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| Una aproximación antropológica
al arte y la tecnología: la práctica artística
según lo descrito por artistas digitales |
| Neus Claros i Andolz
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| Universitat de Barcelona |
| A modo de introducción |
Este artículo recoge
las líneas esenciales de una investigación, llevada
a cabo entre septiembre de 2002 y mayo de 2003 en Barcelona, cuya
pretensión primera era la de conocer aquellos términos
en que los llamados artistas digitales pudieran definirse
y reconocerse a sí mismos, lo cual suponía igualmente
dilucidar qué nociones de arte y de eso otro que llamamos
nuevas tecnologías manejaban, puesto que ambas,
se aparentaba, convergían en su propia figura, la del artista
digital.
En primer lugar, se halló que aproximarse a la definición
(o definiciones) dominante de arte -y por ende de obra de arte y
de artista- en la tradición occidental podía significar
habérselas con una especie de tautología (el arte
es un tipo de procedimiento y el conjunto de productos resultantes
de la forma de proceder de los artistas; los artistas producen obras
de arte, y las obras de arte son aquello producido por los artistas).
Pese a ello, y tomando en consideración lo concluido por
Alfred Gell (1992; 1998),
trataron de establecerse unos mínimos para acotar la figura
del artista: se entenderá por artista a aquel individuo
que se aplica, mediante particulares procesos y métodos de
trabajo, determinadas habilidades intelectuales y unos específicos
conocimientos técnicos -todo ello en singular e indisoluble
interrelación- en la consecución de un producto -bien
tangible, bien inmaterial- que trata de ejercer alguna influencia
y provocar alguna clase de agencia -pudiendo ser ambas de carácter
muy diverso- en el receptor. Se estimó valiosa la aportación
de Gell (1998) relativa al artefacto
artístico concebido no como un producto acabado y un fin
en sí mismo, sino como la extensión distribuida de
un agente, el artista, cuya agencia se prolonga en la del receptor.
Desde estas páginas, se cree oportuno destacar que el producto
artístico, lejos de ser una expresión individual,
constituye una de colectiva puesto que debe contemplarse como el
resultado de un doble proceso de socialización, si se permite
la expresión: una de origen donde el artista toma del colectivo
(de sus creencias, de sus prácticas, de su trayectoria...)
elementos diversos con los que configura su producto, y otra de
destino donde retorna, reelaborado, al colectivo lo que había
tomado en préstamo, y éste hace determinado uso de
ello.
En segundo lugar, se reconoció como artista digital
a aquél que trabajaba con la Red y/o para la Red, pero se
incluían también individuos que presentaban trabajos
en soportes electrónicos diversos (CD-ROM, DVD, etc.) o instalaciones
fuera del ciberespacio donde intervenía la tecnología
digital [1].
A su vez, por nuevas tecnologías se entendía
la tecnología digital, esa mediada por ordenadores que trabajan
mediante programas informáticos, y también una de
sus principales expresiones: la Red, Internet. [2]
El perfil de la población objeto de estudio es el siguiente:
se recabó información entre nueve artistas, de los
cuales dos de ellos se convirtieron en informantes principales,
poseyendo uno de ellos formación en Bellas Artes y el segundo
en diseño gráfico digital y arte multimedia. Con ellos
se estableció una relación personal y directa: se
emplearon diversas rondas de entrevistas abiertas con el objeto
de que fueran los propios entrevistados quienes fijaran inicialmente
sus puntos de interés, sus inquietudes y sus interpretaciones
en la forma más espontánea y menos mediada por la
entrevistadora que fuera posible, y significó acceder a la
observación de algunos de sus espacios y a las actividades
desarrolladas en ellos (hogares, estudios, ponencias y salas de
exhibición; a sus ordenadores y a sus obras). Los siete artistas
restantes cumplieron un papel diferente que permitió completar,
contrastar o calibrar la representatividad de lo enunciado por los
dos informantes principales a través de la relación
epistolar electrónica mantenida con ellos que tomó
la forma de un formulario de preguntas concretas, pero sin opciones
cerradas, acerca de su práctica artística y de las
nuevas tecnologías. La intención era valorar, también,
una de las herramientas de difusión y de relación
que ellos mismos utilizaban: la sección de «contactar»
de sus propias páginas web.
La población total presentaba pues este perfil: dos mujeres
y siete hombres [3];
entre 23 y 55 años [4],
cinco de nacionalidad española, dos de argentina, una de
alemana y una de sueca; siete de ellos con residencia en diferentes
lugares de España, uno en Alemania y uno en Argentina [5];
sus formaciones comprendían las siguientes categorías:
Bellas Artes, Filosofía, TIC, Diseño gráfico,
Diseño gráfico digital, Psicología, Cine, Arte
multimedia, Publicidad y Relaciones Públicas [6];
finalmente, el espectro de profesiones, además de la de artista:
profesor de dibujo de enseñanza secundaria, diseñador
de webs, promotor de acontecimientos relacionados con la
música, técnico informático, profesor universitario
de diseño y media art y diseñadores gráficos
digitales [7]. |
| Acerca del arte: entre el
respeto a una institución y la resistencia a sus convenciones |
Cuando los artistas consultados
describían el arte digital efectuaban ejercicios de igualación
entre la práctica artística digital y otras no fundamentadas
en el uso de esta tecnología. La igualación se desprendía
de aquellas declaraciones que homogeneizaban tecnologías
al aseverar que la tecnología digital es una herramienta
útil para plasmar la imaginación del artista “tanto
como lo fueron, y lo son, el pincel y la tela tradicional”,
explicaba uno de ellos. Todos ellos, al margen de la elección
personal -la práctica creativo-artística digital-,
rendían pleitesía a cualquier tipo de manifestación
artística, fuera ésta o no afín a sus presupuestos
artísticos personales. La mayoría de los artistas
y diseñadores, haciendo uso del recurso a la comparación
entre tendencias, estilos o movimientos, daban cuenta de la validez,
honorabilidad y necesidad del arte sea cual sea su signo, y no daban
muestras de desinterés, rechazo o desprecio ni por el trabajo
ni por los productos obtenidos por otros artistas, ni anteriores
ni coetáneos a ellos mismos. Se hizo evidente un respeto,
casi incondicional, hacia el arte como institución y como
práctica.
Sin embargo, el respeto a una institución no implica, para
aquellos que practican el arte, que no se discutan, incluso impugnen,
algunos de los pilares sobre los que se soporta ésta. Así,
puede observarse en algunos de ellos la manera en que se cuestiona
la categoría de artista, que no invalida la de arte, pero
que sí supone una revisión, y en más de un
caso su fustigamiento. Aducían que la categoría de
artista contenía, en muchos casos, un fuerte ingrediente
“elitista”, porque puede tratarse de una categoría
que tenga más pretendientes que aquellos a los que puede
corresponder: lo difícil no es ser artista, sino ser socialmente
reconocido como tal. Podían considerar esta categoría
obsoleta y proponían como alternativa una que estableciera
que el individuo creativo es un ciudadano más expresándose.
Ésta era la carta de presentación de uno de ellos:
“Yo sólo soy un ciudadano expresándome,
como todos hacemos de una manera u otra. Creo que el término
artista pertenece al siglo XVII, cuando había que ser artista,
rey, granjero o cualquier otra cosa. Hoy en día, pasamos
de todo esto”.
Igualmente se mostraban críticos frente a los instrumentos,
personas o instituciones que con sus estimaciones discriminan, validan
y clasifican lo que es arte y lo que no lo es: esto es, la teoría,
la historia y la crítica de arte. Podían afirmar que
la historia del arte constituía “un catálogo
de obras de arte que dice poca cosa sobre el arte”, y
se perdía confianza en esta disciplina cuando se descubría
que concedía el estatus de obra de arte, muy frecuentemente,
de manera retroactiva. Por otro lado, se acentuaban las invectivas
contra la arbitrariedad de la crítica de arte en lo que respecta
a que si un artista pasa desapercibido para ésta, queda irremisiblemente
condenado al ostracismo, mientras que desde su perspectiva el arte
es igualmente valioso y es igualmente arte “tanto si es
aceptado o no como tal. ¿Es que un «pintor de domingo»
no es un pintor?”, inquiría, aunque bajo la fórmula
de pregunta retórica, un artista. Así, y a pesar de
la conciencia demostrada por parte de los artistas acerca de la
temporalidad y el localismo del arte, simultáneamente apelaban
a una especie de atemporalidad y universalidad de la práctica
artística y de su producto, dotándolo entonces de
cierta autonomía puesto que convertían el producto
artístico en inmune al juicio -por lo menos al juicio de
algunos-.
A partir de estas consideraciones empezó a vislumbrarse la
encrucijada en la que parecía hallarse el artista y de la
que en buena medida eran conscientes. Lo descrito anteriormente
podía tener alguna explicación: existen dificultades
en lograr una conciliación entre su trabajo y su producción
(concebidos y experimentados como formas libres de expresión
de la individualidad) y su ajuste a los modelos predeterminados
de lo que debe ser una obra de arte y un artista establecidos por
determinadas instancias (la teoría, la historia y la crítica
de arte, por ejemplo). Igual de complejo es hacer converger esa
misma expresión de la individualidad con una recepción
de su producción que, por cierto, en la mayoría de
los casos, no cuenta con una demanda individual ni concreta. Esto
significa que existe un considerable desajuste entre la oferta individual
que lanza el artista y la demanda global, difusa, social -que la
hay- de arte: la demanda de arte es, mayoritariamente, indeterminada
a diferencia de la demanda de otros productos. La descoordinación
se agudiza si se considera que lo perseguido por los artistas, decían,
era la recepción (a ninguno le parecía que tuviera
sentido producir obras para uno mismo).
Frente a estos desajustes, que atribuían a arbitrariedades
en el mejor de los casos, y a injusticias en el peor de ellos, estos
artistas describían estrategias de defensa y de compensación
en los siguientes términos:
En primer lugar, negándose a someter la obra propia
al juicio de la crítica: esto significaba inhabilitar
a la crítica de arte por considerar que ésta no poseía
los suficientes conocimientos sobre arte digital como para realizar
evaluaciones fiables (aunque, subrepticiamente, significaba eludir
la crítica). En su lugar, preferían depositar su confianza
sobre otras instancias que les ofrecían mayores garantías
de ecuanimidad (por ejemplo, los circuitos alternativos de difusión
artística en la red, a los que se considera especializados
o, por lo menos, más receptivos con este tipo de producción
y más avezados en las nuevas tecnologías; puede tratarse
de revistas electrónicas de arte, festivales online
u otras instituciones que ejercen las veces de galerías de
exhibición también en Internet).
En segundo lugar, creando circuitos alternativos de difusión
que puede ser la misma Red (sus propias webs, foros de
debate) o círculos restringidos de adeptos a las que denominan
“comunidades”, que también pueden crearse
a través de la Red.
En tercer lugar, considerándose un tipo de artista «alternativo»,
entendiendo por alternativo, y según sus propias palabras,
“independiente” o “underground”,
desvinculado de los circuitos habituales del arte de la sociedad
occidental.
El interés de estas estrategias está en la manera
en que se minimiza la falta de éxito y se metamorfosea en
una postura elitista o de gueticización, adoptada voluntariamente
o impuesta contra voluntad, y en cómo esta situación
es susceptible de ser reabsorbida por el sistema artístico
y ser reconvertida en arte de pleno derecho por efecto de la presión
y la resonancia de lo inicialmente marginal; así lo explicaba
un artista: “No considero que sea un arte [el digital]
destinado a los críticos, pero sí considero que es
el inicio de un nuevo movimiento que en algunos años será
«tradicional», simplemente basándome en la evolución
de las tecnologías y en cómo éstas están
teniendo influencia en lo cotidiano”. |
| Sobre la condición
de artista: entre lo individual y lo colectivo |
Según la información
aportada por los artistas, el arte se encuentra distribuido, esencialmente,
entre las esferas de expresión y de comunicación.
Preferentemente, y según sus declaraciones, el arte es expresivo.
Esto se concluye a partir de todas aquellas descripciones en que
se autodefinían como individuos que “necesitaban
expresar” determinadas cosas y explicaban que, hasta
ahí, no se diferenciaban del resto de individuos; lo que
distinguía esa necesidad de expresión de la de otros
era que lo hacían “de determinadas maneras”.
Desde un punto de vista interpretativo, esto significa que, inicialmente,
se sitúa en la esfera de lo íntimo y lo subjetivo
pero que, sin embargo, y sin excesiva dilación, tiende a
convertirse en una intersubjetividad compartida con los potenciales
receptores: ambos, emisores y receptores, acabarían por constituir
una especie de comunidad (en el sentido de compartir alguna
cosa que les relaciona entre sí) invisible, pero deseada
y perseguida, que supone la culminación de la práctica
artística y de su producto. Los artistas daban cuenta de
ello a través de sus alusiones a la importancia concedida
a lo que llamaban recibir un “feedback” de
los usuarios, feedback del que se cercioraban a través
de los contadores de sus páginas web, del “boca
a boca”, de los correos electrónicos recibidos,
de los círculos de relaciones más estrechos, de foros
de debate y chats especializados en la materia o de concentraciones
o eventos relacionados con la creación digital.
En este punto, desde luego, entendían explícitamente
(porque también aseveraban que el arte era “una
forma de comunicación”) que se producía
el salto de la esfera de la expresión a la de la comunicación
en tanto que se establecían conexiones, intercambios -“enriquecimientos”
era el término más usado- entre ambas partes: emisor
y receptor.
Éste sería uno de los elementos que permitiría
situar al artista entre lo individual y lo colectivo, como expresaba
Gell (1998), en una interrelación
constante guiada por una tácita reciprocidad, siempre anhelada,
puesto que afirmaban que era la forma en que la obra llega a su
completitud.
Conviene tener en cuenta un elemento definitivo para tratar de
comprender la situación en la que se halla el artista en
virtud de lo expresado por los informantes, y para ello resulta
imprescindible resolver la diferencia existente entre la individuación
y el individualismo. Existen acciones que sólo pueden
ser ejecutadas individualmente, por lo que es impensable que sean
realizadas conjunta y simultáneamente con otras personas.
Es así no por ninguna razón oculta, sino por impedimentos
físicos, morfológicos, estructurales de la persona:
ninguna otra persona puede comer en nuestro lugar y conseguir que
los nutrientes sean asimilados por otro organismo que no sea el
que, efectivamente, está ejecutando la acción de comer.
Así, parece oportuno distanciar esta forma de conducirse
-la individual e individualizada- de aquella otra -el individualismo-
que organizaría toda agencia y experiencia en torno al individuo
como ente autónomo, sobreponiendo éste al
colectivo, ignorando los estrechos vínculos existentes.
Así pues, la práctica artística la entienden
como un ejercicio fundamentalmente individual -es cierto- pero,
atiéndase, de ningún modo intransferible (puesto que
no es sólo expresión sino comunicación), siempre
socializable (dado que no sólo el receptor se hace eco del
artista y de lo producido por éste, sino que también
el artista se hace eco del receptor y de lo producido o demandado
por éste) y ofrecido a manera de servicio social (con el
propósito de que tenga alguna utilidad).
No obstante, es innegable que en sus descripciones del arte como
un acto de “creación individual” e “íntima”
podían hallarse elementos que corroboraban una concepción
del artista enraizada en el individualismo (no en vano están
inseridos en una determinada sociedad que ha concedido un espacio
privilegiado al individualismo). Aun y así, debe prestarse
atención al modo en que son conscientes de que los útiles
-materiales o conceptuales- que intervienen en el proceso de producción,
así como el resultado mismo -el producto artístico-
no se corresponden exactamente con hallazgos individuales / individualistas.
Cuando concedían una especial relevancia a la “idea”
(el concepto o el contenido sobre el que fundamentaban su obra)
y a la “creación” (el proceso de ideación
y de conversión de lo imaginado -o lo representado mentalmente-
en un objeto sensible), consideraban a ambas como “expresiones
individuales” y de la individualidad, y estos acicates
del individualismo se veían degradados por elementos que
los erosionaban. Por ejemplo, reconocían que la «idea»
que, sin duda, es atribuida a la agencia individual, surge de un
substrato de conocimiento colectivo, colectivo en tanto que es compartido
con personas afines o por cuanto todo individuo se halla inserido
en algún grupo humano que dispone de un bagaje cultural y
una experiencia común y que beben de la misma fuente de recursos.
Reaparecía esa tensión existente entre lo individual
y lo colectivo cuando explicaban que los asuntos que trataban no
respondían únicamente a sus preocupaciones o inquietudes,
sino a las de muchas otras personas. Además, atribuían
gran relevancia al papel activo del receptor, de quien persiguen
obtener algún tipo de co-autoría (no sólo con
la recepción sino, en muchos casos, con la intervención
efectiva de éste en la obra). En caso contrario, podían
considerar la obra como fracasada o, más exactamente, como
ineficaz.
Por otro lado, algunas de las formas de organización del
trabajo y las cualidades otorgadas al producto artístico
permitían distinguir elementos erosivos del individualismo.
Esto se hacía evidente por la forma en que apreciaban el
trabajo en cooperación: o sea, cuando la organización
del trabajo es descentralizada y donde cada miembro de un equipo
[8]
se aplica esforzadamente en alguna de las tareas específicas
del proceso de producción, bien porque se crea naturalmente,
o por formación, especialmente capacitado, o bien porque
el resto de miembros del equipo así lo juzgue. Resumidamente:
afirmaban que la multiplicidad de puntos de vista (tanto en lo relativo
a lo conceptual como a lo técnico) y la comunidad de experiencias
“enriquecían” los resultados. Reconocían
que todos y cada uno de los miembros era necesario.
Igualmente en lo que se refiere a la comprensión de
sus productos como obras de arte interactivas, a las que definían
como obras pensadas para que los receptores (al que preferirán
llamar “usuario”) puedan incidir directamente
sobre la obra a través de la interfaz diseñada por
el artista. Incidir directamente significa que puedan, ciertamente,
modificar la pieza; y si cada usuario puede actuar modificándola,
finalmente la pieza podrá ir distanciándose cada vez
más del proyecto inicial del autor -difuminando la autoría
individual- y acercándose progresivamente al usuario convertido
en co-creador -favoreciendo la “creación colectiva”
(Casacuberta 2003)-. Esto puede
implicar que algunos artistas mantengan una postura algo laxa al
respecto de los derechos de autor; esto es, que no encuentran sancionable
que otros artistas, usuarios o internautas tomen ideas, retazos
o capturen pantallas o piezas íntegras. No admiten el plagio
ni el logro de un beneficio económico de forma fraudulenta,
es decir, con la idea o el trabajo de otro, pero sí entienden
que este tipo de producción y el canal de difusión
admiten la apropiación de la obra por parte de particulares
(en ocasiones las piezas pueden descargarse gratuitamente; otras
veces, sin embargo, mediante previo pago: todo depende de si el
artista pretende subsistir económicamente o no de la práctica
artística). Opinan que se propicia lo que vendrían
a considerar el acto de compartir información (motivos, fragmentos,
efectos, datos, archivos...) entre los miembros de una comunidad
incontable y cambiante -la de los internautas-. Laurean el hecho
de que ésta es una forma de liberalizar y “democratizar”
el acceso al arte. Contribuye, igualmente, a la consabida indistinción
entre original y copia y a un cierto final de la pieza artística
entendida como única y exclusiva.
Las funciones que atribuían al artista eran múltiples,
interrelacionadas y coexistían en un solo individuo. Significaba
de nuevo situar al artista entre lo individual y lo colectivo, esto
es: el artista era aquél que mediaba entre la obra y el receptor,
al cual se le concedía una agencia activa, puesto que era
quien completaba la obra con su recepción y uso. El artista
debía ser un investigador que experimenta con los elementos
más variados, aislándolos y relacionándolos,
y llegando a conclusiones sobre sus respuestas y comportamientos;
le corresponde también descubrir parcelas de la realidad,
como defendería encarecidamente cualquier científico;
y, desde luego, adquiere conocimiento acerca de esa realidad a través
de la investigación. El artista es, también, según
sus descripciones, un creador nato -como también lo es un
científico- en el sentido de que construye realidades (vale
la pena destacar que todos ellos concebían el arte como construcción
-en lo que tiene de interpretación- y no como representación
-en lo que tiene de imitación- de la realidad). También
el artista era un testigo privilegiado de la realidad con el deber
de poner ésta al descubierto, implicando en ocasiones la
adopción de un compromiso social con sus semejantes, cargando
con la denuncia si es necesario. El artista, igualmente, es alguien
entrenado en proceder al análisis introspectivo que le permite
conocer no sólo los resortes de su propia persona, sino que,
por extensión y comunidad de experiencias, accede a un superior
conocimiento de los demás.
En relación al producto resultante de la agencia del artista,
la obra de arte, destacó de inmediato, entre los informantes,
la específica valoración de la idea que se
ha mencionado anteriormente. Esta valoración se desprende
de una aguda adhesión a la noción de originalidad.
La originalidad terminaba por erigirse en el rasgo más
valioso del artefacto artístico. Por original entendían
distinguida, en el sentido de distinguible, y suponía que
castigaban y condenaban la imitación, el plagio y la repetición,
mientras que premiaban actitudes como las de proceder al estudio
de otros, aprender de otros, inspirarse en otros, saberse parte
de unos conocimientos comunes y compartidos y, muy especialmente,
“experimentar” (vocablo que reiteraban y que
remite a la percepción del artista como investigador y, por
lo tanto, productor de conocimiento). Rechazaban airadamente lo
que podría llamarse «inventarse las cosas», hacer
falsos experimentos, hacer meta-arte o el uso gratuito y oportunista
de la tecnología, las técnicas o los motivos. De sus
explicaciones podía inferirse que la originalidad no era
un resultado, sino una actitud que se caracterizaba por la sinceridad,
la honestidad en el trabajo, la asunción de las limitaciones
propias y el respeto por las ajenas, en no engañarse ni engañar,
y suponía el mantenimiento de un tenso equilibrio entre lo
deseado y lo realizado. Actitud que puede evaluarse como peliaguda
a la par que virtuosa, moralmente recta (en el caso de que exista
esa clase de rectitud, o de moral). De algún modo, este convencimiento
explica, según su parecer, que una pieza poco ostentosa técnicamente
o temáticamente humilde pueda ser considerada original por
efecto de la apreciación de ser un trabajo honesto, con la
capacidad de conmover o de hacer pensar: “Para mí
el arte, propio, ajeno, nuevo, tradicional, me provoca o no me provoca.
No cuantifico, ni califico su calidad de acuerdo con las técnicas
empleadas o el trabajo que haya llevado desarrollarlo o el nombre
o la categoría del artista que la haya llevado a término.
Para mí una obra artística me conmueve o no, es una
cuestión de piel, y eso es la única cosa que me determina
e impulsa a convivir con ella o a no mirarla nunca más”.
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| La relación del artista
con las nuevas tecnologías: entre la autonomía y la
subordinación |
Pfaffenberger (1988a;
1992) insiste en la construcción
social de la tecnología y juzga como explicaciones parciales
e incompletas por igual tanto aquellas que remiten al determinismo
tecnológico (donde la tecnología, autónomamente,
impondría modelos sociales y pautas de conducta) como las
que se soportan sobre el sonambulismo tecnológico
(que restaría importancia al vínculo e interdependencia
entre lo social y la tecnología). Tratará de contemplarse
lo manifestado por los artistas bajo esta perspectiva, es decir,
no tratando de explicar la práctica artística digital
ni bajo el determinismo ni bajo el sonambulismo
tecnológicos.
Sea cual sea el lugar que ocupe la tecnología digital en
el mapa de percepciones de los artistas consultados, una nota común
describe su comprensión: en sus descripciones acerca del
porqué de la preferencia por el uso de ésta aparece,
en uno u otro lugar de su explicación, la concepción
de la tecnología digital como instrumento de corte que les
permite referirse a otro tipo de manifestaciones artísticas
como tradicionales (“arte tradicional”,
“formas tradicionales”, “medios tradicionales”).
Pudieron destilarse dos de las acepciones que de tradicional manejaban:
una atiende a lo tradicional como opuesto a lo moderno
(moderno en su acepción de novedoso); la otra responde a
una sinonimia establecida entre lo tradicional y lo común,
corriente, ordinario o mayoritario (que no incluye el ingrediente
de modernidad o novedad): utilizaban indistinta y simultáneamente
ambas acepciones. Ello daba cuenta de que podían distinguir
rasgos que les permitían identificar las nuevas tecnologías
como algo efectivamente nuevo, mientras que otros rasgos
simplemente daban fe de la situación de minoría
en la que se encuentran los agentes de la práctica artística
digital.
Cuando precisaban aquellas características que explicaban
su preferencia por la tecnología digital, todas entraban
en estrecha relación con el uso que podían hacer de
ella y por los beneficios que les reportaba. Según Muhlmann
(2001) la apropiación de
las tecnologías por parte de los individuos se realiza críticamente
(discriminando los usos eficaces de los ineficaces, aquellos que
reportan algún beneficio económico o permiten ahorrar
trabajo), y Lahera (2000) añadiría
que se ejecuta creativamente (asignando usos «inesperados»,
no predeterminados, no previstos por los diseñadores de tecnología).
Así, definían como ventajosas determinadas características,
que consideraban específicas de la tecnología digital.
En primer lugar, aquellas que inciden sobre el proceso de producción
y las formas de organización del trabajo: le atribuían
a las nuevas tecnologías la capacidad de permitir una mayor
“libertad”. En el terreno de la praxis artística,
por libertad entendían la reunión de las
herramientas y condiciones necesarias para trabajar de la manera
más cómoda y económica -racional- y con el
abanico más amplio posible de opciones para la resolución
de problemas. Como resultado, gran parte de los usos de las nuevas
tecnologías, que conciben como ventajosos, obedecen a principios
muy prácticos como, por ejemplo, la asequibilidad económica,
el incremento de la velocidad en la resolución de problemas
y el estímulo a la experimentación y el aumento
de las posibilidades y los resultados de trabajo. Esto significa
lo siguiente: que pueden producir y extender su trabajo de una manera
más “barata” (en comparación
a otros medios y a los circuitos de difusión acostumbrados);
que pueden producir de un modo más “rápido”
(porque la tecnología digital sería entendida como
un conjunto de técnicas que permiten agilizar y economizar
tareas); y porque el trabajo, cuando se organiza, tiende a buscar
estrategias que hagan posible la “ampliación de
conocimientos” y, desde luego, la generación de
“alternativas” que permitan escoger, de entre
diferentes opciones, las que den más y mejores resultados.
Por otro lado, estimaban ventajoso también todo aquello
que afectaba a los canales de emisión y recepción,
puesto que consideraban que una obra de arte es una obra de pleno
derecho no sólo cuando se produce, sino cuando es recibida.
Valoraban positivamente lo que las nuevas tecnologías puedan
tener de circuito alternativo de difusión, por amplio, por
transfronterizo, por ilimitado, por opinar que se trata de una tecnología
de la comunicación y de la información de un alcance
que no tienen otras. Así, alaban su carácter descentralizador
de la información y, en consecuencia, del poder. Todos, pese
a lo anterior, advirtieron que, de ningún modo, podía
hablarse de una mundialización de este medio: el acceso no
es igualitario, y el grado de necesidad de los individuos puede
ser muy variable, puesto que no disponemos todos los individuos
de “un universo socio-técnico supuestamente común”
(Boullier 2001:385). Como consecuencia
de esto, la tecnología digital puede contribuir a la formación
de grupos sectarios (comunidades más o menos inaccesibles)
y su contrapartida, grupos segregados (los que no tienen acceso).
Finalmente, valoraban como beneficiosos aquellos aspectos que favorecían
su propia concepción de lo que debe ser una obra de arte.
Por un lado, la culminación de la obra de arte como «obra
abierta» por efecto de un superior logro de la interactividad,
si es que el artista parte del convencimiento de que la obra sólo
se completa con la recepción e intervención efectiva
del usuario que puede, con su intervención, modificarla y
mutarse en co-creador. Por otro lado, la culminación de la
obra de arte como «obra total», si aquello
que persiguen algunos artistas es la consecución de obras
que hagan entrar en relación tantos medios (vídeo,
música, fotografía, dibujo...) como estén a
su alcance. Dirán que la tecnología digital permitiría
una manipulación coordinada de éstos que puede que
consideren que otras tentativas artísticas no han logrado
y que, en parte debido a la existencia de la tecnología digital,
puede accederse al proyecto y realización de obras multimedia,
esas obras que son calificadas por sus productores como obras de
ingeniería (puesto que requiere del detallado conocimiento
de cada uno de los medios aisladamente y de las respuestas interconectadas
del conjunto), así como de sistemas (dado que si
a lo anterior se añaden las alteraciones que pueden provocar
las acciones del usuario, las obras se asimilan a organismos vivos,
de modo que cuando el usuario incide sobre uno de los elementos
se desencadenan respuestas que afectan al conjunto); son, en definitiva,
artefactos inteligentes.
Por lo visto hasta ahora, de las ventajas atribuidas a esta tecnología,
podrá deducirse que la interpretan como un avance,
puesto que permite un tratamiento nuevo (y, tal vez, más
eficaz) de los materiales susceptibles de convertirse en producto
artístico. Mas adelante, en el apartado de desventajas, reconocerán
que se trata únicamente de un avance relativo.
En lo relativo a la relación del artista con la tecnología
cabe resaltar que ésta está marcada por la ambivalencia,
basculando el artista entre la autonomía y la subordinación
con respecto a ella. Jackson (2002:303)
afirma que las relaciones que se establecen entre el hombre y la
tecnología, y el hombre y la máquina, están
regidas por la percepción de la tecnología y de la
máquina en los mismos términos que el «otro»,
un otro al que puede concebirse como extraño, distinto, incomprensible
e incluso hostil, pero con el que se intenta convivir y con el que
se utilizan estrategias de acomodación e interacción
recíprocas, porque “las personas necesitan escoger
sus vidas y ser reconocidas teniendo una parte activa a jugar en
la configuración de sus mundos sociales”.
La autonomía proviene de todas aquellas declaraciones que
insistían, con firmeza y explícitamente, en que el
arte (y su práctica) era necesario e irresistible:
“Lo hago porque tengo que hacerlo, no puedo evitarlo”,
“Lo necesito”, “Es necesario”.
Desde el momento que la tecnología es un recurso que pretenden
doblegar a la idea, al pensamiento, a la reflexión, a la
investigación, a la experimentación y a la voluntad
del artista de llevar a cabo un acto creativo, la tecnología
se aparenta substituible e intercambiable. No sólo
eran palabras las que justifican su convencimiento, sino que en
el terreno de la práctica, la mayoría de ellos, hacen
convivir la tecnología digital (y el arte digital) con otras
tecnologías (y otros productos artísticos), por lo
que la tecnología digital no es excluyente. Desde luego,
admitían que a diferentes tecnologías, diferentes
resultados, pero resultados artísticos al fin y al cabo.
Del mismo modo, y de manera espontánea, se afanaban (unos
artistas más que otros) en aclarar su posición que,
grosso modo, podría resumirse en una considerable
resistencia a las etiquetas reduccionistas, a las ataduras de los
sistemas clasificatorios y a la asfixia de las identidades-corsé:
es decir, la mayoría encajaba con comodidad la categoría
de artista, pero no la de digital que podía
percibirse como un limitante, como el resultado de una valoración
precipitada, superflua, anecdótica, cuando no injusta o torpe;
para algunos, implícitamente, significaba que el observador
dejaba dominarse por alguno de los principios del determinismo tecnológico.
Todo parecía apuntar a que primero se es artista y después
se opta por el uso de determinados medios: “[También
trabajo con la pintura, la escultura, la instalación y la
acción. No descarto ningún otro medio. Porque me permiten
expresar cosas que no me permite la electrónica. [...] Soy
un artista que trabaja con estas tecnologías que llamáis
emergentes, pero también he trabajado y trabajo con las sumergentes”.
Sin embargo, podía observarse la posibilidad de que el artista
-o el arte, o la práctica o el producto artísticos-
se viera subordinado a la tecnología. Esto se constató
en primer lugar cuando algunos artistas, al hablar de su propia
producción, presentaban algunos trabajos como ya caducos,
obsoletos, no tanto por el valor relativo que pudieran tener en
el interior de su trayectoria personal, como porque se emplearon
programas, recursos o sistemas ya superados tecnológicamente.
De manera que podía ser que algunos de ellos se sintieran
azotados por cierto darwinismo tecnológico, por la intransigencia
de una tecnología que ofrece versiones o novedades a un ritmo
trepidante.
La segunda vía de constatación de que el artista
puede verse sometido a la tecnología procedía de los
peligros que ellos mismos advertían, anunciaban y se esforzaban
en corregir: eran, ni más ni menos, las que bien podría
llamarse «desventajas» de la tecnología digital.
Nada tiene de pueril dejar constancia de ellas, porque su valor
no residía en reconocer que todo instrumento, toda acción,
toda institución o toda moneda tiene anverso y reverso, su
cara buena y su cara mala -lo cual es cierto, por otro lado-, sino
que el valor residía en que las desventajas que describían
se convertían de inmediato en indicadores, en primer lugar,
del papel activo del receptor de tecnología, que traspasa
los límites de su condición de receptor pasivo para
mudarse, sin solución de continuidad, en sujeto activo que
no recoge acríticamente aquello que le ofrecen las nuevas
tecnologías. Y, en segundo lugar, porque actuando de este
modo procede a cierto tipo de apropiación de la tecnología
que se define por los usos específicos que le otorgan y por
la intencionalidad que depositan en el producto final.
Entre las desventajas que observaban se encontraban las siguientes:
todas las relacionadas con las dificultades técnicas
que podían afectar a emisores -los artistas- y receptores
-los usuarios-. Entre las primeras destacaba el reconocimiento
de las limitaciones propias, puesto que debían enfrentarse
continuamente a productos nuevos, lo cual obligaba a mantenerse
en un constante estado de alerta y de aprendizaje. Esta situación
era percibida como más opresiva en el caso de aquellos artistas
que por formación, o por simple cuestión generacional,
no experimentaban la convivencia con la tecnología digital
como algo natural, sino como algo naturalizado (Boullier
2002). Por el contrario, artistas de menor edad consideraban
como un elemento más del paisaje cotidiano lo relativo a
la tecnología digital porque ha formado parte de su cotidianeidad
desde su infancia (en la escuela, en el ocio y en sus propios hogares).
Otros individuos debían invertir esfuerzos suplementarios
para la adquisición de conocimientos y la consecución
del dominio del medio. A ello se añadían los problemas
técnicos: los de exhibición e instalación (aquellos
problemas que a muchos ya empiezan a sernos familiares y que se
explican a través de las conocidas expresiones de “el
sistema se ha colgado”, “se ha caído”).
En lo que se refiere a los receptores, los artistas resaltaban la
posibilidad de que existiesen dificultades de acceso a las obras,
a la decodificación de las interfaces, o a la incompatibilidad
de algunos equipos domésticos para descargar correctamente
los archivos, programas, etc. Y, desde luego, eran conscientes de
que “buena parte de la humanidad está al margen
de estos avances”, de esta tecnología.
En segundo lugar, mostraban su preocupación por lo que consideraban
efectos perversos de la tecnología digital, especialmente
cuando se referían a que esta tecnología, como ninguna
otra, no garantizaba la aptitud específica del artista para
la creación; es decir, que el uso de una tecnología
determinada no garantiza que ni el uso ni el producto resultante
sean necesariamente artísticos. Así, juzgaban algunas
producciones como “superficiales”, “aburridas”,
“vacías”, “anecdóticas”,
“meta-arte”, “uniformes”,
“estándar”, “seriadas”,
“faltas de contenido”, fundamentalmente porque
“hay muchas obras que se basan en la actualidad de un
software. Atarte a un software determinado te limita”.
Y advertían de que “cuando es demasiado fácil
y demasiado rápido, se produce un montón de mierda.
Pero, ¡eh!, no tienes por qué mirar la mierda. Todo
depende de en qué quiere invertir su tiempo el espectador”.
Contemplaban, todavía, lo que convenían en considerar
un pernicioso efecto desencadenado por la percepción errónea
de lo que la tecnología digital significa en relación
a la práctica artística. Algunos de los artistas decían
advertir que personas ajenas a la producción artística
digital entendían que era imposible e impensable hacer arte
con instrumento tan ordinario, vulgar y prosaico como el ordenador,
no ideado originalmente para estas aplicaciones. En este punto tal
vez debiera prestarse atención a cómo unos individuos
tienden a ofrecer resistencia a los cambios de uso de cualquier
naturaleza que otros efectúen, y también a la resistencia
a la resistencia por parte de éstos respecto a los primeros.
|
| Consideraciones finales |
Es necesario destacar que,
por lo expresado por los artistas, debería considerarse,
en primer lugar, que en lo que se refiere a la tecnología
digital mantienen una actitud crítica frente a ella y que
rechazan tanto posturas tecnófilas como tecnófobas
que, en verdad, son las dos caras del determinismo tecnológico.
Adoptar una determinada tecnología para su aplicación
artística no implica, para ellos, ni adoptarla completa e
incondicionalmente ni convertirla en excluyente de otras tecnologías.
Por eso, al tratar sobre la relación del artista con la tecnología,
se le hallaba situado entre la autonomía y la subordinación
que no pretenden destacar otra cosa que no sea los términos
en los que se desenvuelve o se trama cualquier relación:
la de la imposición y la de la concesión, que ejercen
y reciben cada uno de los elementos que constituyen esa relación.
En segundo lugar, que ante la tecnología digital desarrollan
estrategias de conducta social que podrían enmarcarse en
alguno de los modelos descritos por Pfaffenberger (1988b)
(los dos primeros retomados de S.F. Moore y el tercero diseñado
por aquél). Éstos son la regularización
por la que el individuo se adapta a la ideología dominante;
el ajuste situacional por la que se hacen reinterpretaciones
y redefiniciones de la ideología dominante, pero sin subvertirla,
y la reconstitución por la que se intenta cambiar
la ideología dominante y remodelar el contexto social mediante
inversiones simbólicas. Las dos primeras estrategias, según
Pfaffenberger, no harían otra cosa que reproducir el marco
ideológico y social existentes y la segunda en particular
(donde analiza el caso de los hackers) resume que algunos
individuos, cuando tratan de mostrar las debilidades del sistema,
lo que persiguen es integrarse en él. Si se atiende a la
apropiación que de una tecnología, no pensada originariamente
ni para la producción artística ni para un uso popularizado,
constantemente acometen estos artistas, podría pensarse que
se asiste a una reconstitución. Pero si se atiende
a que, en la mayoría de los casos, lo que persiguen es lograr
que a la práctica creativa digital se le otorgue el estatus
de artística y que así lo reconozcan las instituciones
que, en su contexto social, se ocupan de validar las manifestaciones
artísticas, entonces su estrategia correspondería
a la del ajuste situacional.
En tercer lugar, en la relación del artista con el arte
se ha resaltado su respeto a esa institución (aunque con
el mismo espíritu crítico que el referido al respecto
de la tecnología) en base a su estimación de que el
arte es necesario. La necesidad ha quedado descrita bajo
otra ambivalencia: aquella que situaba al artista entre el individuo
y el colectivo. Los artistas consultados, al hablar acerca de las
funciones y utilidad del arte, se remitían tanto a lo íntimo
y subjetivo como a lo colectivo y compartido con sus semejantes.
Compartido, por lo menos, con los que, por estar inscritos en la
misma sociedad y cultura, son capaces de estimular la agencia de
los artistas y son igualmente aptos para recoger el significado
de la acción de aquellos y, como diría Gell, verse
impelidos a continuar con una nueva agencia (porque el producto
de arte no es un fin en sí mismo, sino el estímulo
de otras agencias en el receptor, ya que algún efecto causará
sobre él y alguna acción desencadenará).
Finalmente, en la práctica artística digital, la
tecnología se revelaba como uno de los elementos que intervienen
en la producción del objeto artístico, que como cualquier
otra tecnología, posee unas cualidades específicas
y confiere unas características singulares a sus productos.
Pero que, como cualquier otra tecnología, necesita ir precedida
de la intención de producir un artefacto artístico:
primero se es artista y después se utiliza la/s tecnología/s
que se considere conveniente y -sobre todo- eficaz según
aquello que se quiera lograr. |
Bibliografía
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| BOULLIER,
D. (2001) “Les conventions pour une appropriation durable
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CASACUBERTA, D. (2003) Creación
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| NOTAS |
1 - Se estimó
adecuada la inclusión de trabajos fuera del ciberespacio
puesto que son frecuentes las prácticas mixtas que combinan
o fusionan diversos medios (fotografía, dibujo, música,
acción....) entre aquellos artistas avezados en el uso de
la tecnología digital, justamente en ese tipo de práctica
denominada multimedia. [tornar]
2 - Es necesario aclarar, sin embargo, que la
de artista digital es una categoría genérica
que se refiere a los artistas que hacen uso de esta tecnología.
No distingue ni el tipo de uso ni su grado. Por lo tanto, homogeneiza
artistas de signo muy diverso que puede que sólo tengan en
común el uso de una determinada tecnología. [tornar]
3 - La proporción desigual entre hombres
y mujeres no se tomó en consideración especial puesto
que no se efectuaba un estudio de género (que sería
objeto de otra investigación), sino que dominaba el criterio
de la condición de artista y no otra. [tornar]
4 - En cambio sí que se consideró
de importancia el criterio de la edad puesto que se tuvo en cuenta
que diferentes contextos de enculturación, según las
edades, sí podían ejercer algún tipo de influencia
sobre la percepción que del arte pero, sobre todo, de las
nuevas tecnologías tuvieran los individuos: no es lo mismo
haber crecido inmerso en eso que ya se denomina «cultura digital»
que haber tenido que formarse con mayor esfuerzo y celeridad en
ese ámbito inicialmente poco familiar para personas de mayor
edad, con acceso tardío a los productos de la tecnología
digital. [tornar]
5 - También se juzgó relevante reunir
las opiniones de artistas de distintas procedencias, precisamente
por el carácter transfronterizo del medio por el que optan
para producir y difundir sus obras. No era objeto de este estudio
explorar acerca de la disolución de las identidades nacionales
o culturales o, al contrario, su preservación, a pesar del
efecto globalizador que pudiera ejercer este medio sobre los productores
de arte y sus productos, pero se creyó demasiado sesgado
limitar esta población según criterios geográficos
o culturales (por lo menos microculturales, puesto que la población,
está claro, pertenece al área occidental). [tornar]
6 - Dado que se conocía con anterioridad
a la investigación que era habitual que individuos con distintas
formaciones acabarán por coincidir en su condición
de artistas digitales, se seleccionaron sujetos que presentaran
esa variedad. Resultaba, además de interesante, imprescindible
tratar de discernir por qué se podía llegar desde
formaciones tan diversas, incluso dispares, a una situación
final similar. [tornar]
7 - Conocer el signo de otras posibles ocupaciones
profesionales entre los artistas permitía distinguir si la
de artista era la única dedicación, y en el caso de
que se tuviera otra cuál era, y si era una afín o
no a la creativo-artística, y, por supuesto, si el trabajo
artístico les permitía mantenerse o no. [tornar]
8 - Abunda el trabajo en equipo en la práctica
creativa digital por razones diversas, que podrían dividirse
a grandes rasgos en dos grupos: por necesidad y por libre elección.
Por necesidad porque difícilmente un solo individuo es capaz
de controlar todas las fases del proceso de producción: la
generación de ideas o conceptos, es decir, el establecimiento
de lo que llamamos contenido, la ejecución de un diseño,
la programación, la construcción de la interfaz, la
resolución final... Puede que sea difícil por motivos
de formación o, simplemente, por una cuestión de economía
de tiempo. Por libre elección porque algunos artistas juzgan
como más provechoso y enriquecedor el trabajo con otros artistas
de diferente formación y procedencia -geográfica,
cultural, identitaria- en un alegato de la multidisciplinariedad
y la diversidad. Para la formación de equipos creativos permanentes
(aunque con rotación de miembros) son más proclives
aquellos individuos que responden a la etiqueta de diseñadores
o diseñadores-artistas que no aquellos que se reconocen casi
exclusivamente bajo la etiqueta de artistas que bien trabajan individualmente,
bien en colaboración eventual con expertos en alguno de los
conocimientos específicos requeridos (con ingenieros, programadores,
etc.). “Siempre he trabajado sola y me gusta, pero me
entusiasma y me fascina encontrar gente con la que trabajar (raro
suceso) y, cuando esto ocurre, es realmente orgásmico”.
“En general yo prefiero trabajar a nivel individual porque
me da más libertad, pero trabajar a nivel de equipo, aunque
te limita esta libertad y te obliga a aceptar o a imponer un criterio,
también te enriqueces dado que te permite ver otras visiones
de una misma realidad”. [tornar] |
| ABSTRACT |
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