| Junto al rumor de la multitud, se oye
el zumbido incesante del helicóptero. De repente, un pequeño
grupo que marcha junto a la banda de música, levanta sus
manos al viento y empieza a agitarlas. Cantan a coro: “¡Ito,
ito, ito, que caiga el pajarito!” El lema se extiende y el
volumen se intensifica hasta confundirse con el sonido estridente
de los tambores. La gente baila, mostrando el dedo anular al cielo.
Al rato, vuelve el murmullo y cesa el repicar del bombo. Todo se
calma. De nuevo se escucha el to-to-to-to-to-to de la hélice
que gira. El río humano desemboca en la plaza. Un numeroso
grupo de jóvenes disfrazados de indio, con sus plumas y sus
lanzas, se acerca a las cámaras de televisión apostadas
en una esquina del recinto. Corean: “¡Y luego diréis
que somos cinco o seis!” Algunos cláxones suenan a
lo lejos mientras un hombre de mediana edad se dispone a hablar
por el megáfono... Esta secuencia podría estar sacada
al azar, de entre los centenares de manifestaciones reivindicativas
que se han sucedido en Barcelona en los últimos años.
Hoy, en la ciudad, salir a la calle y manifestarse es ya un ritual
cívico tan habitual que forma parte indisociable de la tradición.
Más que un derecho es un hábito. De hecho hay pocas
cosas que resulten tan arraigadas entre sus habitantes como la costumbre
de salir de casa a manifestarse por algún motivo. La historia
forjó esa tendencia y la memoria colectiva así lo
atestigua.
La recurrencia con la que los barceloneses se manifiestan es un
caso poco común, comparable tal vez a México DF. Mirando
más allá, podemos ver que las marchas reivindicativas,
entendidas como una modalidad de acción colectiva estereotipada
y recurrente, constituyen una herramienta fundamental de la vida
política pública en las sociedades contemporáneas.[1]
Son momentos intensos, de ruptura, en los que personas individuales
y anónimas pactan constituir una unidad, efímera y
poderosa, para hablar por sí mismas.
¿Cómo suenan hoy las manifestaciones, cómo
han sonado a lo largo del tiempo? Es una de las preguntas que aquí
nos formulamos.
Estamos ante una expresión de la cultura popular que nació
en Europa a mediados del siglo XIX, y que hoy, como ayer, es equiparable
formalmente a otros sistemas expresivos como las fiestas populares
en la calle: pasacalles, procesiones religiosas o explosiones de
euforia colectiva como las que se registran cuando se celebra una
victoria deportiva.
El parentesco entre las procesiones solemnes de la liturgia católica,
los desfiles carnavalescos y las marchas reivindicativas es muy
estrecho. Siguiendo a Kaplan: “Nadie en la Barcelona de finales
del siglo XIX se hubiese cuestionado ni por un instante la importancia
de los rituales y las ceremonias. (…) Cada mes había
un montón de celebraciones religiosas y no había grupo
político que no organizase sus propias festividades. Pero
¿qué significaron en realidad todos esos eventos comunitarios?
De hecho, antes de la radio y la televisión, los rituales
callejeros eran el principal medio para comunicar ideas. Marchas
de uno u otro color político proporcionaban un cuadro visual
de las diferentes perspectivas de orden social en juego y eran,
como mínimo, tan persuasivas como cualquier otra forma de
debate. Las demostraciones de masas mostraban una comunidad compartiendo
determinados valores. Reafirmaban a los participantes en sus propias
fuerzas e intimidaban a sus oponentes.” (Kaplan
2003: 35).
Desde un punto de vista simbólico y formal, la frontera
entre fiesta y manifestación es muchas veces difusa. Vale
como muestra la definición usada por Honorio Velasco para
hablar de las fiestas populares: “Las gentes ocupan los espacios
comunes y allí, al amparo de sus símbolos, materializan
su identidad social. La fiesta es un contexto complejo en el que
tiene lugar una intensa interacción social, un conjunto de
actividades y rituales, una profusa transmisión de mensajes,
algunos trascendentes, otros no tanto y un desempeño de roles
particulares que no se ejercen en ningún otro momento de
la vida comunitaria. Todo parece ser susceptible de una carga afectiva,
de una tonalidad emocional, de forma que la gente y su acción
social parecen encontrarse para crear un ambiente inconfundible,
un ambiente de fiesta” (Velasco 1982:
8).
¿Cuál es entonces el rasgo distintivo entre una
y otra? A diferencia de las fiestas, las manifestaciones dicen,
reclaman explícitamente. Expresan a través de una
batería de mensajes, una reivindicación concreta.
En la fiesta somos parte de una comunidad. En las manifestaciones
somos y además queremos. Interpelamos al
poder pidiendo que termine una guerra, que baje el precio del pan,
que los homosexuales no se puedan casar, que los homosexuales se
puedan casar, que liberen a los compañeros presos…
Las manifestaciones, manis en el argot de los ya iniciados,
constituyen —como las fiestas callejeras— un momento
efímero de ruptura con el ritmo cotidiano de la ciudad. Una
irrupción ritualizada de cuerpos, moviéndose unidos
y ocupando tumultuosamente el espacio público. Una suma heterogénea
de individuos que han pactado tácitamente desfilar, gesticular,
gritar, detenerse, hacer ruido, sentarse en el suelo, aplaudir o
arrasar un McDonald’s, con el fin de mostrarse, cuerpo a cuerpo,
ante el resto de los ciudadanos y ante los poderes instituidos.
Cuerpo a cuerpo y en la calle. En efecto, es en la trama urbana,
en sus esquinas, plazas o avenidas, donde la movilización
se hace visible. Entonces, nuevos usos, imágenes y sonidos
se apropian del espacio. La ciudad geométrica del mapa, la
nitidez de sus aceras, edificios y monumentos, es literalmente usurpada,
interrumpida por grupos que se han organizado para trastornar su
ritmo ordinario, celebrando, reclamando o defendiendo alguna cosa.
La rutinaria cadencia del día a día en las arterias
de la urbe, se transforma radicalmente. El transeúnte debe
cambiar de trayecto. Los automóviles son expulsados del asfalto
y el mobiliario urbano deja de cumplir las funciones que se le han
asignado. El rumor, el murmullo de la multitud caminando junta se
impone al ruido de los coches y de las obras. Los semáforos
siguen cambiando de rojo a verde y de verde a rojo, pero ya nadie
los tiene en cuenta.
Irrupciones sonoras
En tanto que usos extraordinarios del espacio público,
las manifestaciones rompen el ritmo de la vida ordinaria en la calle,
alterando significativamente el paisaje sonoro en los lugares dónde
se desarrollan. Construyen una gramática y una acústica
propia, bien reconocible, que irrumpe en el medio cotidiano, imponiéndose
al resto de los elementos que configuran el paisaje sonoro habitual.
La diversidad de recursos sonoros que cada una de las movilizaciones
ofrece, es, en la mayoría de los casos, uno de los principales
elementos de identificación colectiva entre los individuos
participantes y aporta informaciones fundamentales sobre el carácter
específico del acontecimiento. Los mensajes que se emiten
constituyen una parte esencial del ritual. Sin la potencia del reclamar
declamando, la mayoría de las movilizaciones quedarían
despojadas de su carácter reivindicativo. Los mensajes están
dirigidos a múltiples receptores. Algunos apelan al resto
del grupo, otros a los eventuales espectadores, otros a los medios
de comunicación, otros directamente al poder.
En el transcurso de la manifestación el aire se llena de
voces, gritos, eslóganes, canciones, alocuciones, aplausos,
pitos o músicas. En la mayoría de los casos, la diversidad
e intensidad de los mensajes que se emiten, son el termómetro
con el que se mide la temperatura ambiente de la movilización
y se valora su éxito. Corear eslóganes, por ejemplo,
es una de las prácticas más comunes.
El eslogan posee tal carga simbólica y expresiva, que muchas
veces se erige en el recuerdo más vivo que los participantes
tienen de ese salir a la calle. Se trata de una de las herramientas
sonoras más utilizadas históricamente en las marchas
ciudadanas y constituye uno de los pilares de su potencia declamatoria.
Las consignas coreadas expresan una síntesis radical de los
motivos que generan la reivindicación y sus ecos perduran
en la memoria colectiva, a veces como símbolo de periodos
enteros. Tal vez por que constituyen un recurso formal de primer
orden, simple, directo y redundante, a través del cual el
grupo se une y se presenta a sí mismo, literalmente, como
una sola voz.
La transformación escenográfica del medio cotidiano
no acaba en el repertorio de mensajes que emiten los manifestantes
con finalidades precisas. El rumor, el murmullo que se oye en cualquier
aglomeración humana fruto de las incontables interacciones,
es otro de los rasgos acústicos distintivos de las movilizaciones
ciudadanas. Además, hay elementos como los sonidos que se
generan en situaciones de disturbios o los que se desprenden de
las cargas policiales y estrategias afines de vigilancia y control,
como el ya citado helicóptero o las sirenas de los coches-patrulla.
Otros recursos bien conocidos como el canto emblemático,
han sido durante mucho tiempo los indiscutibles protagonistas del
paisaje sonoro de las manifestaciones. Los discursos, los coros,
las bandas musicales, las orquestas y en general, los instrumentos
musicales, han ocupado también un espacio significativo.
Sin embargo, en los últimos años, nuevos elementos,
surgidos de las transformaciones que ha generado en la vida social
la llamada “revolución tecnológica” parecen
estar desplazando aquellas prácticas a un segundo plano.
Grandes camiones dotados de fabulosos equipos de sonido, disc-jockeys
armados de ordenadores portátiles capaces de generar y reproducir
un sin fin de ritmos y efectos, han aparecido en la escena reivindicativa.
¿Cómo son los paisajes sonoros que las movilizaciones
ciudadanas han ido dibujando a lo largo del tiempo en Barcelona?
¿Cómo han ido modificándose esos paisajes?
A viva voz
“Volvió a hacer uso de la palabra el señor
Quejido (dirigente socialista) recomendando otra vez el orden, y
diciendo que había quien trataba de producir disturbios para
deslucir el acto imponente que celebraban los obreros barceloneses
y quitarle la importancia que sin duda tenía. Se extendió
después en consideraciones acerca de la trascendencia que
tendría seguramente la manifestación si se verificaba
con el orden con que se realizan esta clase de actos en los pueblos
cultos”.[2]
La cita corresponde a un discurso pronunciado en el Teatro Tívoli,
antes de la manifestación. Era el 1 de mayo de 1890, y la
clase trabajadora celebraba por primera vez la que con el tiempo
se convertiría en su fecha emblemática.
Nadie creía que aquella multitud fuese a llevar a cabo
su acción pacíficamente y la idea de ver marchar por
el centro de la ciudad a tantos obreros juntos atemorizaba a muchos
ciudadanos. De ahí los continuos esfuerzos de los convocantes
llamando al orden. Finalmente la manifestación transcurrió
sin incidentes, y la presencia de mujeres y niños vestidos
de domingo, dio a la marcha el aspecto de una celebración
como cualquier otra. En aquel tiempo, una manifestación política
en la calle que se desarrollase de forma cívica y ordenada
era una novedad. Sin embargo, no todos los obreros compartían
la misma estrategia política. Los anarquistas eran partidarios
de usar la huelga general indefinida para conseguir sus objetivos
y rechazaban este tipo de desfiles por considerarlos una “especie
de rutina consentida por burgueses y autoridades”.
Por aquel entonces, la imagen más común de las multitudes
organizando acciones reivindicativas evocaba escenas de disturbios,
sangre y fuego. Barcelona vivía una situación de continua
conflictividad política, y las acciones violentas eran frecuentes.
Echarse a la calle a protestar implicaba casi siempre la construcción
de barricadas, el saqueo, el incendio y el enfrentamiento con militares
y policías. Cuando las autoridades tomaban represalias, los
cañonazos desde el castillo de Montjuïc indicaban el
inicio del estado de sitio. No era extraño escuchar el sonido
de las detonaciones de bombas, pistolas y fusiles. El ruido de las
piedras contra los cristales de los transportes públicos,
el repiqueteo de los cascos de los caballos en las cargas, o el
silbido de los sables, formaban parte del ambiente sonoro habitual
durante las movilizaciones. Algunos episodios son bien conocidos,
como las huelgas generales de 1902 y 1917 o la denominada Semana
Trágica en 1909.
En toda Europa, la burguesía vivía atemorizada ante
las cada vez más frecuentes muestras de fuerza obrera en
el espacio público. Un articulista francés, a finales
del siglo XIX, resumía el temor que las primeras marchas
provocaban: “Las manifestaciones van a volverse frecuentes:
se llama así a los paseos por la ciudad de una multitud considerable
de obreros y de delegados de clubs marchando con música y
banderas a la cabeza, normalmente en perfecto orden y con el fin
de expresar un deseo, sea al alcalde de turno, sea al delegado gubernamental.
Estas demostraciones son pacíficas, pero crean una profunda
inquietud en la población, hacen imposible la vuelta de la
confianza y el crédito y son además por sí
mismas un síntoma inequívoco de anarquía. Mientras
estén permitidas no habrá orden público”
(Robert 1990)
Así, durante las primeras décadas del siglo XX,
se va desarrollando y consolidando un modelo de manifestación
política que tiene como eje el rito deambulatorio. A partir
de entonces, las ocupaciones tumultuosas y lesivas del espacio público,
coexistirán con desfiles organizados y ordenados, donde se
fijarán las formas y convencionalismos, que, a grandes rasgos
han pervivido hasta el presente. La manifestación, tal y
como hoy la conocemos, va tomando forma durante aquellos años.
Este tipo de marchas representan lo que Duvignaud ha llamado “la
ilusión de la revuelta”, en la medida en que son “desfiles
políticos que siempre demuestran una capitulación
ante el orden” (Duvignaud 1982: 140)
Un ejemplo extremo de este proceso de domesticación de
las movilizaciones reivindicativas es la recomendación que
se podía leer en distintos periódicos de la ciudad
durante los días previos a la manifestación a favor
de la Mancomunitat de Catalunya, que se celebró el 24 de
octubre de 1913: “Manifestants. Per al bon ordre de la manifestació
i èxit de l’expressió de la voluntat de Catalunya.
No crideu: no canteu himnes, no dongueu visques, que l’unica
veu d’entusiasme siguin els vostres aplaudiments”
Sin embargo, en estas primeras manifestaciones ciudadanas, cantar
era una de las prácticas más extendidas. El himno,
cantado a viva voz, fue casi siempre el recurso sonoro más
utilizado. Si durante el siglo XIX las canciones emblemáticas
más populares fueron “La Campana”,[3]
“El Xirivit”[4]
o “La Marsellesa”,[5]
durante las primeras décadas del siglo XX los himnos más
entonados son “La Internacional”,[6]
“Els Segadors”[7]
e “Hijo del pueblo”. [8]
Las canciones, coreadas por la multitud, tienen como objetivo
fomentar una cierta unidad emocional, cohesionar y autoidentificar
al grupo. Constituyen lo que Ayats ha llamado “su imagen sonora”.
(Ayats 1998). El himno apela a los sentimientos
más profundos y recrea, en cierto modo, un universo mítico,
poblado de héroes, que sirve para propagar unos determinados
ideales. Es una síntesis de los valores del grupo y una expresión
poética de sus deseos. Cantarlo se convierte en un momento
de solemne comunión con los demás que llama a la acción.
Como dice Stefan Zweig hablando de "La Marsellesa", la
canción emblemática “no está pensada
para unos oyentes que disfruten de ella cómoda e indiferentemente
sentados, sino para quienes fueran sus cómplices, para los
combatientes. La ejemplar marcha, ese himno triunfal, esa canción
de muerte, ese canto a la patria, el himno nacional de todo un pueblo,
no es para que lo cante una soprano o un tenor sin acompañamiento,
sino para las miles de gargantas de toda una masa” (Zweig
2002: 130).
El discurso, pronunciado primero a viva voz, y más adelante
con la ayuda de micrófonos y sistemas de amplificación,
fue otra de las expresiones sonoras más habituales. En una
época donde no había excesivos momentos para la diversión,
eran especialmente valorados aquellos oradores capaces de trenzar
alegatos brillantes y largos, adornarlos con la riqueza de los gestos
y tejer complicidades con el auditorio. Era la ocasión para
el lucimiento personal de los representantes, siempre que fueran
capaces de entretener y estimular a la concurrencia.
Durante esta primera etapa, también fueron incorporándose
paulatinamente nuevos elementos sonoros significativos como los
coros o las orquestas. Cuentan que durante el entierro de Durruti,
el 22 de noviembre de 1936, que derivó en una auténtica
manifestación de adhesión a la causa anarquista: “Se
entonó el himno anarquista “Hijo del pueblo”.
Fue un momento conmovedor. Pero, por descuido, se había avisado
a dos bandas; una tocaba en sordina, la otra con todas sus fuerzas,
y no consiguieron mantener el mismo compás. Las motocicletas
hacían mucho ruido, los automóviles tocaban el claxon...
Las bandas tocaban una y otra vez el mismo himno; los tocaban sin
ponerse de acuerdo y los sonidos se entremezclaban en una música
sin melodía… finalmente música y saludos terminaron.
Sólo se oía el murmullo de la muchedumbre” (Kaminski
2002: 55).
Fran-có, Fran-có, Fran-có / Ca-bró,
Ca-bró, Ca-bró
Ese era uno de los gritos lanzados por mucha gente que salió
a la calle —temiendo las posibles represalias— a saludar
a las tropas nacionales que desfilaban victoriosas por Barcelona,
el 26 de enero de 1939. Confundidos entre una multitud fervorosa,
expresaban su sentimiento sin que el significado de su cántico
se pudiese percibir con claridad.
Tras el final de la Guerra Civil, el paisaje en la calle se modificó
por completo. En general, se hizo el silencio, se aplastaron los
focos de posible conflictividad y se acalló cualquier expresión
popular no orientada a mostrar su adhesión al Caudillo. La
Brigada Político-Social impuso su ley.
Las doctrinas e intenciones del nuevo régimen resonaban
en las voces paternales de los curas, que daban misas públicas
en las plazas para “purificar la ciudad”. En poco tiempo,
las procesiones religiosas y los actos de bienvenida a las personalidades
que el franquismo quería promocionar, se convirtieron en
los principales acontecimientos en los que el espacio público
se usaba de forma no habitual. También se promovieron las
fiestas populares vinculadas al ciclo católico.
Fuera de estos tres ámbitos, hubo muy pocas manifestaciones
ciudadanas. Una de las más sonadas tuvo lugar en diciembre
de 1946, en contra de la recién creada Organización
de Naciones Unidas y en defensa de la figura de Franco, debilitada
tras la derrota de los fascistas en la Segunda Guerra Mundial. Miles
de personas desfilaron en perfecto orden entre el Passeig de Gràcia
y Capitanía General exhibiendo centenares de pancartas y
profiriendo gritos como “¡España para los
españoles!”, “¡Viva España!”
o “¡Viva Franco!”. El eslogan más
coreado fue “¡Franco sí, comunismo no!”.
Acabada la marcha, los asistentes se congregaron ante los balcones
de Capitanía a escuchar los enardecidos discursos de las
autoridades locales y responder con vivas igualmente encendidos
a los machacones eslóganes con los que se reclamaba adhesión
incondicional desde los micrófonos.
Los lemas “¡Viva Franco!” y “¡Arriba
España!”, proferidos y coreados, se repetían
con pequeñas variaciones en la gran mayoría de los
actos públicos que se celebraban. También se puso
en circulación un amplio repertorio de canciones emblemáticas,
entre las que cabe destacar el himno falangista "Cara al sol".[9]
A la sombra de una cotidianidad controlada por mecanismos de vigilancia
policial y sometida a una severa fiscalización política
e ideológica, la resistencia antifranquista aprendió
a hacer del sigilo y la sorpresa sus principales armas para intervenir
en la calle. Aparecían en el momento menos esperado, para
desvanecerse luego inmediatamente. Sus acciones, descritas en una
metáfora preciosa como un relámpago en el agua
(Delgado 2003), se desarrollaban en
un mundo paralelo de movimientos, encuentros y estrategias que requerían
la máxima reserva. Fueron años de silencio, disfraz
y secreto, en los que pasar desapercibido era un factor esencial
para burlar la cárcel o la muerte.
Hubo excepciones. En los primeros meses de 1951, la lucha contra
el régimen vivió uno de sus momentos culminantes.
La llamada Huelga de Tranvías colapsó la ciudad durante
varias jornadas y puso en jaque a sus mandatarios. Fue una revuelta
casi siempre silenciosa, muy prolífica en octavillas, pasquines
y pintadas, en la que los ciudadanos se negaron a subir a los tranvías
por el anuncio del aumento del precio del billete. Simplemente caminar
se convirtió en un acto de rebelión. Algunos episodios,
sin embargo, perturbaron la inquietante serenidad de las primeras
noches de marzo. Centenares de hombres enfurecidos, hartos de la
opresión y la miseria, se organizaron para apedrear cuantos
coches de tranvía encontraron a su paso en Gràcia,
L’Eixample, Sants, Horta, Sant Martí, Gran Vía,
Paral•lel y la Barceloneta. El ruido de miles de cristales
rotos ha quedado como uno de los recuerdos más vivos de aquellos
días de agitación.
Aunque el gobernador civil, tras una reunión de urgencia
con los poderes fácticos de la ciudad, anunció la
rebaja de las tarifas a los precios anteriores, el pulso popular
se mantuvo. El 12 de marzo, la primera huelga general contra el
régimen paralizó las principales fábricas y
el pequeño comercio. Hubo altercados por toda la ciudad,
especialmente en la zona del centro. El hotel Ritz fue apedreado
y en la Plaça Sant Jaume, la multitud incendió una
furgoneta ante el Ayuntamiento. De nuevo el sonido del fuego, de
las piedras contra el vidrio y de las gargantas roncas de ira, podía
escucharse en algunas de las zonas emblemáticas de la ciudad.
La huelga duró tres días en los que las calles quedaron
desiertas. Después fueron ocupadas por los militares y se
practicaron cientos de detenciones. Franco ordenó días
más tarde la fulminante destitución del gobernador,
el delegado provincial del sindicato y los jefes de la policía.
Aunque de menor intensidad, durante los años de dictadura,
hubo otros momentos de agitación, relacionados muchas veces
con las reivindicaciones estudiantiles, la conmemoración
del Onze de Setembre o del primero de mayo. Aquí los cantos
emblemáticos prohibidos como "Els Segadors" o "La
Internacional", se erigieron en auténticos símbolos
sonoros de la lucha clandestina. Sólo el hecho de entonarlos
era un acto de subversión duramente castigado. Muchas veces,
las acciones de la resistencia tenían como objetivo la distribución
entre la población de octavillas donde figurasen las letras
enteras de esos himnos, para que se conservasen vivos en la memoria.
Amnistia i llibertat!
Jo vinc d’un silenci
antic i molt llarg
de gent que va alçant-se
des del fons dels segles
de gent que anomenem
classes subalternes,
jo vinc d’un silenci
antic i molt llarg
El 30 de octubre de 1975, Raimon cantaba estos versos en un concierto
en el Palau d’Esports. En un informe de la Brigada Social
se podía leer: “Al acto asistieron unas 10.000 personas
entre hombres y mujeres, en su mayoría jóvenes de
unos 20 o 22 años de edad, muchos de ellos melenudos. Durante
las canciones, tanto al principio como al final de las mismas, cuando
las letras hacían alusión a la lucha sorda, como era
la titulada “Jo vinc d’un silenci”, que hubo de
repetir ante la insistencia del público, que prorrumpía
en aplausos y gritos de “libertad, libertad” y “Fora
l’actual règim”, los espectadores actuaban como
una masa enfurecida.” (Batista y Casas
2003: 276)
Estas y otras canciones popularizadas durante la transición,
como "L’Estaca", "Al vent" o "Què
volen aquesta gent?", surgidas del movimiento que en los años
sesenta se bautizó como Nova Cançó, se convirtieron
en himnos de resistencia democrática ante la dictadura franquista.
Los conciertos eran verdaderos mítines reivindicativos y
en los actos organizados por los partidos de izquierdas, la actuación
de los cantautores era uno de los momentos culminantes. Sus canciones
formaron parte del repertorio clásico de las manifestaciones
durante esta época. Así en la famosa “Diada
del milió”, el 11 de septiembre de 1977, unos altavoces
repartidos por el Passeig de Gràcia reproducían junto
al himno nacional, canciones de Lluís Llach, Raimon, Quico
Pi de la Serra y Ovidi Montllor, entre otros.
Después de la muerte del dictador, sereno y en su cama,
el régimen se debilitó. En un momento de incertidumbre
política, la lucha por el espacio público se convirtió
en uno de los principales campos de batalla. Gracias a las movilizaciones
populares —cuya represión provocó numerosos
muertos— y a pesar de la célebre frase “la calle
es mía”, la calle empezó a dejar de ser de ellos.
La manifestación a favor de la amnistía, el 1 de
febrero de 1976 inaugura una nueva etapa. Aquel día, la presencia
masiva de ciudadanos en la calle desbordó a la policía,
que, dirigida por un omnipresente helicóptero, disolvió
los primeros intentos de reunión. Los congregados no se amedrentaron
y siguieron en pequeños grupos su marcha por todo el Eixample.
Se montaron barricadas cruzando coches y todo tipo de mobiliario
urbano. De fondo, el incesante sonido de las sirenas. Desde las
ventanas y los balcones de las casas se recibía con aplausos
y gritos de ánimo el paso de los manifestantes. Centenares
de vehículos privados se unieron a la protesta, deteniendo
su marcha para dificultar el paso de los jeeps de las unidades antidisturbios.
Los cláxones acompañaban el grito de “Lli-ber-tat,
Am-nis-tía, Es-ta-tut d’Au-to-no-mi-a!”.
Este eslogan, cantado por cientos de miles de personas, se convirtió
en un emblema de aquella época.
Posiblemente sean los eslóganes una de las expresiones sonoras
más emitidas durante las manifestaciones de finales de los
setenta y principios de los ochenta. Empezó a ser frecuente
la imagen de una persona, situada en la cabecera de la marcha que,
megáfono en mano, intentaba promover determinados lemas.
En cierta manera, la presencia del megáfono, de la voz amplificada,
reconduce y dirige los gritos de los asistentes al acto, estableciendo
un cierto control sobre las dinámicas y los tiempos de proferir
los eslóganes.
La expresión sonora de los eslóganes está
vinculada a la imagen que los manifestantes pretenden ofrecer para
alcanzar con éxito su objetivo: la re-presentación
callejera del grupo (Ayats 1998: 1). Así,
los gays gritaban: “Llibertat sexual, Amnistia total!”,
“¡Vosotros, machistas, sois los terroristas!”
o “Entre esos mirones, también hay maricones”.
Las feministas: “Dret al propi cos”, “A
mujer violada, picha cortada” o “Avortament
lliure i gratuït”. Durante las diadas se podía
escuchar: “Sí, sí, llibertat, amnistia total!”,
“Visca Catalunya” o “In-inde-independència”.
En las huelgas del sector metalúrgico: “¡Ea,ea,ea,
la SEAT se cabrea!”, “Es demasiao, es demasiao,
todos los currantes nos hemos juntao”. Y los ecologistas:
“¿Nuclears?, no gràcies” “Eso,
eso, eso, nucleares al Congreso” y “Nucleares,
a la finca de Suárez”.
Por otra parte, los discursos siguen estando muy presentes. Ejemplos
hay muchos, quizás el que ha perdurado más en la memoria
ha sido el pronunciado por Tarradellas desde el balcón de
la Plaça Sant Jaume el día de su retorno. Después
del famoso “Ja soc aquí” sonaron por
megafonía las notas de Els Segadors, y el President, emocionado,
se acercó al micrófono para cantar. La versión
grabada era un poco más rápida que la que entonaba
el presidente y este llegó a perderse. Jordi Pujol, muy cerca
de él, lo ayudó a recuperar el compás del himno.
La eclosión de la street
party
Desde mediados de los años ochenta, las movilizaciones
ciudadanas se han popularizado de tal modo que raro es ver un día
en el que algún grupo no se manifieste en la calle por algún
motivo. En paralelo, y especialmente en los últimos años,
estas prácticas han experimentado un acelerado proceso de
carnavalización.
Sigamos algunos rastros. El domingo 5 de mayo de 1985, cerca de
300.000 personas salieron a manifestarse, convocadas por la Coordinadora
per la Pau i el Desarmament. Una enorme tela con el lema: “Reagan
lo que Reagan, Otan no, Bases fuera. Neutralidad. Referéndum
claro”, encabezaba la marcha.
Durante el trayecto, centenares de “indios”, con plumas,
hachas y pipas, corrían entre la multitud; se sentaban repentinamente
o ejecutaban danzas por la paz, levantando sus manos al cielo y
agitándolas. Decenas de muñecos, hechos con los materiales
más diversos, satirizaban a Reagan, González y a otros
mandatarios. Los cánticos y el ruido de los tambores eran
constantes. Hubo consignas para todos los gustos: “Referéndum
ya”, “Reagan, al cielo, con Franco y con Carrero”,
“Felipe, morritos, a la OTAN, tú solito”, “Felipe,
no te enteras, en la OTAN no hay Casera” y un canto,
coreado por colectivos feministas, que cosechó un enorme
éxito entre la concurrencia: “Que barbaridad, que
fatalidad, la madre de Reagan no pudo abortar”. La marcha
finalizó en la playa de la Barceloneta donde los “indios”
volvieron a danzar y se lanzó al aire un globo con el lema
“Reagan a la luna”, coreado a su vez por los asistentes.
Más recientemente hay otros ejemplos significativos, como
las movilizaciones que tuvieron lugar en marzo de 2002 contra el
Plan Hidrológico Nacional y contra la cumbre de jefes de
estado de la UE.
En el caso de la masiva protesta convocada por el Moviment de
Resistència Global contra la Europa del Capital, el 16 de
marzo, la Via Laietana y el Passeig Colom fueron escenario de una
imponente caravana multicolor. La música de pequeños
sistemas de sonido montados en camiones, el continuo repicar de
los tambores y el sonido de las cacerolas, se combinaban con las
consignas más variopintas, desde “Free Tibet”
hasta “Berlusconi assassí”, pasando
por “Papeles para todos”. En esos días,
las canciones de estrellas del pop como el cantante Manu Chao o
el grupo de fusión Ojos de Brujo, se convirtieron en emblemas
de la protesta. No faltó la ya popularísima batucada,
un recurso sonoro que en los últimos años aporta su
dosis de Carnaval a la gran mayoría de las movilizaciones
que se llevan a cabo.
Como ocurre en muchas otras esferas de la vida social, las manifestaciones
ciudadanas se van festivalizando y espectacularizando, en la medida
en que incorporan cada vez con más frecuencia, tecnologías
expresivas orientadas a aumentar su impacto visual y sonoro.
La potencia declamatoria-reclamatoria que la movilización
genera, —uno de los elementos que permite afirmar que fiesta
y manifestación no son la misma cosa—, se ha ido reduciendo
de forma acelerada, a la vez que la música y la puesta en
escena de alegorías teatralizadas ganan terreno. Hoy, la
música es sin duda la gran protagonista de los desfiles reivindicativos
y su elevado volumen ahoga, casi siempre, la fuerza de las voces.
Un ejemplo claro de esa tendencia podría ser la evolución
formal de la celebración del día del Orgullo Gay.
La proliferación de eslóganes y otros mensajes sonoros
que marcaron los primeros años de marchas, fue disminuyendo
con el tiempo para dar paso a la aparición de grandes carrozas
carnavalescas donde los disc-jockeys marcan el rimo frenético
de las drag queens y otros personajes ataviados con espectaculares
trajes que se exhiben ante la multitud. La presencia de estas grandes
carrozas en el desfile, normalmente patrocinadas por discotecas
y locales de ambiente, generó una enorme polémica
entre los colectivos que conforman el movimiento, hasta que en 2004
se acordó retirarlas.
También en algunas manifestaciones del Primero de mayo,
como el May Day, han ido desarrollándose estrategias escénicas
similares, en las que el sound system —un camión
en el que se instala un equipo de sonido de enorme potencia—
se erige en centro de atención y foco emisor de mensajes.
Uno o varios disc-jockeys se encargan de pinchar música y
lanzar consignas (pregrabadas en CD) a los congregados durante todo
el trayecto. Aquí, colectivos de aire posmoderno pregonan
el “sabotaje contra el capital pasándoselo pipa”
en un ambiente lúdico y colorista que convoca a grupos muy
diversos, unidos por la voluntad de desmarcarse de las marchas “clásicas”
que organizan los sindicatos mayoritarios.
También las raves o las street partys,
ámbitos festivos propios de la cultura juvenil urbana, aportan
muchos de los elementos que están transformando la puesta
en escena de las movilizaciones ciudadanas contemporáneas.
En julio de 1989, con el lema "Friede, Freude, Eierkuchen"
(“En favor de la paz, por la alegría y los crepes”)
nacía oficialmente en Berlín la “Love Parade”.
Unos ciento cincuenta jóvenes encabezados por dos dj’s
de música techno: Dr. Motte y Westbam, realizaban una demostración
“política” consistente en una marcha de cinco
horas, encabezada por un camión, por la avenida principal
de Berlín Occidental. En la manifestación había
música y baile en vez de consignas.
Hoy la Love Parade es un multitudinario desfile con decenas de
camiones en los que destacados dj’s imponen sus ritmos. Las
empresas organizadoras del evento realizan inversiones millonarias.
Este modelo de fiesta reivindicativa se ha convertido en un referente
para muchos países. En los últimos tiempos se han
ido celebrando réplicas en Tel Aviv, Viena, Leeds, Capetown,
Ciudad de México, y otras ciudades como Hong Kong, Nueva
York, Moscú, Barcelona o Santiago de Chile.
[10]
La música electrónica es el eje sonoro de la street
party. Y su emblema. Sintetizada en un ordenador a partir de
la incorporación y combinación de sonidos de todo
tipo: instrumentos tradicionales, ecos de la naturaleza, voces humanas
o ruidos, se hace con la lógica del “copy and paste”,
lo que da como resultado texturas sonoras no habituales. Los disc-jockeys,
creadores de estas bandas sonoras, tienen hoy tanta popularidad
y seguidores como las más famosas estrellas del rock, y generan
éxitos equiparables a los grupos o solistas de la industria
musical.
Estos personajes ofician como nuevos gurús en algunas manifestaciones.
En el transcurso de la celebración, el ritmo repetitivo de
la música se convierte en una herramienta hipnótica
que deja en sus manos el peso emocional de la ceremonia. Van conformándose
nuevos paisajes sonoros, donde la palabra parece ir cediendo paso
al juego del cuerpo, el baile y la música. Los congregados,
siguiendo a los camiones, bailan y bailan durante horas. Como en
una versión actualizada del cuento del flautista de Hamelin.
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