| México, como otros
países de América Latina, cuenta con un pasado indígena,
cuyos descendientes hoy en día sobreviven en condiciones
de extrema pobreza. De ese glorioso pasado que resalta la arqueología
del México nacionalista post-revolucionario provienen alrededor
de 57 grupos étnicos (Bonfil y Marcó
del Pont 1999). Dichos grupos están distribuidos en distintas
regiones del país. Sin embargo, podría decirse que
hay algunos estados donde la población indígena tiene
mayor concentración que en otros, como Oaxaca o Chiapas (ubicados
al sur). No obstante, debido al centralismo, es en la ciudad de
México donde habita un mayor número de indígenas
migrantes, provenientes de distintos puntos del país. Aunque
cabe aclarar que, a diferencia de otros países como los andinos,
en México la población indígena sólo
equivale al 10 por ciento de la población total (ver mapa).
Ahora bien, dentro de un contexto como éste, las mujeres
indígenas [1]
comparten una realidad que está atravesada tanto por la condición
de género como por las de clase y etnia. Encontré
esta similitud de condiciones a lo largo de una investigación
sobre las mujeres zapatistas de una comunidad base de apoyo del
Ejército Zapatista de Liberación Nacional EZLN, la
cual comencé en el año 2000 y que terminé unos
años más tarde.

Regiones con presencia indígena en
México Fuente: http://cdi.gob.mx
La comunidad donde hice mi trabajo de campo se llama Roberto Barrios.
Sus habitantes son de etnia tzeltal, una etnia de la familia
maya que se encuentra normalmente en las cañadas de Chiapas.
Esta comunidad tuvo que emigrar en busca de tierras cultivables,
alrededor de los años setenta, a una región que es
predominantemente chol (también de la familia maya).
De esta manera, lo que presento en este artículo es una
comparación de mis datos del trabajo de campo con otras etnografías
sobre mujeres indígenas de diferentes latitudes del país;
la mayoría de ellas abordadas desde la perspectiva de género.
El objetivo del texto es dar un panorama muy general y breve de
la situación de las mujeres indígenas en México,
acompañado de un análisis de género. Mi interés
es dar a conocer la situación en la que viven estas mujeres
y cómo, al mismo tiempo, se organizan para luchar -tanto
al interior como al exterior de sus comunidades- por mejores condiciones
de vida.
Así, el primero apartado aborda la situación de
las mujeres indígenas, con temas tales como: la feminización
de la pobreza, la división de espacios, el cuerpo femenino,
la relación con la tierra, la vida cotidiana, los oficios
femeninos y la migración; mientras que el segundo aborda
la manera en que ellas participan políticamente, ya sea desde
las instituciones, desde sus oficios o desde los movimientos indígenas,
como el zapatista. Para finalizar hablo de la necesidad de comprometernos
con estudios de este tipo en tanto que investigadoras latinoamericanas.
I. Situación de las mujeres indígenas
1. Hacia la feminización de
la pobreza
Al igual que en casi todas las sociedades, en el mundo indígena
existe una marcada división sexual del trabajo, con base
en la cual se otorga una valoración distinta a las tareas
y actividades realizadas por hombres y mujeres. Las mujeres son
las encargadas del trabajo doméstico y el cuidado y crianza
de la prole, mientras que el varón es el principal proveedor
y encargado de la actividad agrícola en la milpa, el cafetal,
etcétera (Bonfil y Marcó del
Pont 1999; Rodríguez 2000; Olivera
2001). Es decir, que cada uno cumple, tradicionalmente, con
sus roles de género, los cuales se aprenden a través
del tiempo y a lo largo de las etapas de desarrollo. El problema
es que, por lo regular, las mujeres, además de sus tareas
de género, se ven obligadas a realizar tareas extras, tales
como: hacer y vender artesanías, emplearse como jornaleras,
entre otras. Es decir, llevan a cabo una doble jornada, lo que tiene
consecuencias más marcadas en su salud (física y mental).
Y todo ello es lo que las autoras denominan feminización
de la pobreza.
En general, las mujeres indígenas, desde muy temprana edad,
van aprendiendo a realizar una serie de labores específicas
del ámbito doméstico, por ejemplo, todas se encargan
de cuidar a sus hermanos y hermanas pequeñas. Es común
que se priorice la educación masculina y que a las niñas
se les haga abandonar la escuela para colaborar con las tareas domésticas.
Las mujeres indígenas, como advierte Olivera (2001),
suelen vivir una infancia muy distinta a la que suelen experimentar
algunas mujeres urbanas (clase media y alta), pues desde muy pequeñas
tienen a su cargo una serie de responsabilidades domésticas.
Sobre este tópico, una de las principales cuestiones que
toca Bonfil (2002a) se refiere al aprendizaje
de los roles de género. En un primer momento, dice ella,
las niñas indígenas atraviesan una etapa de imitación
y apuntalamiento de la identidad genérica, es decir, se identifican
con las otras niñas y con las mujeres en general y, en consecuencia,
introyectan su identidad femenina a partir de reconocerla en las
demás. Posteriormente, advierte la autora, prosiguen las
etapas de adquisición de las habilidades que le corresponden
a su rol genérico y, por último, la conciencia de
su identidad de género.
Sin embargo, es claro que esta división sexual del trabajo
no implica, necesariamente, que la repartición de tareas
sea equitativa, ya que en estas comunidades indígenas se
privilegia el reconocimiento de las actividades masculinas sobre
las femeninas, pues no tienen la misma jerarquía un mayordomo
y su esposa (ver Bourdieu 1998). Más
aún, concuerdo con Olivera (2001),
quien evidencia que desde el momento en que las mujeres realizan
trabajos agrícolas en la milpa y el cafetal, a pesar de que
no se les reconozca en su simbología de mujer, empiezan a
subvertir el orden genérico, lo cual también coincide
con las reflexiones de Paloma Bonfil y Raúl Marcó
del Pont. No obstante, Mercedes Olivera agrega la observación
de un detalle esencial: las mujeres salen del ámbito privado
y realizan actividades que no les corresponden, mientras que los
hombres raramente se responsabilizan del trabajo doméstico.
En ese sentido, la complementariedad en la división sexual
del trabajo no implica que no exista desigualdad genérica.
2. Espacios Femeninos
Una de las discusiones fundamentales en torno a la categoría
de género es la división del mundo en dos espacios:
público y privado. El hombre es quien tiene acceso al primero,
mientras que la mujer está confinada al segundo. El mundo
indígena no es la excepción: lo público es
considerado el lugar donde se desarrollan las actividades masculinas,
en tanto que lo privado tiene que ver con el hogar, el espacio femenino
por excelencia.
En lo general, puede deducirse que a partir de esta división
espacial, las formas de participar políticamente en la comunidad
son diferenciadas para hombres y mujeres. Así, las mujeres
quedan, las más de las veces, completamente excluidas del
ámbito político, en tanto que espacio público.
De esta forma, raras veces las mujeres participan del sistema de
cargos propiamente indígena, ni del civil (presidentes municipales,
alguaciles, etc.).
Ahora bien, algunas veces lo doméstico puede extenderse
a otros planos que rebasan el hogar. Por ejemplo, Rodríguez
(2000) encontró, para el caso de
amuzgas, mixtecas y nahuas en Guerrero, que las mujeres tienen acceso
-además de la casa y el solar- a otros espacios, tales como:
a) el río, en el cual no solamente lavan ropa y se bañan,
sino que también conversan largo rato con otras mujeres,
intercambian opiniones acerca de la vida cotidiana, se dan consejos,
etcétera;
b) el molino y el mercado, aquí no sólo realizan
actividades necesarias para la alimentación de su familia,
sino que tratan temas cortos y generales sobre la comunidad;
c) la iglesia, ya sea católica o protestante. Es también
un lugar donde las mujeres liberan sus penas y alegrías,
las más jóvenes, incluso, son cortejadas aquí;
d) el panteón, sitio a donde suelen ir solas a reflexionar
individualmente;
e) la escuela, aquí las actividades de niños y niñas
son diferenciadas, por ejemplo, es raro que jueguen juntos. Asimismo,
algunas de ellas no tienen las mismas posibilidades de acceder
al ámbito escolarizado que los varones pues, en condiciones
de suma pobreza, se privilegia la educación de éstos.
Hasta aquí puede concluirse que hombres y mujeres se desenvuelven
en espacios distintos, y que dicha división espacial no es
tan clara ni tan lineal. En este sentido, Rodríguez (2000)
plantea algo digno de llamar la atención: lo doméstico
no es estrictamente privado; las mujeres abordan desde aquí
asuntos colectivos y comunitarios: de interés público.
Si acudiésemos como etnógrafas a una comunidad indígena
y partiéramos sólo del supuesto de que los hombres
habitan el espacio público, mientras que las mujeres se hallan
en el privado, y nos percatáramos de que son ellos los mayordomos
del sistema de cargos, o los presidentes municipales del pueblo,
muy probablemente, atribuiríamos ese hecho a que las mujeres
no participan políticamente, en el sentido de lo público.
Y quizá pasaríamos por alto estos otros espacios que
son extra-domésticos, pero donde las mujeres se encuentran
con otras mujeres y discuten sobre asuntos de la comunidad y desde
ahí inciden en algunas decisiones importantes. Además,
es en estos encuentros donde se idean proyectos de empoderamiento
femenino, como por ejemplo, cooperativas de artesanas.
3. El cuerpo de la mujer indígena
El género marca la identidad y, por ende, el cuerpo. Así
la mujer, en tanto que madresposa, es un ser de y para otros. No
se pertenece a sí misma, su cuerpo no es suyo. Veamos, por
ejemplo, lo que representa el matrimonio en las comunidades indígenas.
Las mujeres se casan muy jovencitas y la mayoría de los
matrimonios son arreglados. Cuando un joven desea casarse comunica
esta decisión a sus padres, quienes se encargan de hablar
con los padres de la joven, a quienes deben llevar obsequios en
sus visitas para acordar los términos en que darán
a su hija. Normalmente, dichos obsequios son pagos en objetos o
alimentos y, en algunos casos, dinero. Una vez casados, la pareja
se va a vivir a la casa de los padres del marido, donde la suegra
le enseña a la mujer de una manera estricta cómo encargarse
de las tareas femeninas (aunque ella ya tenga una profunda noción
al respecto). Si la mujer no se queda embarazada en un plazo acordado
o no aprende lo que la suegra le enseña, puede ser devuelta
y entonces la familia puede recuperar lo que pagó por ella
(Pozas,1952; Rodríguez
2000; Olivera 2001).
Hago una pausa aquí para analizar un asunto crucial: ¿qué
determinación puede tener una mujer sobre su cuerpo cuando
es vendida como un objeto? El matrimonio es -siguiendo a Lagarde
(1990)- claramente uno de los más
terribles cautiverios, donde el cuerpo de la mujer es de otros.
Aquí no hay posibilidad de vivir la sexualidad ni con goce
ni como agencia, es decir, la mujer no puede decidir sobre su cuerpo.
La propia mujer se considera como un objeto que pertenece al otro,
quien la puede devolver como un producto en caso de que no le satisfaga.
Por ello no es de extrañar que la sexualidad de las mujeres
indígenas, desde que son pequeñas, es reprimida; posteriormente,
cuando llegan a la adolescencia, la mayor parte de ellas no cuenta
con información sobre la menstruación y la viven con
miedos y vergüenza, que se legitiman, pues en muchas comunidades,
la sexualidad es asociada al pecado original y a la suciedad. De
ahí que en el tiempo de escurrimiento menstrual deban mantenerse
alejadas de la siembra (Olivera 2001). Así,
por ejemplo, Magali, una de mis entrevistadas en Roberto Barrios,
Chiapas, empezó a sentir transformaciones en su cuerpo y
luego vino la primera menstruación, que recuerda así:
Mi mamá, de primero me molestó,
llegué y le dije: “mamá quiero ir a bañarme”,
¿y por qué tan temprano?, pues nada, le dije qué
es lo que me pasaba, “no, te vas a morir, porque no vas a
sanar” y es en donde más me puse triste, pero era recién
llegada una cuñada mía, y ella me empezó a
decir, como mi mamá no me lo dijo claramente, me entró
a decir.
En general, sus periodos reproductivos son mucho más largos
que los que se viven en el mundo mestizo, es decir, su primer parto
ocurre cuando son adolescentes y no dejan de tener hijos hasta que
arriba la menopausia. No hay un control natal y ello repercute,
en forma negativa, en la salud femenina. Según Olivera (2001),
las relaciones sexuales para las mujeres indígenas representan
un servicio que debe darse al esposo, y, al mismo tiempo, son concebidas
como un pecado, cuya penitencia se paga teniendo “los hijos
que Dios mande”. Por ello es frecuente, por ejemplo, escucharlas
decir: “mi marido me usó”, para referirse al
acto sexual. Intentemos imaginar cómo repercute esto en su
autopercepción y su autoestima.
Cuando las mujeres indígenas, dice Olivera, llegan a la
menopausia se sienten liberadas del peso de la reproducción
y tienen más posibilidad de acción que las jóvenes.
Es decir, la reproducción que pasa por el cuerpo femenino
se convierte, también, en una forma de control y restricción
del mismo. Es lógico que al llegar a esta etapa de sus vidas
se sientan aliviadas.
Por otra parte, hoy en día las mujeres indígenas,
además de encargarse de sus tareas domésticas, deben
colaborar en tareas extras, pues la economía familiar y comunitaria
ha decaído enormemente y la pobreza se ha exacerbado. De
esta manera, algunas ayudan en la milpa, otras son jornaleras, algunas
migran de forma golondrina [2]
o estacionaria, y otras venden sus productos en las ciudades cercanas
a sus comunidades. Es decir, las mujeres indígenas no descansan,
lo que trae repercusiones muy fuertes para su cuerpo y su salud
(Bonfil y Marcó del Pont 1999).
De cualquier manera, aun cuando la mujer no posea autodeterminación
sobre su cuerpo y tenga mayores problemas de salud que los varones,
me parece curioso que sean ellas las que, al mismo tiempo, posean
una gran sabiduría en torno al cuerpo femenino, pues son
ellas quienes, gracias a su conocimiento, se encargan de ayudar
a otras mujeres con las labores de parto, así como de los
cuidados que debe tener una mujer embarazada o que recién
ha dado a luz, lo que les proporciona alguna posibilidad de lucha
en las comunidades (Bonfil 1996; Rodríguez
2000).
4. La tierra en femenino
A semejanza del cuerpo femenino, la tierra tiene una serie de
atributos asociados con la fertilidad que cobran un gran valor en
el mundo indígena en América Latina. Ante todo, se
le conceptualiza como la Madre Tierra, pues para ellos, ésta
no sólo es parte de un sustento material, sino también
simbólico. Es por eso que la tierra constituye el bien más
preciado para los pueblos indios, pues es uno de los principales
elementos de producción y reproducción del grupo.
En ella recaen una serie de consideraciones materiales, simbólicas,
culturales, religiosas y políticas. Es un componente identitario
y acerca del cual poseen diversos conocimientos (Bonfil
y Marcó del Pont 1999).
En general, los pueblos indios en México mantienen una
relación muy armónica con la naturaleza; preservan
el medio ambiente de una manera muy distinta a lo que ha hecho la
cultura occidental. En este sentido, las mujeres juegan un papel
muy importante, pues poseen conocimientos de botánica, que
van desde lo alimenticio, pasando por lo medicinal, hasta cuestiones
de ornato. Como parte del rol doméstico, las mujeres son
las encargadas del huerto familiar, donde siembran verduras, frutas,
plantas alimenticias, medicinales y útiles para otras aplicaciones.
Éste normalmente se encuentra en el traspatio de la casa,
donde además crían animales como cerdos o gallinas.
Pero no tienen derecho a poseer la tierra (sólo en caso de
ser viudas).
5. Cotidianidad indígena femenina
La mayoría de las mujeres indígenas se levanta un
par de horas antes de que salga el sol y comienza a trabajar sin
tregua. Un día, según una de mis entrevistadas en
Roberto Barrios, transcurre así:
[...] tiene uno que levantarse a
las tres o a las cuatro de la mañana para hacer el fuego
y cocer el café y si el compañero quiere desayunar
antes porque se va, tiene que desayunar y tiene uno que levantarse
temprano, a mantener pues, el compañero que se va a la milpa.
Ya después de ahí, tenemos que hacer otros trabajos,
pues acá tenemos animales, como el cochino, el puerco y los
animales de corral como los pollos y todo eso. Tenemos que desgranar
el maíz, después de eso, tenemos que levantar los
niños para que desayunen y se arreglen para ir a la clase.
Ya queda una sola en la casa, ya empieza una a barrer, a limpiar.
Después de eso, ya comienza una a ir al río a lavar
la ropa de los niños, de la familia. Después, llega
uno tarde, ya empieza uno a lavar el maíz para hacer la tortilla,
termina uno de moler y hacer eso, ya empieza uno a tortear y hacer
la tortilla. A veces, estamos torteando ya cuando va llegando otra
vez el esposo. Y de nuevo, a darle de qué comer. Y así,
van llegando los niños y vamos dándoles su comida,
pues acá los hijos no tienen lugar, no tienen a qué
horas van a comer. Llegan a la hora que quieren. Y eso es lo que
hacemos todo el día.
Las niñas tienen pocas oportunidades de educación;
ya desde pequeñas, la mayoría ayudan a sus madres
en las labores domésticas. Saben que se casarán muy
jóvenes y, las más de las veces, sin poder elegir
a su compañero. La gran mayoría de ellas son, desde
muy pequeñas, víctimas de la explotación. Es
decir, las niñas indígenas se incorporan a temprana
edad a las actividades productivas y reproductivas dentro de la
esfera familiar, las cuales tienen que ver con su identidad de género.
Este hecho constituye uno de los principales obstáculos para
poder continuar con su educación básica [3].
Asimismo, la asistencia a la escuela es prioridad para los niños
[4].
Por otra parte, en lo que a salud respecta, las niñas corren
un peligro muy grave. Según Bonfil (2002a),
los momentos de más riesgo para los infantes en las comunidades
indígenas están comprendidos en la etapa del primer
año de vida, la etapa preescolar y la etapa de seis a 14
años. Presentan severos índices de desnutrición
y están en riesgo de contraer enfermedades sólo curables
(gastrointestinales, respiratorias, infecciosas, etcétera)
en el ámbito mestizo occidental, dado que sus escuelas se
ubican dentro de localidades que no cuentan con los servicios médicos
más elementales. La desventaja de género, además,
aumenta los problemas de salud en las niñas, pues algunas
de ellas están expuestas a la violencia intrafamiliar [5],
que puede traducirse en maltrato físico o psicológico,
coerción, abuso sexual, insultos, entre otros.
En general, las mujeres indígenas, según diversas
autoras, son quienes más padecen la pobreza, pues son ellas
las peor alimentadas, las más afectadas en cuanto a la salud
y las que más tienen que trabajar. No pueden ni
deben hacer nada que se salga de las prescripciones de género.
No tienen, pues, libertad de movimiento.
Así, la vida cotidiana de las mujeres indígenas
transcurre dentro de un entorno sumamente estricto que les impide
circular con libertad, participar en los espacios públicos,
decidir sobre su cuerpo; que las obliga a sostener a su familia
a costa de su propia salud (física y mental), etc. Por si
fuera poco, son víctimas de la violencia intra y extrafamiliar;
muchas de ellas han padecido graves humillaciones, que atentan contra
la dignidad humana. La gran mayoría ve morir, con absoluta
impotencia, a sus hijos e hijas. Lo más admirable es que,
en medio de este panorama tan desalentador, se estén organizando,
estén alzando la voz y comiencen a abrirse espacios de participación
política, social y cultural desde una perspectiva más
humana para ellas.
6. Oficios ancestrales
Existe en los pueblos indios una serie de saberes femeninos ancestrales.
Los más sobresalientes son los conocimientos artesanales
y de medicina tradicional. En cuanto a la artesanía, Paloma
Bonfil y Raúl Marcó del Pont (1999)
afirman que genera productos necesarios, rituales y suntuarios.
Por lo común, se trata de una actividad que requiere un nivel
bajo de tecnología, pero gran especialización. El
núcleo doméstico puede encargarse de la elaboración
de herramientas y de la obtención de materia prima (fibras,
tintes naturales, leña, madera, barro, etc.). Para las mujeres,
la artesanía representa una rama de actividad que les permite
generar ingresos sin descuidar sus espacios de trabajo doméstico.
Ello contradice la idea de improductividad femenina, por el contrario:
esta inserción en la vida productiva ha propiciado cambios
en las relaciones entre hombres y mujeres, así como en las
ideas sobre la valoración del trabajo femenino. No obstante,
hay que aclarar que en de la producción artesanal existe,
a su vez, una división sexual del trabajo. De esta manera,
las mujeres se dedican principalmente a la rama textil, mientras
que los varones generalmente se encargan de la orfebrería
o la talla en madera.
Entre los pueblos indios la salud constituye uno de los reflejos
más claros de la miseria. Con el fin de resolver esta situación
de precariedad, las mujeres indígenas han desarrollado un
saber curativo y preventivo que se apoya en el conocimiento de su
entorno y en la psicología de su cultura. Cada aspecto de
la salud y la enfermedad tiene un referente simbólico, mágico-religioso.
“En su papel de curadoras, las mujeres indígenas tienden
puentes entre lo privado y lo público, los intereses estrictamente
familiares y las percepciones de sobrevivencia de su comunidad o
grupo” (Bonfil 1996: 48).
La terapéutica tradicional, en muchos casos, nos remite
pues a un papel femenino. Pero, desde otra perspectiva, la salud
también implica una acción de resistencia, en la medida
en que se practica para la reproducción y supervivencia del
propio grupo. La práctica curativa puede ser doméstica
(casi todas se ven obligadas a dedicarse a ella alguna vez dentro
del hogar) o medicina tradicional profesionalizada. Así,
las mujeres indígenas pueden ser yerberas, sobadoras, curanderas,
parteras -siendo esta última actividad a la que más
se dedican y la que juega un papel central.
7. Migración
Barrera y Oehmichen (2000) afirman
que la perspectiva de género permitió contextualizar
los procesos socioculturales en los que se desenvuelve la migración,
ya sea por lo que les toca vivir a las mujeres cuando se quedan
solas y los maridos emigran, o cuando ellas emigran, solas o acompañadas.
Bonfil y Marcó del Pont (1999)
afirman que las mujeres emigrantes adquieren cierta autonomía
al llegar a una gran ciudad, pero por otro lado, tienen que adaptarse
a un medio mucho más hostil. En ocasiones, hay generaciones
que crecen en el contexto urbano y, en ese caso, se presenta la
posibilidad para las mujeres de vivir la adolescencia, pues tradicionalmente
en sus comunidades tienen que casarse al dejar de ser niñas.
Una de las actividades a las que más se dedican las mujeres
indígenas, según estos autores, es al comercio en
la vía pública. En las calles, tendrán que
aprender a tomar decisiones, a gestionar espacios, a lidiar con
los policías, pero, al mismo tiempo, tienen la posibilidad
de criar a sus hijos e hijas y continuar con su rol de género.
A ellos los van incorporando poco a poco al trabajo, con la inseguridad
que la calle implica. Así, pasan del ámbito privado
al público de una manera muy abrupta. Algunas mujeres se
organizan como artesanas y, en ocasiones, como grupos inmigratorios
que se establecen en el los márgenes de la ciudad en condiciones
muy precarias, pero que se proporcionan ayuda entre sí.
II. Mujeres indígenas en movimiento:
participación política
1. Política tradicional
Primeramente, es necesario decir que en la mayor parte de las
comunidades indígenas coexisten dos formas de organización
política: la municipal y el sistema de cargos. En ninguno
de ambos espacios, que a veces se mezclan, ha habido una verdadera
participación femenina, al menos hasta años recientes.
La política tradicional en las comunidades indígenas
está representada por el sistema de cargos, el cual, según
Bonfil, es:
[...] un aparato de autoridad, representación,
gestión y toma de decisiones, fundado en una jerarquía
religiosa con un sistema de escalas, estructurado en función
del sexo y la edad de los integrantes de la comunidad (2002b:
72).
Los cargos honoríficos que una persona puede ocupar son:
mayordomos, topiles, alguaciles. En lo que a esto respecta, Oehmichen
(1999) afirma que son los varones son los
mayordomos y cuando las mujeres llegan a asumir este cargo, es siempre
en calidad de esposas y viudas. Ahora bien, como reporta Bonfil
(2002b), en términos políticos
y de ejercicio de autoridad, la comunidad indígena se rige
por una asamblea comunitaria integrada por los jefes de familia,
responsables de la unidad familiar y con derecho a la tierra, lo
que excluye al resto de los integrantes de la comunidad en la toma
de decisiones. Aunque, igualmente es cierto que algunas mujeres
han ido conquistando este espacio con muchas dificultades, pues,
como la misma autora aclara, éste no es un espacio estático
y con el tiempo se ha ido transformando. Por su parte, el comisariado
ejidal, dice Oehmichen (1999), es igualmente
un espacio masculinizado desde el momento en que el Estado realizó
el reparto agrario excluyendo a las mujeres. Éstas no pueden
participar en la toma de decisiones salvo cuando son viudas, pues
sólo entonces tienen derecho a los títulos de propiedad
de la tierra. De cualquier manera, a nivel de los gobiernos locales,
en general las mujeres indígenas ocupan muy pocos cargos
a lo largo del país y del continente, y son muchas menos
las que siguen una política de equidad de género [6].
Al respecto, Canabal (2002) afirma que
desde la segunda mitad de la década de los ochenta comenzaron
a hacerse visibles diversas organizaciones de mujeres que se habían
creado dentro de las propias organizaciones gubernamentales, como
la CNC (Confederación Nacional Campesina); es decir, las
mujeres comenzaban a advertir que era necesario agruparse para defender
sus demandas específicas, como las de salud, por ejemplo.
Es por ello que la autora asegura que las instancias como la UAIM
(Unidad Agrícola e Industrial de la Mujer) [7]
sirvieron de puente para las organizaciones independientes que empezaron
a aprovechar los recursos destinados a los distintos proyectos productivos,
a la vez que les permitían solidificar sus organizaciones.
Entre las organizaciones que han atravesado por estos procesos,
esta misma autora reconoce a la Asociación Mexicana de Mujeres
Organizadas (AMMOR), la Sociedad de Solidaridad Social Titekitetoke
Tajome Sihuame (o triple S), Coordinadora Estatal de Mujeres de
Sonora (COVANADAS), Organización Regional de Mujeres de Álamos
(ORMA), entre otras. En todos los casos, las mujeres han tenido
que enfrentar los obstáculos del androcentrismo y del confinamiento
femenino al ámbito privado, pero han logrado empoderarse,
con lo cual han ido conquistando el espacio público.
2. Política desde los oficios
Como ya había apuntado, desde sus oficios las mujeres asumen
una participación política. Un espacio esencial lo
constituyen las cooperativas de artesanas, que devienen en organizaciones,
y que comienzan a tejer redes nacionales de mujeres. Desde aquí
ellas gestionan demandas concretas. Tal es el caso de las artesanas
de Cuetzalan que participaron en la investigación de Martínez
(2000). Mediante su organización,
no sólo se empoderaron, sino que pudieron conjugar sus conocimientos
ancestrales con nuevas herramientas surgidas de la capacitación,
lo que les permitió desempeñar su labor artesanal
como una forma de subsistencia, pero con el respaldo y el apoyo
de una organización propia.
Otro ámbito muy desarrollado entre las mujeres es el de
la salud donde -según Bonfil (1996)-
está surgiendo una importante corriente de movilización
femenina que se cuestiona la desigualdad de género. Las mujeres
se preguntan, por ejemplo, ¿por qué en la infancia
los varones tienen prioridad en cuanto a atención médica?
Entre los oficios relacionados con la salud que sobresalen está
el de partera. Doña Guadalupe, una de mis entrevistadas de
Roberto Barrios, cuenta que dicha labor no es algo que haya aprendido
de alguien más sino que se le reveló en sueños:
Hay veces que me llegaba a visitar
una señora o un señor de vestido blanco y me enseñaba
que yo lo haga el trabajo, y me presentaban al enfermo, que yo lo
voy a atender, y me daban la ropa para lavar, y de beber lo que
van a tomar. Desde muy pequeña, me revelaba el sueño.
Pero, como era yo pequeña, me daba miedo el sueño,
lo que soñaba yo. Hay veces me pongo a llorar, porque no
quiero el trabajo.
Una de sus hijas, que estaba embarazada, fue el primer parto que
atendió, y le costó trabajo. Pero lo logró.
Doña Guadalupe, además de este oficio, es una las
fundadoras de la cooperativa de mujeres. Sus hijas, al igual que
ella, participan activamente en la comunidad autónoma. Magali,
la menor, es promotora de salud. Podría decirse, entonces,
que la estirpe femenina de Guadalupe teje redes políticas.
Lo mismo pasa con otras parteras indígenas, pues gracias
a su trabajo se han hecho voceras de algunas demandas de sus pueblos.
Por ejemplo, al gestionar el mejoramiento de los espacios de salud
de las mujeres. Sus voces se han dejado oír en diversas organizaciones,
en donde han planteado tanto demandas relacionadas con la salud
como en torno a violencia, libertad, respeto, participación
y visibilidad.
3. De la lucha por la tierra a los
nuevos movimientos indígenas
En México, como en otras partes del mundo, los movimientos
indígenas han ido conformándose cada vez con mayor
fuerza y con demandas específicas: tierra, reconocimiento
jurídico, defensa ecológica, etc. Ahora bien, cada
etnia es diferente, así que un planteamiento esencial lo
constituye la diversidad [8].
Asimismo, con el correr del tiempo, dichos movimientos han incorporado
la cuestión de la participación de las mujeres indias,
quienes van saliendo al ámbito público poco a poco
y, con ello, transformando ciertas relaciones genéricas.
De cualquier manera, las mujeres ya habían participado
-junto con sus compañeros- en tomas organizadas de tierras,
de alcaldías, y en algunos movimientos armados. De hecho,
se conocen algunas experiencias autónomas en las que las
mujeres han participado. De acuerdo con Canabal (2002),
a lo largo de la década de los años ochenta, época
de fortaleza para distintas organizaciones campesinas, surgieron
al interior de éstas diversas agrupaciones de mujeres. Tales
fueron los casos del Frente Campesino Independiente de Sonora o
la Organización del Altiplano de Tlaxcala y de Hidalgo. De
esta manera, las mujeres ya no sólo participaban al lado
de sus compañeros, sino que empezaban a tener voz al interior
de las organizaciones campesinas. Sin embargo, y quizá como
parte del mismo proceso de empoderamiento, hoy en día se
suman a esta presencia los cuestionamientos desde su condición
de género. Así, en la actualidad existen algunas mujeres
que hacen declaraciones como éstas:
Queremos vivir en una sociedad basada
en relaciones de respeto, igualdad y equidad entre todos y todas
las que conforman este país (Mujeres,
CNI 1996: 181).
[...] luchar por una autonomía
que empiece en el hogar, en el trabajo, la comunidad y la región.
Es necesario garantizar la paridad entre hombres y mujeres en los
órganos de decisión, buscando formas de participación
y organización (Ibidem: 182).
[...]
queremos abrir un nuevo camino para pensar la costumbre desde otro
mirada, que no sea violatoria de nuestros derechos, que nos dignifique
y respete a las mujeres indígenas; queremos cambiar las costumbres
cuando afectan nuestra dignidad (Ibidem:
188).
Así que aquí estoy
yo, una mujer indígena. Nadie tendrá por qué
sentirse agredido, humillado o rebajado porque yo ocupe hoy esta
tribuna y hable. Quienes no están ahora ya saben que se negaron
a escuchar lo que una mujer indígena venía a decirles
y se negaron a hablar para que yo los escuchara. Mi nombre es Esther,
pero eso no importa ahora. Soy zapatista, pero eso tampoco importa
en este momento. Soy indígena y soy mujer, y eso es lo único
que importa ahora (Comandanta Esther, EZLN, Congreso de la Unión,
23 de marzo de 2001, en: http://www.ezln.org).
El EZLN, en efecto y como reconocen investigadoras/es, así
como muchos intelectuales de México y el mundo, es un parteaguas.
En sus filas, además, la población femenina ha sido
notoria desde el comienzo, en especial cuando, sumada a las demandas
propias del movimiento, se expuso la Ley Revolucionaria de Mujeres.
Esta ley defiende, a grandes rasgos, los derechos más elementales
de las mujeres, lo que, al interior de sus comunidades, significa
toda una revolución. Así, se enarbolan derechos individuales
sobre el propio cuerpo, tales como decidir con quién casarse
o el número de hijos; pero también derechos sociales,
como la educación y la salud.
Este momento histórico representa una etapa de constitución
de organizaciones femeninas indígenas, cuya notoria participación
política coadyuva a la construcción de una verdadera
democracia nacional, pues las mujeres han empezado a participar
en diferentes organizaciones independientes que no sólo pugnan
por la obtención de tierras, sino que, con el tiempo, comienzan
a luchar otras demandas, más ligadas al reconocimiento de
los pueblos indios, tal es el caso del Consejo Guerrerense 500 Años
de Resistencia, la ANIPA (Asamblea Nacional Indígena para
la Autonomía) o el CNI (Congreso Nacional Indígena),
el EZLN [9],
entre otros.
4. Mujer que sabe latín...
Las mujeres que participan políticamente, no obstante,
muchas veces siguen siendo percibidas al interior de sus comunidades
como transgresoras, pues se salen de un sistema que restringe toda
su capacidad de movilidad. En ese sentido, un ensayo de Barrera
(2002) me parece sumamente sugerente. La
autora intenta mostrar el contexto en el que participan las mujeres
en el ámbito rural y cómo son sancionadas por los
varones y otras mujeres de sus propias comunidades. Con base en
ello, identifica las siguientes formas de control social y de violencia
hacia la mujer:
- oposición del compañero, golpes y violencia verbal;
- calumnias y difamaciones por parte de hombres y mujeres de
la comunidad;
- agresiones físicas por parte de ciertos sectores o miembros
de la comunidad;
- hostigamiento y violencia física por parte de los soldados
(en zonas de conflicto);
- acoso sexual por parte de los hombres de la propia organización,
partido, etcétera.
III. Conclusiones
Es necesario estudiar desde las ciencias sociales la cuestión
de las mujeres indígenas en un país como México,
donde la feminización de la pobreza deja sus mayores estragos
en este sector. En primer lugar, porque la categoría de género
es más que una simple perspectiva de análisis o metodología
humanística. El género es una teoría completa
que permite hacer estudios interdisciplinarios, y muy útil
cuando de estos temas se trata. Por otra parte, en lo que a indigenismo
respecta, es importante sumar a los estudios un enfoque de género
que nos permitiría hablar de las diferencias existentes entre
hombres y mujeres al interior de los 57 grupos étnicos que
existen en nuestro país.
Asimismo, aunque parezca que este estudio es del total dominio
de la antropología social, puede abordarse conjuntamente
desde otras disciplinas, tal sería el caso de la psicología
social o comunitaria; no sólo en lo referente a investigaciones
de este tipo, sino también en todo aquello que tiene que
ver con el trabajo de desarrollo de comunidad, en el que participan
investigadoras feministas desde distintas disciplinas (por ejemplo:
Mercedes Olivera en Chiapas).
Por último y no menos importante, esto alude a un compromiso
de nuestras disciplinas que Martín Baró enunciara
de la siguiente manera:
[...] a la luz de la situación
actual de opresión y fe, de represión y solidaridad,
que caracteriza a nuestros pueblos, esa tarea debe ser la de una
psicología de la liberación. Pero una psicología
de la liberación requiere una liberación previa de
la psicología y esa liberación sólo llegará
de la mano de una praxis comprometida con los sufrimientos y las
esperanzas de los pueblos latinoamericanos (1986: 295).
Esta
es mi utopía…
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