formales de las activaciones, a la creciente
espectacularización, a la legitimación de representaciones,
más o menos afortunadas, de la realidad cultural, me pregunto
si debemos intervenir de algún modo. Como tales activaciones,
por supuesto, deberían estar sometidas a la crítica
de fondo, a la explicitación pública de sus claves
a la que me acabo de referir. Pero, más allá de esta
necesidad, de este deber común de análisis crítico
de toda actuación patrimonial ¿debemos denunciar la
trivialización? ¿debemos temer y advertir una progresión
en este sentido hasta límites caricaturescos y un efecto
de contagio respecto a otras activaciones preexistentes? Y en todo
caso ¿por qué? ¿qué legitima la desautorización
de esta tendencia? No es una pregunta retórica ni, por tanto,
sostengo una posición predeterminada en este sentido, tan
sólo la necesidad de la reflexión y el debate.
Mi último interrogante apunta en otra dirección,
hacia la propia naturaleza del patrimonio. Como científicos
sociales podemos identificar estas construcciones y acreditar que,
efectivamente, funcionan y permiten explicar la lógica de
las políticas patrimoniales, así como la actitud social
ante el patrimonio, tanto en abstracto como en la casuística
concreta. Y podemos y debemos refinar nuestros análisis en
este sentido. Pero, como científicos sociales, debemos constatar
también que de ninguna manera podemos identificar esta operación
simbólica con la herencia cultural de la humanidad. Nuestra
herencia, nuestro verdadero patrimonio como especie, estáa
constituido por la acumulación de la experiencia cultural
humana en toda su profundidad y diversidad y es una herencia irrenunciable,
de la que, por otra parte, estamos viviendo [7].
Sin embargo esta herencia, por su propia naturaleza, no se puede
conservar, ni se puede conservar de ella un conocimiento razonablemente
completo, ni siquiera se pueden establecer criterios preferenciales
en este sentido que no atenten contra su complejidad. Los intentos
de desarrollar campañas sistemáticas en esta dirección,
más allá de las investigaciones nacidas de los problemas
y los intereses científicos de investigadores concretos o
grupos de investigación, son decepcionantes y no guardan
una relación satisfactoria con los recursos invertidos. ¿Debemos
desarrollar líneas estratégicas en este sentido? ¿existen
criterios que permitan garantizar una mayor efectividad en los resultados?
Y, en todo caso, ¿qué entenderíamos en este
contexto por efectividad?
El patrimonio local
Desde el punto de vista de la construcción social del patrimonio,
el patrimonio local no tiene por qué presentar diferencias
sustantivas respecto a otros ámbitos de construcción
patrimonial. En este sentido, podríamos decir que el patrimonio
local está compuesto por todos aquellos objetos, lugares
y manifestaciones locales que, en cada caso, guardan una relación
metonímica con la externalidad cultural. Pero precisamente
el factor escala introduce variaciones significativas en
la conceptualización y gestión del patrimonio local.
Antes de entrar en consideraciones acerca de las similitudes y
diferencias entre el patrimonio local y el patrimonio de cualquier
otro alcance, es preciso establecer algunas puntualizaciones conceptuales.
En primer lugar, quisiera llamar la atención sobre una
distinción que me parece relevante, sobre todo a efectos
de explotación económico-turística, entre patrimonio
local y patrimonio localizado. Entiendo por patrimonio
localizado aquél cuyo interés trasciende su ubicación
y es capaz de provocar por sí mismo flujos de visitantes
con relativa independencia de la misma.
La capacidad de trascender su ubicación es, a mi entender,
constitutiva y distintiva del patrimonio localizado, pero
no es absoluta. A nadie se le escapa que existe un patrimonio localizado
no deslocalizable, especialmente en el caso de algunas manifestaciones
patrimoniales, ya que, en este caso, se produciría una pérdida
importante de autenticidad percibida. Sin embargo, esto no debe
impedirnos observar su naturaleza, es decir, que, si estas manifestaciones
se hubieran producido en otra localidad, mantendrían su capacidad
de atracción más allá del ámbito local,
del mismo modo que la mantendría un determinado paisaje,
mientras que otras manifestaciones, paisajes, u otros lugares y
objetos presentan un interés estrictamente local.
En otro sentido, la magnitud de los flujos de visitantes que es
capaz de atraer el patrimonio localizado depende de diversos
factores En primer lugar, naturalmente, del interés social
que concite, de su capacidad de atracción intrínseca.
Pero también, dialécticamente, de parámetros
puramente turísticos, como su ubicación respecto al
mercado emisor de visitantes, la infraestructura turística
existente (incluyendo otro tipo de atracciones complementarias),
su comercialización como producto turístico, o su
inclusión en productos turísticos más amplios,
y el régimen de visitas-explotación que la propia
naturaleza del referente patrimonial localizado comporte.
Cabe añadir, finalmente, que el patrimonio localizado forma
parte también del patrimonio local (aunque no viceversa),
incluso de un modo destacado, ya que el interés externo puede
contribuir a una revalorización interna, aunque, por otra
parte, su valoración e interpretación a nivel local
no tiene porque coincidir necesariamente con la valoración
e interpretación general y de los visitantes. De hecho, es
muy frecuente que se produzca una sobrevaloración o una minusvaloración
local del patrimonio localizado, así como una interpretación
o interpretaciones divergentes. La diversidad de la casuística
en este punto no nos permite extendernos más, pero atender
a estas cuestiones evitaría probablemente algunas frustraciones
en las expectativas de desarrollo turístico basado en el
patrimonio local.
Cuando hablo, pues, del patrimonio local, me refiero preferentemente,
de un modo paradójico, a las localidades sin patrimonio,
o, mejor dicho, a las localidades con referentes patrimoniales de
escaso interés más allá de la comunidad. Visto
así ¿no podría decirse que todo patrimonio
activado, o, más propiamente, toda activación patrimonial,
es o bien local, o bien localizado? Tal vez, pero,
más que en las activaciones o referentes singulares, ahora
me interesa centrar la atención en el patrimonio local como
un todo. Esto conlleva la necesidad de una segunda puntualización
conceptual respecto de lo que se entiende por local y localidad.
Provisionalmente, y atendiendo también en este caso a la
diversidad de la casuística en el contexto global, voy a
utilizar el término localidad en el sentido de delimitación
territorial o administrativa habitada por una comunidad personalmente
interrelacionada, sin un grado de anonimato significativo. Un mundo
conocido y de conocidos, ya se trate de un municipio, un
concejo, una mancomunidad, un barrio, o cualquier otra figura de
administración territorial que presente estas condiciones.
Así concebido, ¿cómo actúan los procesos
de patrimonialización a nivel local? ¿Cuáles
son sus especificidades?
La puesta en valor de los referentes patrimoniales por parte de
la población sigue en parte, de forma implícita, los
mismos principios de legitimación que ésta habrá
adquirido en su proceso de aprendizaje cultural (naturaleza, pasado
y genio), pero otro principio adquiere un valor aun más relevante:
el significado. Determinados objetos, lugares y manifestaciones,
patrimoniales o no, se relacionan intensamente con la biografía
de los individuos y con sus interacciones. Esto impele a la población
a anteponer el significado a los principios de legitimación
procedentes de la externalidad cultural, o bien a manipular más
o menos conscientemente los atributos de los referentes patrimoniales,
lo cual es más frecuente, ya que, a todos los niveles (legales,
por ejemplo), el patrimonio es concebido como una realidad esencial
preexistente, no como una construcción social, y, por tanto,
las políticas de conservación y difusión del
patrimonio identifican los referentes a partir de esos principios
de legitimación implícitos, pero en ningún
caso los cuestionan, ni tan siquiera reflexionan al respecto. Convertir,
por tanto, lo que es significativamente importante para la comunidad
en patrimonialmente relevante, constituye una estrategia espontánea
y eficaz de preservación.
¿Quiere esto decir que, a otros niveles más amplios,
el significado no es importante? Sí lo es, véase,
sin ir más lejos, la dificultad para aceptar socialmente
lo que en otros lugares he denominado patrimonios incómodos
(museos militares, por ejemplo, u otros repertorios patrimoniales
políticamente incorrectos o actualmente indeseables), a pesar
de que cumplan todos los requisitos de legitimación para
su puesta en valor y activación. Pero, en el ámbito
local, por decirlo así, lo ideológico se torna vivencial
y adquiere, en consecuencia, un carácter infinitamente más
complejo. Entramos en el campo de la interpretación subjetiva
(o intersubjetiva, si es compartida), y esto nos revela la verdadera
naturaleza del patrimonio local, que se basa en la memoria.
Podemos decir, sin lugar a dudas, que la memoria determina los
referentes en que la comunidad va a fijar sus discursos identitarios,
con un carácter casi totémico, pero también
los contenidos mismos de esos discursos. La memoria compartida,
antes que colectiva, es, por supuesto, una construcción social,
como es una construcción también, de carácter
más o menos individual, la memoria biográfica. La
memoria es cambiante, selectiva, diversa, incluso contradictoria
y relativa en todo caso a las situaciones, intereses e interrelaciones
del presente (no voy a discurrir aquí por esos derroteros
que nos apartarían de nuestro objetivo central) [8].
Eso es tanto como decir que la memoria constituye el discurso, o
mejor dicho, el conjunto de discursos, cambiantes, de la comunidad
sobre la comunidad. Un recurso permanente al pasado para interpretar
el presente y construir el futuro, de acuerdo con ideas, valores
e intereses, compartidos en mayor o menor grado. Nos hallamos en
el corazón mismo de la reproducción social.
Esto confiere a los procesos de patrimonialización a nivel
local un potencial de reflexividad y de complejidad dialéctica
en la formalización de los discursos mucho mayor que la de
cualquier otro nivel, así como un amplio margen de maniobra
para reflejar una realidad asimismo igualmente poliédrica
y cambiante. La amplitud de este margen de discrecionalidad con
respecto a la determinación y orientación de los discursos
se relaciona directamente con las prioridades respecto a las activaciones,
por una parte, y, por otra, con la mayor o menor participación
de la población. La puesta en valor y activación de
los referentes patrimoniales no corresponde a la población,
sino a los poderes locales, pero estos poderes se ven forzados a
reflejar las sensibilidades mayoritarias de la población
al respecto y darle curso, so pena de perder apoyos políticos
(electorales o clientelares, o de una y otra condición a
la vez), lo cual raramente se pueden permitir. El problema que se
plantea a los poderes locales en este campo (aparte de los que se
puedan crear por su cuenta) estriba en hallar aquellas actuaciones
que garanticen una rentabilidad más o menos inmediata, en
términos de ejecución, y conciten el mayor consenso
posible entre la población, lo cual no siempre es fácil,
dado del hecho de que el posicionamiento de la población
es raramente unánime, precisamente porque los procesos de
patrimonialización se convierten en un lenguaje en el que
se expresan los problemas implícitos en la reproducción
social, incluso las tensiones políticas. Además, entra
en contradicción la lógica de rendimiento a corto
plazo propia de la política, con las necesidades, reales
o percibidas como tales, de la población, que no tienen porque
ajustarse a los tiempos políticos.
Si se mantiene en su propia inercia, el patrimonio local tiene,
tarde o temprano, una cara oscura, que se manifiesta cuando la población
se enfrenta a problemas acuciantes, como reconversiones económicas,
deslocalización de empresas, procesos de despoblación
o, por el contrario, crecimientos demográficos súbitos
y de una magnitud suficiente como para cuestionar los discursos
identitarios preexistentes, presencia creciente de contingentes
de emigrantes procedentes de otros contextos culturales o cualquier
otro factor de conflictividad exógeno. En estos casos, la
memoria compartida y el discurso patrimonial tienden a cerrarse
en sí mismos, a tornarse monolíticos y ortodoxos y
a convertirse, en definitiva, en poderosos mecanismos de exclusión
y de negación de la realidad. Frente a la nueva realidad
social o económica, el discurso patrimonial se reviste de
un carácter mítico y se erige como una especie de
fortaleza autodefensiva, dentro de la cual, mediante el recurso
a la idealización del pasado y la minimización de
las diferencias internas, la comunidad originaria intenta reproducirse
a sí misma y defenderse de la agresión exterior de
carácter económico, demográfico, social o cultural,
o con implicaciones simultáneas en diversas vertientes. Este
mecanismo es el que ha dado pieé, según los casos,
a lo que en numerosas ocasiones he denominado museología
de la frustración , así como a la reproducción,
vía retorno vacacional, con fiestas patronales incluidas,
de comunidades rurales prácticamente abandonadas durante
el resto del año, a legitimidades diferenciales y límites
de integración para forasteros, a una magnificación,
en otro caso impensable, de los elementos distintivos, etc., cuando
no a actitudes y prácticas más o menos abiertamente
xenófobas.
Así pues, los procesos de patrimonialización a nivel
local, los discursos patrimoniales, la vivencia totémica
de los referentes, pueden adquirir un carácter regresivo
frente a nuevas realidades sociales percibidas como amenazas y adquirir
un carácter narcótico que obstaculiza la reproducción
social sobre los nuevos planos que la realidad plantea, ya se trate
de la reconversión económica, de la plena integración
de los nuevos contingentes de población, o de la aceptación
de la diversidad cultural en positivo.
Podríamos decir, consecuentemente, que el patrimonio local
contiene en sí mismo grandes oportunidades y grandes amenazas
para el desarrollo y el bienestar de la población. Es, a
la vez, un foro, que puede actuar como crisol depurador de todo
tipo de lastres y generador de nuevas adaptaciones y formas de convivencia,
y un búnquer, en el cual encerrarse e ignorar los
nuevos retos. No siempre es posible hacer que prevalezca su carácter
abierto y generativo, pero hay instrumentos, caminos, que lo facilitan
más que otros [9].
El principal camino para convertir al patrimonio local en un instrumento
abierto y de futuro pasa básicamente, a mi entender, por
dar prioridad absoluta al capital humano: las personas
antes que las piedras. Cuando hablo de capital humano y de personas,
me refiero, naturalmente a la población, pero a toda la población,
autóctona o no, y a procesos de participación activa.
Pero me refiero también a técnicos. Técnicos
en gestión patrimonial que, en este caso, deben ser además,
a la vez, científicos sociales capaces de trabajar en la
población y con la población, en el ámbito
de lo extremadamente concreto, es decir antropólogos y antropólogas
formados en el trabajo de campo [10].
Y me refiero, también, a agentes culturales locales, personas
implicadas en el devenir comunitario y dispuestas a participar en
la empresa.
¿Puede contarse con los poderes políticos locales?
La casuística puede ser de nuevo muy diversa en este sentido.
La lógica intrínseca en su propia reproducción
nos llevaría a decir que inicialmente no. En principio, parece
más rentable para los políticos locales restaurar
monumentos, recuperar parajes, incluso crear museos, a partir de
un amplio consenso social, que no contratar aunque sea un sóolo
antropólogo o antropóloga y esperar pacientemente
los resultados inciertos de un proceso de indagación y realizaciones
basadas en la participación. Esto constituye, a mi entender,
un error de apreciación, ya que la aportación a medio
plazo del antropólogo o antropóloga, trabajando directamente
con la población, propiciando la coordinación e iniciativa
de los agentes culturales locales y contribuyendo a la formalización
de discursos autóctonos, materializados en exposiciones,
itinerarios, manifestaciones colectivas u otros soportes, puede
ser más rentable para el político local que un proyecto
tradicional de conservación de monumentos y creación
de museos, ya que, en definitiva, se trata de un modelo dinámico,
con aportaciones de menor calado pero mayor frecuencia de renovación
y capacidad de adaptación a la sensibilidad social. En definitiva,
se trata de la confrontación de un modelo estático,
con fuerte inversión y rendimiento inicial, pero con elevados
costes de mantenimiento y rendimientos decrecientes (el modelo museal
convencional), con un modelo dinámico, de inversión
media y sostenida, pero con rendimientos igualmente sostenidos,
y que no excluye la recuperación, por otro camino, de determinados
referentes estáticos. Lo veremos en seguida.
El patrimonio edificado, el patrimonio material en su conjunto,
puede ser un enemigo de la dinámica creativa y participativa
que estamos considerando, o no. Todo dependerá de que sepamos
ponerlo a trabajar en beneficio de los objetivos globales o de que,
al contrario, se convierta en un peso muerto, o acabe constituyendo
el objetivo en sí mismo.
Veamos la secuencia de trabajo que propongo y como encajan en
ella los diversos elementos. Voy a referirme a ella de una forma
bastante genérica y, en todo caso indicativa, ya que aquí
sí que la casuística puede aconsejar, o forzar, orientaciones
muy particulares. En cualquier caso, espero que el sentido general
de la intervención que propongo, el espíritu, la intencionalidad
y el camino para convertir el patrimonio local en un poderoso instrumento
social al servicio de la población, queden correctamente
ilustrados.
Supongamos un proyecto cualquiera de activación y gestión
del patrimonio local. Una vez tengamos al antropólogo o antropóloga
ubicado en la localidad, lo cual requiere algún tipo de encargo
profesional, propiciado directamente por la administración
local o inducido por agentes culturales, su primer trabajo deberá
consistir en un proceso de exploración y diagnóstico,
lo suficientemente largo e intenso, pero no desmesurado. No estamos
escribiendo una tesis, sino incitando una dinámica cultural
sin cometer, a ser posible, errores de bulto, pero con la posibilidad,
incluso la necesidad, como veremos, de rectificar y reconducir conclusiones.
Al mismo tiempo, y haciendo de la necesidad virtud, se debería
ir constituyendo el grupo de agentes culturales que trabajen conjuntamente
con el antropólogo o antropóloga en el proyecto. Este
grupo debería ser en el futuro el encargado de mantener viva
la dinámica que se ponga en marcha. A no muy largo plazo,
debería proyectarse y ejecutarse una primera exposición,
centrada en algún tema de escaso potencial conflictivo. La
pronta realización de una exposición temporal tiene
una serie de ventajas. En primer lugar, da sentido y visibilidad
a nuestra presencia y nuestro trabajo; en segundo lugar, cohesiona
el grupo de trabajo que habremos constituido con los agentes culturales;
en tercer lugar, requiere la participación de la población
en su creación, tanto en lo que se refiere a información
oral como al posible préstamo o donación de objetos
o documentos (para los cuales la administración local debe
poder disponer de un sistema de archivo adecuadamente acondicionado,
aunque inicialmente sea de forma provisional). La participación
de la población, por otra parte, no acaba aquí, sino
que se amplía e intensifica en la visita, los comentarios
y la valoración, en definitiva, de la exposición,
tanto de su contenido y forma, como de la propia iniciativa. Esto
nos debe facilitar una gran cantidad de información suplementaria
sobre la población en sí misma, así como también
sobre la percepción de nuestro proyecto. En cuarto lugar,
la exposición temporal debería permitir, idealmente,
recuperar de forma temporal, como receptáculo, determinados
lugares, patrimonialmente significativos, lo cual, a su
vez, debería proporcionarnos información acerca de
los usos posteriores de esos lugares. Sólo en caso de extrema
necesidad, deberíamos aceptar la presentación de las
exposiciones temporales en espacios ad hoc (salas de exposiciones),
de una forma continuada, ya que con ello se pierde una gran parte
de la interacción del discurso y de la propia activación,
con el conjunto del territorio local y sus diversos lugares
patrimoniales, cuya utilización, por otra parte, puede
constituir un motivo añadido de atracción.
Las exposiciones temporales constituyen un instrumento extraordinariamente
útil para proyectos de activación y gestión
patrimonial locales de vocación poliédrica y participativa,
pero no son el único. La incidencia sobre el espacio local,
mediante la recuperación de la toponimia, de los nombres
y la memoria de las calles, las plazas, la casas y otros lugares
e instalaciones, para rescatarlos del anonimato y devolverles su
naturaleza de espacio vivido, las manifestaciones colectivas, de
carácter habitualmente festivo (incluyendo las inventadas
o reinventadas), o la recuperación de edificios, parajes
e instalaciones, son también, entre otros, instrumentos de
gran eficacia, según los casos y las necesidades. El tratamiento
de los edificios y otros lugares construidos o naturales debe atender
a los principios de utilidad social y participación. Partiendo
de la base de la no explotación turística de estos
elementos (puesto que entiendo que no nos estamos refiriendo a un
patrimonio localizado), lo ideal es que dichas instalaciones
se reintegren a los usos comunitarios (si se han perdido), según
sus funciones originales, aunque lógicamente atendiendo a
las transformaciones de los tiempos (sería el caso, por ejemplo,
de centros cívicos de todo tipo, espacios públicos
y naturales, incluso, tal vez, según las circunstancias,
de determinados centros de culto o locales comerciales). Cuando
los usos tradicionales no son viables, debería darse a estas
instalaciones otros usos sociales, incluso económicos que,
respetándolas, respondieran a necesidades de la población.
En este sentido, adquieren una especial relevancia, siempre, idealmente,
mediante la recuperación de las actividades propias, los
llamados espacios de la memoria (los lieux de mémoire
de Pierre Nora), especialmente presentes en las vivencias de parte
de la población, transmitidas oralmente a generaciones posteriores
como memoria de la memoria (Zonabend,
1980), y que, tratados convenientemente, pueden constituir lugares
de confluencia de tiempos y espacios y de participación e
integración de sectores sociales diversos, de gran fecundidad.
La concepción del patrimonio local como foro de la memoria
y banco de ensayos para la reproducción social, nos llevará
con seguridad a desbordar los límites de lo que se concibe
tradicionalmente como patrimonio y gestión patrimonial, y
nos veremos implicados en otro tipo de dinámicas locales,
singularmente todas aquellas que comporten procesos de reflexión
y proyección de la comunidad hacia su futuro. De ninguna
manera podemos rehuirlo. Como antropólogos y antropólogas,
sabemos hasta que punto las distintas manifestaciones de la comunidad
se hallan interconectadas [11].
En el fondo, con ello, partiendo del patrimonio, recuperamos de
nuevo la cultura, a escala local, como objeto de estudio e intervención.
¿Y hasta cuáando debe mantenerse esta intervención
del antropólogo o antropóloga? No hay una respuesta
para eso. Idealmente, debería poder desarrollar su actividad
profesional en la localidad de forma indefinida, pero, con frecuencia,
hay factores, de una y otra parte, que lo impiden. En cualquier
caso, aun cuando la presencia del antropólogo o antropóloga
se mantenga, es imprescindible que se constituya un núcleo
eficiente de agentes culturales locales, comprometidos con el proyecto
y su continuidad.
Hasta aquí me he referido a este proyecto como a lo que
los físicos y los químicos denominarían un
experimento “en condiciones normales”. Pero ¿qué
sucede cuando la comunidad se enfrenta a retos como los que he enumerado
anteriormente, u otros? Estos retos no se resuelven, por supuesto,
única ni principalmente en el ámbito del patrimonio
y de la participación cultural, pero, si se ha trabajado
adecuadamente, este ámbito en su conjunto puede ofrecer un
marco adecuado de reflexión y generación de nuevas
propuestas. Un foro cultural-patrimonial no va a frenar el cierre
o la deslocalización de una empresa, pero puede ayudarnos
a comprender qué es lo que con ella hemos perdido irremediablemente
y qué lo que podemos reconducir, a comprender las razones
del hecho en sí y buscar opciones con conocimiento de causa,
a exorcizar fantasmas. Es bastante más que decidir instintivamente
la creación de un museo local que recoja ese mundo perdido
y esperar la quimérica llegada del turismo cultural. Frente
a otros problemas de carácter social, la aportación
desde el ámbito de la cultura y el patrimonio puede ser más
sustantiva. Así, en el caso de la integración de nuevos
contingentes de población, que se puede propiciar mediante
su participación directa y requerida en actividades patrimoniales
y culturales, o de colectivos de inmigrantes de otras culturas,
donde se puede fomentar el conocimiento mutuo y la interactividad
cultural. Incluso en el caso de procesos de despoblación
más o menos acelerada, puede reflexionarse y tomar decisiones
respecto a cuestiones relativas a la representación de la
comunidad, fuera o dentro del territorio original, en qué
forma y hasta qué punto.
En conclusión, propongo que el patrimonio local no sea
tomado como un conjunto de referentes predeterminados por principios
abstractos de legitimación, sino como un foro de la memoria,
en toda su complejidad, que permita una reflexividad poliédrica
sobre soportes diversos, que, partiendo de las preocupaciones y
retos del presente, reflexione sobre el pasado, para proyectar,
participativamente, el futuro. Esta es mi forma de entender el patrimonio
como “recursos para vivir”.
|