Bajo una perspectiva sinóptica
que abarca tanto la concepción histórica como la antropológica,
este texto intenta desarrollar una aproximación a los orígenes
del advenimiento de este constructo imaginario, que sobreviene más
que viga medianera o pilar básico sobre el que sustentar
el edificio religioso cristiano, contrafuerte sin el cual el mismo
devendría incapaz de adquirir su espléndida magnitud
catedralicia.
La investigación histórica, el interés por
el personaje al que se rinde homenaje en estas líneas, es
fruto de una experiencia de trabajo de campo como antropólogo,
muy previa –desarrollada de forma continuada entre abril de
1995 y febrero de 1997- con un grupo de oficiantes practicantes
de magia [1] por encargo, que
sustentaban sus prácticas en la creencia de un ser denominado
Satán.
El interés que ha nacido en mí por descubrir cual
era el poso histórico sobre el que construían y desarrollaban
sus prácticas rituales, ha dado lugar a este pequeño
artículo, sucinto resumen del capítulo que conforma
el apartado histórico dedicado a Satán en la etnografía
de concepción doble que basada en el trabajo de campo, el
análisis antropológico y mediada por el riguroso estudio
histórico resta pendiente de publicar.
De esta forma las siguientes líneas acercarán al
estimado lector a los momentos históricos donde nació
y se conformó la figura de ese ser, donde se dio lugar al
constructo imaginario que como tal perdura en nuestra sociedad.
Por constructo imaginario debemos entender, siguiendo los postulados
de los psicólogos Edward Tolman y Kurt Lewin, la creación
de una herramienta mental necesaria para satisfacer unas determinadas
necesidades.
Para el primero la conducta de las personas está dirigida
por iniciativas de consecución de metas. Una conducta que
es manifestación de la cognición o del conocimiento
en tanto que la persona utiliza hipótesis, expectativas y
estrategias con la intención de alcanzar metas evitando todos
los obstáculos posibles a las mismas. Para Lewin las necesidades
crean intenciones, las cuales a su vez generan tensiones que aportan
metas al organismo, siendo la conducta la acción consumatoria
dirigida hacia una meta.
¿Dónde empezó el constructo? Por lo que respecta
a la etimología de nuestro homenajeado; Satán, el
Diablo o el Demonio, palabras que han acabado siendo redundantes
sinónimos, tienen en su exégesis filológica
una diferente adscripción.
Satán es una palabra de origen hebraico (STN) que significa
oponerse, impedir, hostigar, donde su sentido es simplemente el
de enemigo o adversario.
Posteriormente el término Satán en los textos jurídicos
hebreos, es usado con el sentido de acusador ante el tribunal y
el término Sitna, derivado de la misma raíz
es la acusación. Por ejemplo en el Apocalipsis se nos dice:
“Entonces oí una voz sonora en el cielo que decía:
He aquí el tiempo de salvación de la potencia, y del
reino de nuestro Dios, y del poder de su Cristo: porque ha sido
ya precipitado el acusador de nuestros hermanos, que los acusaba
día y noche ante la presencia de nuestro Dios” (Ap.
12:10).
Diábolos es el término griego, del verbo
diabállö, diaballein, significa poner obstáculos.
Encontramos la palabra diábolos también con
el significado de adversario, enemigo.
En la Biblia de los Setenta, el término Satán (enemigo,
adversario, acusador) será traducido por diabolos
(calumniador, malediciente), de donde derivará Diablo, otro
de los usuales nombres del maligno (Fernández, 2004).
Demonio proviene así mismo del griego daimon.
Éstos eran una especie de genios o espíritus, entidades
sobrenaturales neutrales, a veces buenas en otras ocasiones malas,
que se encarnan en los cuerpos. Esta idea de la filosofía
griega la retomará Plutarco, para quien los daimones son
almas intermedias que pueden llegar a ser dioses o caer de nuevo
en el rango de hombres (Minois, 2002:23).
Plutarco llegará a decir que si vemos a Apolo destruyendo
una ciudad, de ningún modo debemos creer que es realmente
él: se trata sin duda de un demonio que ha adoptado su forma.
Al final de la época helenística daimon o
daimonion tienen ya unas connotaciones puramente negativas:
son entes maléficos, que castigan a aquellos individuos que
han pecado (Fernández, 2004).
El diablo tal y como lo conocemos en la actualidad es una figura
de origen judeocristiano, inseparable de la del Dios monoteísta
que desarrollarán los cristianos (indisociable de ese ser
cúmulo de omnipotencia y virtudes) que acabó por dar
pie a su nacimiento, como al de su propio hijo Jesús. Y esto
es básicamente lo que intentaré explicar aquí.
Otras culturas no necesitan de él, como afirma Georges
Minois; los politeísmos no lo necesitan realmente; la multitud
de dioses, que limita el poder de cada uno y engendra rivalidades
entre ellos, basta para explicar la existencia del mal, provocado
por esos seres ambivalentes, bienhechores y destructores a un tiempo,
según sus intereses (Minois, 2002: 11).
Esos dioses de actitudes tan ambiguas como las de los mismos hombres
que en definitiva los han inspirado, no requieren de figuras contrapuestas,
de imágenes en el espejo. Su ambigüedad los inmuniza
ante tal necesidad. Por el contrario con el advenimiento del monoteísmo
cristiano, se idealizará progresivamente la figura del Dios
creador, depurándola hasta alcanzar la esencia actual. Tenemos
un Dios colérico y castigador en el Antiguo Testamento (el
Dios de los judíos), injusto y sanguinario que en no pocas
ocasiones se complace con la muerte, que evoluciona hacia el bondadoso
ser del Nuevo Testamento y que culmina en el actual nuevo sentir
cristiano, donde se identifica a Dios con el más loable de
los sentimientos humanos: el amor.
Este proceso de transformación de Dios es lo que yo he
dado en llamar el alambicado proceso de teogenia judeocristiana.
Alambicado porque la evolución de este dios creador me recuerda
el proceso de destilación alcohólica, con sus embriagadores
resultados perdurando hasta nuestros días.
Así tenemos que el grupo sectario [2],
de emergentes cristianos destila al Dios judío, transformándolo
en un ser puro, alejándolo de la maldad y la iniquidad, acercándolo
idealmente al mensaje social que este grupo intenta transmitir para
medrar en su contexto histórico.
Destilando y destilando consiguen un Dios único, absoluto,
que es el origen de todo, y por ello del bien y del mal. El concepto
puro, se construye omnipotente e infinitamente bueno, la idealización
de lo que este mundo no es y menos en época romana. Un Dios
que además ofrece una suculenta recompensa a sus adeptos:
la salvación eterna tras la muerte.
Se necesita pues de una figura que va a ser la antítesis
del concepto puro, para explicar entre otros, el padecimiento físico
de la humanidad. La única forma de sostener este constructo
ideológico es incorporando un subterfugio que permita explicar
cómo es posible no la maldad diría yo, sino el dolor,
y aparece en escena el agasajado personaje de este artículo,
por lo que si el diablo non è vero, è ben trobato.
O mejor dicho re-trobato, porque este ardid no es nuevo,
ya lo había usado el mazdeísmo, como veremos más
adelante. Y en la mitología griega también podíamos
ver cómo Zeus, el monarca absoluto de la creación,
de quien derivará precisamente la palabra griega theos
(dios), tiene un hermano deforme que gobierna en el inframundo,
Hades, que en muchos aspectos es su opuesto, a pesar de estar mediadas
estas dos figuras por una tercera, como es el dios Poseidón.
Posteriormente se identificará el reino del Hades con el
reino de los muertos que aparece en el Nuevo Testamento. Éste
va a servir para dar cuenta acerca de lo que pasa con todas las
almas de forma pasajera. Tras la resurrección y el juicio
final, los pecadores e infieles van a ir a parar de forma definitiva
al infierno con el diablo. Quien va a estar siempre supeditado a
la voluntad divina, como reza en el Apocalipsis: “Y estoy
vivo, aunque fui muerto: y he aquí que vivo por los siglos
de los siglos, y tengo las llaves de la muerte y del infierno”
(Ap. 1:18).
Satán, la nueva figura, es perfecta, y va a servir de chivo
expiatorio ante cualquier incongruencia teológica, como son
las que se plantean al tratar de conciliar dos conjuntos de textos
tan dispares cronológica, cultural e ideológicamente
como son el Antiguo y el Nuevo Testamento.
¿Pero dónde empieza la destilación?
Satán, como todo el Antiguo Testamento, es heredero de
los mitos divinos y las cosmogonías de combate de Oriente
Próximo: sumerias [3],
babilónicas [4]
y cananeas [5],
de donde recoge toda una serie de atributos tal y como demuestra
Neil Forsyth [6].
Esos textos están jalonados de ejemplos. En la epopeya de
Gilgamesh [7],
éste y su amigo Enkidu [8]
luchan contra su adversario Huwana [9],
quien está presente en el mundo sombrío representado
por el bosque, un bosque donde uno de sus árboles está
guardado por una serpiente.
El poema épico del Gilgamesh, la obra literaria más
antigua del mundo, datada hacia el 2000 a.C. cuenta cómo
los habitantes de Uruk, en Mesopotamia, pidieron a los dioses que
hicieran algo con el tiránico Gilgamesh, su rey, que fue
posteriormente divinizado. Gilgamesh lloró cuando su amigo
Enkidu fue asesinado. Esto le impulsó a buscar el secreto
de la inmortalidad (Wilkinson, 2003:21).
Gilgamesh se embarcará en un viaje en busca de Utnapishtim
[10], el único
superviviente de la gran inundación, quien le habla sobre
el diluvio y le dice donde crece el árbol de la vida (Smart,
2000:99). Su antecesor Utnapishtim, el único humano que
consiguió la inmortalidad, sugirió a Gilgamesh que
visitara el inframundo y recuperara una planta mágica. Gilgamesh
encontró la planta, pero una serpiente se la robó
antes de que pudiera llevarla de vuelta a la tierra (Wilkinson,
2003:21).
Otros textos datados en el 1800 a.C. relatan la lucha de Ninurta
[11] contra el demonio de las
aguas Azag.
Otro mito nos presenta al dragón gigante Labbu también
surgido del mar, que será vencido por un héroe-dios
que acabará convertido en rey. El celebérrimo texto
del Enuma Elis [12]
nos describe la lucha del dios de los asirios [13],
Marduk [14],
contra el monstruo marino Tiamat [15].
En otro texto hallado en la biblioteca del rey asirio Asurbanipal
en Nínive, se nos relata el combate de Ninurta contra el
pájaro Anzu, donde se nos muestra por primera vez una revuelta
contra la autoridad del dios supremo. Anzu es un pájaro,
mensajero del dios, figura en la que puede verse un prototipo del
ángel rebelde (Minois, 2002:20).
En los relieves del palacio del rey asirio Ashurnasirpal II, en
Calah (actual Nimrud), aparecen unos seres míticos (de cuerpo
humano y cabeza de águila) que reciben el nombre de Lamassu,
shedu o kuribu, y que podrían constituir
la inspiración de los ángeles [16]
bíblicos denominados querubines (Éxodo 25:20) (Smart,
2000:104).
En la mitología babilonia, la responsabilidad del mal es
compartida entre dioses y hombres. Estos últimos, nacidos
de la sangre del demonio Kingu, son intrínsecamente perversos
y el mal se transmite por generación. Tal vez incluso a partir
de una falta muy antigua, como sugieren ciertos textos acadios,
los Shurpu y los Maqlu (Minois, 2002:20).
Una falta primigenia o pecado original que va a acabar formando
parte del génesis judío.
Estos demonios babilónicos poseen aspecto zoomórfico
con cabezas de serpiente, león, perro.... Destaca entre ellos
el asirio Pazuzu, con cabeza de murciélago, cuatro alas y
cola de escorpión; con su bella estampa empieza la célebre
película El Exorcista. Estos demonios atormentan
a los hombres cuando cometen una falta, substituyendo al dios protector
de ese hombre y poseyendo al individuo, siendo entonces necesario
proceder a su exorcismo (Minois, 2002:20).
Los mitos de combate cananeos datados en el II milenio antes de
cristo, nos presentan al dios Baal [17]
(dios de la fertilidad) enfrentado al dios Mot [18]
(dios de la esterilidad) y todos sus acólitos figurados como
dragones y serpientes, incluido el monstruo marino Lôtan (el
que se retuerce, la serpiente) que quedará en la Biblia como
Leviatán. Así, podemos leer en el Apocalipsis de Isaías:
‘En aquel día el Señor, con su espada cortante,
grande y fuerte, castigará al leviatán, serpiente
huidiza; al leviatán, serpiente tortuosa; y matará
al dragón, que está en el mar’ (Is. 27:1).
Los dioses del mar y de las aguas de Babilonia (Tiamat) y de Canaán
(Yam [19],
el mar) y (Nahar el río) son los destructores de la creación,
los adversarios de los dioses creadores (Marduk y Baal).
El demonio bíblico va a heredar todos estos atributos reptilianos:
el dragón, la serpiente, esa bestia que surge del mar; todo
ello proviene directamente de los mitos mesopotámicos con
los que durante siglos estuvieron en profunda imbricación
los hebreos.
Es heredero directo de estos atributos y de los de Ahrimán,
el diablo mazdeo, mucho más cercano a nosotros en el tiempo.
Fue alrededor del año 600 a.C. [20]
cuando el sacerdote iraní Zoroastro, reelaboró la
religión de la zona, una rama del vedismo (la religión
hindú). Según el Avesta, el texto religioso que recoge
un conjunto de himnos que conforman los Gâtas, formados en
épocas diversas y de la mano de autores muy diferentes, Zoroastro
afirma la existencia de un único dios supremo: Ahura Mazda
(el Señor Sabio). Se trata del Dios único, que es
quien revela a Zaratustra la ‘buena religión’.
Zaratustra al elegirla, elige el bien, el buen camino, y eso es
lo que pide a los fieles. Ahura Mazda es una divinidad buena y santa
(spenta) que creó el mundo por medio del pensamiento,
y está acompañado por un séquito de seres divinos
y santos que él mismo ha generado: la justicia, el buen pensamiento,
la devoción, la integridad, la inmortalidad, el reino.
Entre las entidades creadas por Ahura Mazda, sin embargo, hay
también dos espíritus gemelos: Spenta Mainyu (Espíritu
Santo, Bienhechor) y Angra Mainyu [21]
(Espíritu Destructor, Maligno). El primero escogió
el bien y la justicia (arta), mientras que el segundo eligió
el mal y la falsedad (druj). ‘Ni nuestros pensamientos
ni nuestras doctrinas ni nuestras fuerzas mentales; ni nuestras
palabras ni nuestras elecciones ni nuestros actos; ni nuestras conciencias
ni nuestras almas están de acuerdo’, dice Spenta Mainyu
a Angra Mainyu en el Avesta (Yasna [22],
45,2). Son, pues, seres completamente opuestos.
Como Angra Mainyu, también los daevas, es decir
las divinidades de la religión tradicional iraní que
habían sido adoradas hasta la reforma mazdeísta, eligieron
la druj, la falsedad, de manera que no hay que rendirles
culto porque constituyen el grupo de figuras malignas que rodea
a Angra Mainyu. No son sino demonios inferiores, que se dedican
a atormentar, tentar y confundir a los hombres, para intentar alejarlos
del camino de la buena religión.
El cosmos [23], pues, está
formado por quienes siguen el bien y la santidad y quienes practican
el mal y la falsedad. Tanto el principio del bien como el principio
del mal proceden de Ahura Mazda, pero, como Angra Mainyu eligió
libremente su vocación maléfica, el primero no puede
ser considerado el responsable de la aparición del mal. En
cualquier caso, en su omnisciencia, conocía desde el principio
cuál sería la elección del espíritu
del mal: el hecho de que no la evitara significa que el mal se encuentra
implícito en la existencia del bien y que uno y otro constituyen
la condición previa necesaria de la libertad humana. También
el hombre tiene que elegir, y en función de la elección
recibirá su premio o castigo en el fin de los tiempos. Zaratustra
consideraba, en efecto, que en una inminente transfiguración
del mundo, las criaturas del mal serían aniquiladas y el
bien triunfaría.
Los teólogos mazdeístas tardíos, sin embargo,
fueron más allá en su especulación cosmológica
y doctrinal, e hicieron de Spenta Mainyu una forma del mismo Ahura
Mazda, ya que ambos eran espíritus del bien y la justicia.
Pero entonces, Angra Mainyu, hermano gemelo de Spenta Mainyu, quedó
convertido en el antagonista de Ahura Mazda, situado en el mismo
rango que él. Este hecho dio lugar a un sistema estrictamente
dualista, probablemente único en la historia de las religiones,
que sorprendió a los vecinos de los persas que lo conocieron,
como los griegos. Cuando describieron la religión persa,
los griegos hicieron de los dioses Ohrmazd u Ormuz (forma tardía
del nombre de Ahura Mazda) y Ahriman (forma tardía del nombre
de Angra Mainyu) encarnaciones de fuerzas cósmicas y morales
opuestas y complementarias (Cervelló,
2003:127-128).
Ahrimán, al acercarse a la luz de Ahura Mazda, la desea
y trata de conquistarla. Para detenerle, Ahura Mazda crea el mundo,
fundamentalmente bueno, y Ahrimán replica con una contra
creación, la de los seres malhechores, para luego librarse
una guerra sin cuartel entre el bien y el mal (Minois,
2002:28).
Los daevas, que eligieron la druj, son considerados
demonios, y se organizaron en un panteón cuya estructura
inspiraría posteriormente la del infierno cristiano. Angra
Mainyu o Angramanius, palabra que derivará posteriormente
en Ahrimán, el dios de la oscuridad, la muerte y el mal,
es figurado inicialmente como una serpiente, pero también
encontramos representaciones con cabeza humana, grandes orejas,
colmillos y cuernos de toro [24].
Rasgos que pervivirán en la iconografía del Satán
neotestamentario.
A Ahrimán, representado como una serpiente, le sirven siete
archidemonios: el error, la herida, la anarquía, la discordia,
la presunción, el hambre y la sed. Los que se dejan seducir
por Ahrimán constituyen el pueblo de la mentira y son castigados
con el infierno. En el ejército maléfico de Ahrimán
encontramos personajes que más tarde formarán parte
de la cohorte maléfica de Satán, como Azazel, Lilith
o Rahab (Minois, 2002:29).
El bien y el mal se disputan el mundo iranio, pero ese dualismo
queda falseado por la existencia de un Dios Supremo que nunca tolerará
la victoria del mal (Minois, 2002:29). Idéntica
solución será la adoptada posteriormente por el cristianismo.
Con estos elementos que he presentado hasta ahora, volvamos al
proceso de destilación, a sus inicios. La Biblia ignora al
diablo, que está totalmente ausente del Antiguo Testamento,
desconoce la figura de Satán o de demonios inferiores. Yahvé
está muy lejos de ser el bien absoluto, es un Dios ambivalente
que se parece mucho a sus equivalentes del Oriente Medio. Tiene
aspectos y actitudes muy temibles, exigiendo el exterminio de los
adversarios de su pueblo e imponiéndole a éste pruebas
terribles (Minois, 2002:24). Yahvé
usa de los Mal’akh Yahveh (los ángeles mensajeros),
a quienes confía las tareas sucias e ingratas, como el exterminio
de 70.000 personas de las población de Dan y Beet-Sehva,
lugar donde curiosamente los arqueólogos han hallado centenares
de cadáveres calcinados. El diablo es uno de estos Mal’akh
Yahvé, que se convertirá poco a poco en un personaje
más autónomo y más responsable del mal, cuando
los ideólogos de las emergentes sectas judías creyeron
necesario lavarle la cara a Dios.
Un ejemplo sorprendente de esta evolución nos lo proporciona
el caso del censo de Israel durante el reinado de David. La práctica
estaba prohibida por la ley mosaica; pero, en el segundo libro de
Samuel (24:1) es el propio Yahvé quien impulsa al rey David
el emprenderla: Ve, censa Israel y Judá, David displicente
cumple su orden: va, censa Israel y Judá, y el retorcido
Yahvé le castiga por contravenir la ley mosaica.
En el primer libro de las Crónicas, escrito mucho más
tarde, en la segunda mitad del siglo IV, se da ya una versión
distinta para no atribuir a Dios semejante injusticia. Cuando se
relata el mismo asunto, el autor escribe: Satán se levantó
contra Israel e incitó a David a censar a Israel (I
Cro. 21:1). El responsable de la trasgresión ya no es, pues
Yahvé, sino Satán, que en esta ocasión actúa
por iniciativa propia (Minois, 2002:26).
¿Qué ha sucedido pues de por medio? La evolución
hacia un verdadero diablo tal como lo conocemos estaba lejos de
hallarse terminada cuando se escriben los últimos libros
del Antiguo Testamento, en el siglo II antes de cristo. Y luego,
bruscamente, surge el diablo totalmente armado y sin transición
en los primeros libros del Nuevo Testamento, donde es omnipresente.
De hecho, en el Nuevo Testamento, vemos cómo la figura del
diablo justifica hasta la encarnación del mismo Jesucristo,
quien viene a la tierra para el gran combate contra el mal. Es como
un ajuste de cuentas a escala sobrenatural.
La respuesta para Georges Minois y otros estudiosos del tema,
la encontramos en los llamados evangelios apócrifos [25],
los textos de la literatura apocalíptica de las sectas judías
disidentes. Ahí es donde nació el diablo, en los ambientes
sectarios exaltados, aunque ninguno de sus escritos pasará
luego a formar parte del canon de la Biblia cristiana. Satán
es asimilado desde el principio por los primeros textos cristianos,
lo que sólo se explica por el hecho de que al principio,
el cristianismo no es en sí mismo otra cosa que una secta
disidente judía más (Minois, 2002:27).
Toda una serie de estos textos apócrifos datados alrededor
de los años 210 y 60 de nuestra era, giran alrededor de un
patriarca mítico llamado Enoc: el Libro de los Guardianes,
el Libro de los Gigantes, la Visión de Enoc, el Libro de
Enoc, nos explican la existencia del mal por una revuelta de los
ángeles o de los hijos de Dios, dirigidos por Semihazaz y
que son Azazel, Belial, Mastema, Satanael y Sammael, quienes subyugados
por la belleza de las mujeres, se unen a ellas dando nacimiento
a la raza maléfica de los gigantes, que difunden el mal por
la tierra. Los ángeles rebeldes son castigados y según
ciertas versiones se convierten en estrellas que caen del cielo.
Algunos autores creen que de ahí proviene la expresión
latina Lucifer, el portador de luz.
La versión apócrifa de la Vida de Adán y
Eva da cuenta de una rebelión de los ángeles en los
cielos. Una vez Dios creó a Adán, llamó a sus
ángeles para que admiraran su obra y se inclinaran ante la
misma. Miguel obedeció, pero Satán se opuso y dijo:
"¿Porqué me presionas? Yo no reverenciaré
a quien es más joven e inferior que yo. Yo soy mayor que
él y él es quien debe reverenciarme a mí"
(Vida de Adán y Eva 14:3).
La idea de una rebelión de los ángeles aparece en
la literatura apócrifa y en el Apocalipsis (Ap. 12:7-9).
No es casualidad que el texto bíblico que los mencione sea
el Apocalipsis, otra prueba de lo que vengo afirmando, la profunda
relación e importancia de las sectas apocalípticas
como la de los Esenios y su mensaje en el desarrollo del constructo
diabólico. Actualmente se considera al Apocalipsis como un
texto de origen puramente apócrifo y judío, heredero
de una antiquísima tradición hebrea, donde se denuncia
a Roma como la Gran Ramera, con toda la vehemencia de un Apocalipsis
judío (Giménez 2003:10).
En la Biblia, Dios aparece rodeado por una corte de espíritus,
los bene ha-elohim [26],
los hijos del Señor, convertidos más tarde en los
ángeles, después de que, vertido al griego el Antiguo
Testamento con el nombre de Biblia alejandrina o de los Setenta
(siglo III a.C.), el término hebreo bene-ha-elohim sea
traducido por el griego angeloi [27]
(Fernández, 2004).
En la primitiva tradición hebrea, los ángeles, el
mal`akh Yahvé, parecen representar al principio
simplemente un aspecto del mismo Yahvé (Ex. 3:2-4). En Isaías
(Is. 6:1ss) los serafines (las serpientes de fuego) actúan
como ángeles, y en el Éxodo (Ex. 25:18ss) los querubines
escoltan el arca de la alianza.
Los ángeles son espíritus enviados de Dios, encargados
de que su voluntad sea ejecutada. Dios los utiliza como: tentadores
a favor de la envidia (Núm. 5:14), de la malevolencia (1
Sam. 18:10), de la discordia (Jue. 9:23), de la fornicación
(Os. 4:12;5:4), de la mentira (1 Re. 22:22-23). También los
utiliza como exterminadores contra Sodoma (Gén. 19:13) y
contra los egipcios (Éx. 12:23, Sal. 77:49), a pesar de que
hasta el día de hoy no exista un solo indicio arqueológico
de una presencia hebrea en Egipto que pueda confirmar los hechos
que narra la Biblia. Dios usa a los ángeles contra Senaquerib
(Is. 37:36) e incluso contra el mismo pueblo de Israel (2 Sam 24:16).
Asimismo, son los atacantes de Saúl, de Abiméleck,
de los Siquemitas y de los profetas de Acab.
Son la mano sucia de Dios, pero aún así en el Antiguo
Testamento no hay indicios que estas potencias celestiales puedan
volverse malignas, tal como aparece vívidamente en los libros
apócrifos. Hasta el momento, sólo son el brazo ejecutor
de los designios divinos.
Pero ni Satán ni los ángeles caídos son todavía
encarnaciones autónomas del mal. Al contrario, son vistos
aún como hijos de Dios y como servidores suyos, y como tales,
pueden ser emisarios tanto de lo bueno como de lo malo. Ellos representan
el mala’k de Dios, el rostro que éste muestra
a los hombres. Pero Dios es ambivalente, y también lo es
su mal’ak, por lo que ambivalentes son sus mal’akim,
sus mensajeros. No importa lo que hagan Satán y los suyos:
en este momento son aún meros instrumentos divinos que operan
en la tierra, en tanto que el otro rostro de Dios, el enteramente
bueno (diríamos) se halla representado en los benim, que
permanecen a su lado en el cielo [...] más en el Libro de
Job se acentúa de forma notable la separación entre
los benim y el mal’ak o los mal’akim
[...] ahora el mal’ak y el mensajero por excelencia
Satán, se identifican con el mal.
En Sabiduría encontramos a Satán no ya únicamente
como enemigo del hombre, sino también como enemigo y opositor
del propio Dios. De ese modo, asumirá de un modo pleno el
aspecto malvado de Dios, quedando éste investido sólo
de los aspectos positivos y benévolos. (Fernández,
2004).
El término Satán según la Biblia Hebrea,
no se refiere a ninguna persona en particular, significa también
cualquiera de los mensajeros enviados por Dios para algún
propósito específico en cuanto a obstruir alguna actividad
humana. La presencia de Satán en alguna historia provoca
obstáculos inesperados o reveses de fortuna. Será
el adversario, el acusador ante un tribunal. Este Satán aparece
en los libros de Números y de Job, como un obediente sirviente
de Dios. Un mensajero o ángel, miembro del ejército
de la real corte de Dios.
Pero Satán pasa por convertirse de hijo de Dios al enemigo
de Dios.
En la tradición apocalíptica, en la que cabe incluir
el Libro de los Jubileos y otros manuscritos del Mar Muerto, la
separación entre Dios y el Diablo es ya plena: el mala’k
es ya por entero independiente del Dios mismo. Nos encontramos ahora
con el Señor de la Luz y el Príncipe de las Tinieblas
autónomos y enfrentados. (Fernández, 2004).
Las sectas apocalípticas como la esenia o la cristiana
construyen un discurso ideológico en el que aquellos judíos
que no pertenecen a su facción, son no sólo sus enemigos,
sino también los adversarios de Dios.
Estos grupos radicales comienzan a utilizar el calificativo de
Satán para caracterizar a los judíos que se oponen
a ellos. Para algunos autores, como la doctora Pagels, los esenios,
al igual que otros grupos radicales, concibieron el conflicto interno
entre ellos y los asmoneos (la familia judía que controlaba
el ejercicio del sacerdocio oficial judío) como la lucha
entre los aliados de Dios (los esenios y los ángeles de la
luz) contra sus enemigos, los seguidores de Satán, el Príncipe
de las Tinieblas, el antagonista de Dios. Toda su literatura mística
sería una justificación de su lucha material intestina.
Invocan las imágenes de una guerra cósmica que divide
el universo en su totalidad. De hecho, las barricadas solo tienen
dos lados, o estás de mi lado o en contra de mí.
Observamos muy nítida la influencia irania: Los esenios
prosiguen el mito del combate indoiranio, con las dos fuerzas cósmicas
rivales, la del bien y la del mal. Esos devotos y apasionados sectarios
vivieron la ocupación de Palestina (y la adaptación
de la mayoría de los judíos a esta ocupación)
como la evidencia de que las fuerzas del mal estaban invadiendo
el mundo, y empezaron a pregonar su mensaje de la llegada de Dios
a la tierra para hacer frente a las fuerzas del mal.
Los libros apocalípticos, que en la literatura oriental
son muy abundantes, se escribieron ante todo durante las terribles
persecuciones que la autoridad estatal ordenó contra Israel
o contra la Iglesia; también en tiempos de guerras, que nunca
faltaron entre palestinos y sirios, israelitas, judíos y
persas, por no citar más ejemplos. Estas obras se empezaron
a popularizar desde el tiempo de los asmoneos (166-160 a.C.) y siguieron
publicándose durante varios siglos entre las sociedades eclécticas
del hebraísmo, siendo sus autores muchos de entre sus miembros.
Mediante visiones, sueños y alucinaciones que atribuían
a los antiguos patriarcas, profetas y ángeles, se justificaban
los senderos de Dios ante el pueblo hundido en toda clase de padecimientos
y desastres. El autor vidente es, en estos libros, a menudo transportado
al Cielo y desde allí asiste, en una perspectiva divina (esotérica
en realidad) al desarrollo de los sucesos terrenales.
A Israel se le juzga por sus pecados, pero todo apocalipsis afirma
que después del juicio universal habrá liberación
para los justos y aniquilación para los malvados y tiranos;
finalmente llegará la era Mesiánica, es decir la Edad
de Oro bíblica.
Con su libro, el autor de este Apocalipsis se propuso sostener
la fe de los perseguidos y oprimidos, y para ello explica el sentido
sobrenatural de la persecución que padecen; anuncia el final
desastroso que espera al perseguidor, como un signo de esperanza,
y promete la verdadera felicidad a los que perseveren en la fe (Giménez,
2003:12).
A partir de la aparición en el último cuarto del
siglo I d.C., entre los mencionados grupos extremistas, de doctrinas
apocalípticas, donde el bien y el mal luchan continuamente
en el mundo, se introdujeron cambios significativos en el antiguo
monoteísmo hebreo. Dichos grupos se consideraban a si mismos
como hijos de la luz, luchando contra sus enemigos, calificados
como hijos de las tinieblas (Pagels 1995:47,179).
Se creían los ‘elegidos’, los ‘hombres
de la nueva alianza’, ‘los hijos de la luz’, los
únicos predestinados para ser salvados en la catástrofe
que se avecinaba [...]. Esperaban con mucha mayor ansiedad el final
de los tiempos, y sostenían que habría de ocurrir
de inmediato (Piñero, 2002:42).
Ese mismo pensamiento de corte etnocentrista, según Elaine
Pagels, caracterizó la visión de los cuatro evangelistas,
al catalogar como hijos de Satanás a los diversos grupos
que cada uno de ellos identificó como sus oponentes. Todos
los adversarios de los cristianos son sistemáticamente diabolizados,
siguiendo el método esenio.
Que las primeras comunidades cristianas pertenecen a esos medios
sectarios judíos es demasiado evidente. La omnipresencia
del diablo, cuando éste último está prácticamente
ausente de los textos canónicos del Antiguo Testamento, es
la prueba más segura. Este personaje, hasta entonces extremadamente
discreto y atado en corto, sale a primer plano: el Nuevo Testamento
lo menciona cerca de 200 veces, en una cantidad ingente de veces
como Demonio, Satán, Diablo, y otras como Bestia, Dragón,
o Belzebú. En los Evangelios se le otorga al término
un carácter personal de enemigo de Cristo, y podemos verlo
en los relatos de las tentaciones (Mc. 1:12-13; Mt. 4:1-11; Lc.
4:1-13) y en los exorcismos llevados a cabo por Jesús (Mc.
3:22-26; Mt. 12:22-30; Lc. 11:14-23).
En el Apocalipsis se le nombra 17 veces como Dragón, 10
veces como Satán, 4 como Serpiente y otras 4 como Diablo,
3 como Demonio, y una como Príncipe del Hades, Fuerza del
Mal, Ángel del Abismo y Bestia que sube del Abismo.
Mientras el Nuevo Testamento, fruto de las sectas judías
disidentes, da mucha importancia al Diablo, los judíos se
mueven en otra dirección. La enseñanza de los rabinos
en el Talmud rechaza el dualismo y explica el mal como resultado
del estado imperfecto de la creación del mundo o del uso
indebido de la libre voluntad humana, y no como resultado de las
maquinaciones de un enemigo cósmico de Dios. Rechaza la personificación
de las fuerzas del mal y prefiere hablar del Diablo como de un símbolo
de las tendencias del mal en la humanidad. De acuerdo con la enseñanza
rabínica, en el ser humano habitan dos espíritus antagónicos:
uno es la tendencia hacia el bien y el otro la tendencia hacia el
mal. Dios creó las dos tendencias, pero Él dio a la
humanidad la Torah para vencer el mal siguiendo la Ley. Los rabinos
rechazan la tradición de la rebelión de los ángeles,
pues los ángeles no tienen esta doble tendencia y no pueden
pecar, y ni tan siquiera identifican a Satán con la Serpiente
del Génesis.
Posteriormente en la Patrística, no vemos grandes especulaciones
acerca de esta entidad. En la Patrística griega, para Orígenes,
Satán queda conformado como el ángel rebelde a Dios,
que incita a otros ángeles a seguirle en esa rebelión
ante la autoridad suprema. Sin embargo, gracias a la idea de la
apocatástasis, el regreso a la extracción original,
el restablecimiento de las condiciones originales, incluso Satán
volverá a Dios. Orígenes mantiene contra los gnósticos
que el mal es ausencia de bien y que finalmente éste lo volverá
a llenar todo: Nadie que no haya comprendido la verdad del llamado
Diablo y de sus ángeles, y de quién era antes de convertirse
en Diablo y cómo se convirtió en tal, podrá
conocer el origen del mal.
Por lo que respecta a la Patrística latina, Tertuliano
obra como los qumranitas: a todo aquello que se opone a sus principios
le atribuye un origen satánico. Lactancio afirmará
algo diferente, que Satán es el hermano menor de Jesús
(recuperando la dualidad indo-irania de los gemelos Spenta Manyu
y Ahra Manyu), que ha encaminado su poder hacia la malignidad motivado
por el pecado de la envidia.
Será San Agustín quien empuje esta figura hasta
su consolidación y formulación medieval tal y como
la conocemos actualmente, con una serie de ideas que improntarán
el constructo de manera determinante, marcando una pauta a seguir
que no se abandonará.
En su obra De Civitate Dei (XI, 9) nos formula el relato
de la rebelión de los ángeles, y como ésta
es anterior a la creación de Adán y Eva, de forma
que el pecado original de la pareja primigenia ya puede tener un
culpable identificable. El círculo se cierra y el constructo
adquiere la solidez catedralicia. A partir de ahora, la serpiente
del Antiguo Testamento es Satán. El Antiguo Testamento, la
Biblia reptiliana heredera de las cosmogonías de combate
orientales, deviene susceptible de una interpretación comprensible
para los emergentes cristianos.
San Agustín dará un paso más y asociará
a Satán con la sexualidad y el mundo tenebroso, define los
demonios con cuerpo de aire y sensibles al fuego, habitantes de
las tinieblas con una sexualidad desenfrenada y aberrante. Nos habla
de demonios íncubos [28]
(masculinos) y súcubos [29]
(femeninos), que copulan con seres humanos para conseguir la perdición
de éstos.
San Agustín conformará la idea actual que se posee
de Satán, criatura de Dios que pecó contra él
fruto de su orgullo y de la envidia que sintió del hombre.
Optando libremente por el mal, pero formando parte del plan divino
que nos muestra el camino de lo que no debemos hacer.
Satán, el demonio, o el diablo, es inseparable del Dios
judeo-cristiano, surgirá de sus mismas entrañas. Inicialmente
es el resultado de los esfuerzos de determinadas mentes humanas,
en concretos y específicos períodos históricos,
por dar una explicación lógica al problema del mal,
un mal que al alejar progresivamente de su preciado Dios adquiere
autonomía. El Diablo sólo tendrá razón
de ser, y en consecuencia sólo hará acto de presencia,
en el momento en que se afirme la existencia de un Dios único
y bondadoso, al que resultaría contradictorio atribuirle
la responsabilidad del mal. Satán será llamado a cargar
con ella. Satán exculpa a Dios de cualquier responsabilidad
al respecto.
El Yahvé ambivalente del Antiguo Testamento responsable
tanto de los buenos como de los malos acontecimientos dejará
de serlo a medida que se va conformando un nuevo canon religioso.
La nueva secta cristiana necesita de esta reformulación conceptual
para medrar de forma proselitista en su ecosistema religioso. Y
el constructo satánico evoluciona paralelo a la del mismo
Dios.
Dios dejará de castigar y vengar en el Nuevo Testamento,
porque esta tarea va a pasar a ser atributo de este nuevo agente
especializado en el infortunio de los humanos, naciendo así
el chivo expiatorio del cristianismo. Satán se convierte
en el símbolo de la personificación del mal, que llegará
a dar lugar a la justificación por identificación:
puesto que existe el mal, existe Satán.
Y así al lavarle la cara a su Dios, destilaron una sustancia
alcohólica que ha mantenido embriagada a la humanidad durante
siglos....
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| 1 - El ritual y todos los demás
aspectos de las culturas que se proponen mediar entre las fuerzas
y seres ordinarios de un lado y las fuerzas y seres extraordinarios
de otro (Harris, 2004:547). [VOLVER]
2 - Entendiendo por
secta los postulados bajo los que el catedrático de Antropología
Social Joan Prat desarrolla su ensayo El estigma del extraño,
donde el término secta pierde su sentido peyorativo para
plantear que la problemática clave que subyace en el tema
del sectarismo, reside en el conflicto de intereses que enfrenta
a unos grupos hegemónicos con otros minoritarios que se presentan
como alternativas –totales o parciales- a lo que ellos representan.
Vid. Prat Carós, Joan. El estigma del extraño,
un ensayo antropológico sobre sectas religiosas. Editorial
Ariel, Barcelona, 2001. [VOLVER]
3 - Pueblo que habitó la zona meridional
de Mesopotamia tras el período de El Obeid. Con los sumerios
surgió la cultura de Uruk (hacia 3500 a.C.), en el que tuvo
origen la escritura (alfabeto cuneiforme). Fundaron ciudades-estado
(por ej. Uruk, Ur y Lagash). [VOLVER]
4 - Antiguo imperio asiático con capital
en la ciudad del mismo nombre, situada a orillas del río
Éufrates y fundada -probablemente por los acadios- a fines
del tercer milenio a.C. [VOLVER]
5 - Pueblo que se asentó en Fenicia y Palestina
(actuales Israel, Jordania, Líbano y Siria) a principios
del segundo milenio a.C., y que ejerció notable influencia
cultural sobre otros pueblos de la región, hasta el punto
de que la lengua hebrea tiene sus raíces en el idioma de
los cananeos. [VOLVER]
6 - The old enemy. Satan and the combat myth. [VOLVER]
7 - Hacia el 2650 a.C. Gilgamesh rey de Uruk, es
divinizado tras su muerte y entra en la leyenda. Entre el 2330 a.C.
y el 2000 a.C. bajo el primer imperio semita (Sargón el Grande)
y luego III dinastía de Ur, se ponen por escrito las leyendas
sumerias de Gilgamesh.
La epopeya de Gilgamesh, el gran hombre que no quería morir,
Edición de Jean Bottéro, Akal,
Madrid, 2004 [VOLVER]
8 - Enki.du significa en sumerio, criatura de Enki,
el dios más inteligente, el demiurgo, al que los acadios
denominaban Ea (Bottéro, 2004:30). [VOLVER]
9 - La región de las coníferas la
tutela Huwawa, un ser formidable, especie de monstruo, medio humano,
medio divino, armado con los siete fulgores sobrenaturales, capaces
de aterrorizar y alejar a cualquiera (Bottéro, 2004:30) [VOLVER]
10 - Utnapishtim dijo a Gilgamesh que seria inmortal
después de que los dioses enviaran un diluvio que acabaría
con toda la humanidad. Advertido por el dios Enki, Utnapishtim construyó
un arca para salvarse a sí mismo y a su familia (Wilkinson,
2003:21). [VOLVER]
11 - Los dioses sumerios cuyos nombres y mitología
variaban según la ciudad, eran básicamente elementos
de la naturaleza divinizados: el sol, la luna, el viento, los alimentos
o la cosecha. Por ejemplo Enlil, el ‘señor viento’
que enviaba vientos húmedos de primavera para la siembra,
era el dios de la azada. Vivía en el templo de Nippur, pero
la ciudad era el hogar de su hijo Ninurta, ‘señor del
arado’ (Smart, 2000:98). [VOLVER]
12 - A mediados del segundo milenio a.C. el dominio
Babilónico entroniza a Marduk como dios principal en la cosmogonía
mesopotámica, y esto queda recogido en el poema llamado Enuma
Elis (Cuando en lo alto), pues estas son las palabras en acadio
con las que empieza esta obra destinada a glorificar el dios Marduk.
Elíade, Mircea, Historia de las creencias
y de las ideas religiosas. [VOLVER]
13 - El reino de Asiria estuvo situado en la cuenca
central del río Tigris. Sus capitales fueron Assur, Kalah
y Nínive. Los asirios formaron un poderoso imperio entre
los s. XIII y VII a.C., cuando fueron arrasados por los medos. [VOLVER]
14 - En sus orígenes había sido
el modesto dios de la Babilonia primitiva, hijo mayor de Ea, y en
los principios representaba la acción fecundante de las aguas.
Fue ascendido de categoría conforme se engrandecía
Babilonia. El rey Hammurabi trabajó para elevar a Marduk
al puesto supremo. Como no podía arruinar el prestigio milenario
de Anu, hubo que inventar una historia que justificara el cambio:
las fuerzas ciegas y monstruosas de Tiamat amenazaban a los dioses,
pero ninguno de ellos, ni Anu, ni Ea, se atrevieron a combatirle.
Sólo osó hacerlo Marduk, que en la asamblea de dioses
anterior al combate les exigió que si salía victorioso
le concederían el poder supremo y la dirección de
los destinos universales (Cid, 2003:150). [VOLVER]
15 - La diosa Tiamat era el océano salado
y representaba al caos antes de la creación. Las otras divinidades
mesopotámicas fueron creadas cuando ella vivía con
su consorte Apu, dios de las aguas frías. Durante algún
tiempo los dioses vivieron en paz. Una vez hubo una guerra, y Tiamat
fue asesinada por su hijo Marduk. La mitad de su cuerpo se convirtió
en el cielo y la otra mitad en la tierra (Wilkinson,
2003:20). [VOLVER]
16 - Muy raros en la Biblia hebrea, los escasos
que aparecen lo hacen en narrativas bíblicas muy tempranas
como el Yahwist, y en el Libro de Daniel o el apócrifo del
etíope Enoc, y lo hacen llevando la impronta del mazdeísmo.
Gustav Davison en su Dictionary of Angels, 1967
estableció el proceso histórico de la transmisión
de la herencia mesiánica y angeológica del Zoroastrismo
al Judaísmo, la Cristiandad y el Islam. Norman Cohn (1993)
ha ratificado el origen babilónico de los nombres de los
ángeles, y la dependencia de doctrinas iraníes que
inspiran las ideas acerca de la naturaleza malvada de los ángeles
caídos. [VOLVER]
17 - El término Baal significa ‘señor’,
y era el título otorgado a los dioses locales en muchas ciudades
del oriente asiático. Su forma más conocida es Baal-Hadad,
el dios cananeo del trueno y la fertilidad. Baal luchó contra
el monstruo acuático Yam, y su victoria demostró que
tenía el control sobre las lluvias otorgadoras de vida (Wilkinson,
2003:20). [VOLVER]
18 - El enemigo de Baal, era el dios de la muerte
y estaba asociado con la esterilidad y la sequía. Según
la leyenda, los dos dioses lucharon cruentamente, y el dios del
trueno pareció ser derrotado. Milagrosamente, Baal resucitó
al volver las lluvias tras la época de sequía (Wilkinson,
2003:20). [VOLVER]
19 - Dios del mar, hará la guerra a su
hermano Baal al no aceptar su domino, igual que su otro hermano
Mot (la muerte) que viene del desierto (Forcano,
2004). [VOLVER]
20 - Algunos autores como Minois lo colocan en
el año 600 a.C. otros como Cervelló hacen uso de una
fecha más simbólica el 1000 c.C. al considerarlo mucho
más antiguo, pero sin posibilidad de establecer una fecha
más concreta. Otros como Alemany lo sitúan entre el
1500 y el 1300 a.C., antes de la llegada de los iranios al propio
Irán. [VOLVER]
21 - Dios de la oscuridad, la muerte y el mal.
Ahra Manyu producía numerosas tormentas, plagas y monstruos
durante su lucha contra Ahura Mazda. Los zoroástricos enseñaban
que Ahra Manyu era necesario, porque sólo se puede entender
el bien si también existe el mal (Wilkinson,
2003:21). [VOLVER]
22 - Yasna [Y] ‘Sacrificio’ (x 72
haiti); Y 28-53 = gata ‘Cantos’ (Alemany,
2004). [VOLVER]
23 - Del griego Kosmos, significa orden y está
en oposición al caos (Khaos), el abismo. [VOLVER]
24 - Mitra, originariamente un dios solar, de
la luz y del fuego, derivado de los fenómenos del astro del
día, al que se suponía en lucha con un toro que representaba
las fuerzas del mal (Cid, 2003:180). [VOLVER]
25 - Del griego apokryphos, oculto, secreto. Referencia
todo libro atribuido a autor sagrado que no está declarado
canónico. [VOLVER]
26 - La idea de Dios entre los semitas se expresa
por ‘Ilu’ en acadio, ‘El’ en hebreo, ‘Elah’
y ‘El’ en arameo, ‘Il’, ‘El’
o ‘Elohim’ en cananeo (Cid, 2003:146).
Elohim es un plural que significa Dioses, los rabinos lo solucionan
hablando de las múltiples facetas de Dios (Forcano,
2004). [VOLVER]
27 - Término griego que significa mensajero,
visitante. [VOLVER]
28 - Del latín incubum, el que se acuesta
sobre alguien. Espíritu, diablo o demonio que, bajo la apariencia
de varón, tiene relaciones sexuales con una mujer. [VOLVER]
29 - Demonio o espíritu con apariencia de
mujer que, según la tradición, seduce a los hombres
durante su sueño. [VOLVER]
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