A fin de cuentas,
nosotros solo desde hace algunos años sabemos que vivimos
en una sociedad pluricultural;
los gitanos lo han sabido siempre.
Leonardo Piasere (1999:20)
El noble salvaje
Kaprow dedica un capítulo de su Divided we stand
(1978) a señalar que la tradición
utópica ha sido un género importante en el pensamiento
social occidental y que, particularmente, el mito del “noble
salvaje” en su variación rousseauniana estimuló
la imaginación de los escritores desde el siglo XVII. Se
trata de la idealización romántica del papel heroico
del nativo en el contexto de la oposición dramático-utópica
entre naturaleza y cultura; sin embargo, ese ideal del noble salvaje
místico es actualmente racista al pertenecer a un grupo subordinado
(Kaprow 1978: 67).
Kaprow (1978: 73 ss.) repasa algunos ejemplos
del estereotipo del buen salvaje desde el siglo XVI hasta el siglo
XX en la literatura. Destaca, entre otros, a Miguel de Cervantes
en La Gitanilla, en la cual celebra su libertad, y a Ben
Jonson en su idealización de los gitanos: son pobres materialmente
pero ricos en su vida personal y su sociedad. En ambos casos, se
ensalza la deserción de los gitanos respecto a la autoridad
de la sociedad hegemónica corrupta, aunque ninguno de estos
y otros autores crearan con éxito una utopía sin algún
tipo de estructura de ley y gobierno (Kaprow 1978:
74).
En Alexander Puskhin, los gitanos “son libres”, habitantes
de la Arcadia; Theophile Gautier realza su orgullo y sus sentimientos
de superioridad; García Lorca los convierte en el símbolo
de la Andalucía marginal y de un Estado deprimido, y en su
Poema del Cante Jondo las palabras de un gitano acaban con la Guardia
Civil (Kaprow 1978: 75-77). Laurie Lee, James
Joyce y Jan Yoors en el siglo XX reproducen la idea de una raza
dorada eterna (1978: 78). En las artes, Kaprow
cita la ópera Carmen de Bizet (fogosa y ardiente, no domesticada),
The Gipsy Baron de Johan Strauss o Mignon de Ambroise Thomas; en
la pintura Zuloaga, Manet, a los que añadiríamos a
Courvet, Zurbarán y Delacroix, quienes reflejan una imagen
estereotipada del gitano primitivo e ingenuo; en la novela, la Esmeralda
de Victor Hugo, en el Jorobado de Nôtre-Dame, la Carmen de
Merimeé o La Virgen y el Gitano de D. H. Lawrence [1],
donde aparecen más ligados a la naturaleza a causa del poder
de los gitanos de devolver la vida a los muertos.
Es en este contexto de la “sensualidad voluptuosa de la
explosión romántico-modernista abanderada por la Carmen
de Merimée” en el que surgen los temas clásicos
del flamenco romántico-gitano: la pena, la sangre, el dolor,
la muerte, la queja, el amor fatídico, la enfermedad, la
desgracia o la alegría brujeril (García
Gómez 1993: 190).
Sin embargo, Kaprow no limita esta “mística gitana”
a los artistas, poetas y novelistas, sino que la extiende a los
científicos sociales. Werner Cohn y Robert T. Anderson ensalzan
la dignidad de los gitanos; Edith Falque su resistencia a la aculturación
a causa de su nomadismo [2];
Thomas Acton los admira por su independencia de los valores dominantes;
Carmelo Lisón por su distintivo orden social y cultural,
fundamentado en la virginidad, el mal de ojo, las supersticiones,
etc. Incluso Evans-Pritchard idealiza su misterio y fascinación,
ese algo fascinante en el orgullo, la libertad de deambular, el
misterio que los rodeaba, la posesión de artes olvidadas,
la predicción del futuro (Kaprow 1978:
79-81).
Algo similar se refleja en la introducción de Julio Caro
Baroja (1965: 11) al libro de J. P. Clébert
Los Gitanos, donde descube al gitano esencial y puro: “…el
ejemplo único de un conjunto étnico perfectamente
definido a través del tiempo y del espacio, que desde más
de mil años y más allá de las fronteras de
Europa, ha llevado a cabo una gigantesca migración, sin
que jamás haya consentido alteración alguna a
la originalidad y a la unidad de su raza” [3],
amante de la libertad “…todos ellos, gitanos, calés,
cíngaros y manuches, están unidos por el mismo amor
a la libertad, su eterna fuga ante las trabas de la civilización,
la necesidad vital de vivir al ritmo de la Naturaleza, de ser dueños
de sí mismos, y el desprecio hacia lo que llamamos pomposamente
los acontecimientos” (Caro Baroja 1965: 14).
Gitanos fuera del tiempo o indiferentes a él, arcaicos, más
próximos a la Naturaleza que a la Cultura.
Kaprow (1978: 82) resalta dos tipos de racismos
presentes, los cuales consciente e inconscientemente son aplicados
a los gitanos en general por parte de la sociedad mayoritaria [4]:
- El racismo “elegante”, en otros términos,
“encubierto”, y emparentado con toda la literatura
moderna del buen salvaje, que parte de Rousseau. En base a esto,
los “primitivos” y “salvajes” son idealizados
y romantizados al afirmar que no están corrompidos por
la civilización.
- El racismo “vulgar” que entiende que los nativos
son “bestiales”, “presociales”.
Ambos constructos, el benévolo y el vulgar, son paralelos,
y ambos tratan de lo mismo: “el buen o el mal salvaje”.
Significativamente, ambos se dirigen siempre hacia los grupos teóricamente
“subordinados”. Esta situación de esquizofrenia,
propia de un imaginario popular europeo que oscila entre la negatividad
y la maravilla a decir de Piasere (1991:
159), ha condicionado la forma de mirar al gitano.
El contexto multiculturalista actual es un ejemplo del género
del noble salvaje, género que se remonta a la Antigüedad
en la Europa occidental. En él aparecían numerosas
fabulaciones de poetas y filósofos sobre salvajes, hombres
feroces o bien seres idealizados inocentes. Pero en el siglo XVI
y XVII las narraciones cambian. Los salvajes ya no son objeto de
fantasías poéticas sino que se encarnan en pueblos
identificables, los cuales, significativamente, pertenecían
a gentes sin poder. El género racista se vuelve común
de forma que las minorías culturales, las mujeres, los orientales,
los africanos o los campesinos son despreciados o ensalzados por
su proximidad a la naturaleza o su alejamiento de la cultura.
Más ejemplos de racismo vulgar los hallamos en el capitán
y explorador portugués Duarte Pacheco Pereira, quien en su
diario (1506) se refiere a los africanos como idólatras,
hechiceros y terribles; George Percy (1607), explorador inglés
de principios del siglo XVII, afirma de La Dominica que está
poblada por caníbales que adoran al diablo; Engels, por su
parte, identifica a los irlandeses en Gran Bretaña como los
indígenas salvajes de Europa: son groseros, borrachos y solo
comen patatas.
Paralelamente, el racismo “elegante” se construye
a partir de las ficciones románticas de las élites,
las cuales elogian en esos “salvajes” lo mismo que hoy
se elogian las minorías culturales, esto es, las relaciones
sociales pacíficas, además de la la idea de que son
homogéneas y resistentes al cambio. La literatura refleja
en algunos casos a los colonos exteriores como Robinson Crusoe en
una isla perdida o la independencia heroica de El último
mohicano –pero sólo porque son los últimos
mohicanos.
En Europa se presentan los arquetipos entre los proletarios y
los campesinos. Ejemplos como Guerra y paz de Tolstoi,
en cuya novela Pierre Bezukhov, un intelectual pacifista hijo natural
de un aristócrata, se mantiene al margen de la contienda
napoleónica y se refugia en casa del conde Rostov, un noble
arruinado por el juego, y se enamora de su hija, Natasha; David
Copperfield de Charles Dickens, en donde la joven Emery se
fuga con un aristócrata, siendo ella humilde, tema este del
“hombre que se enamora de la chica del arroyo” que vemos
repetido como un cliché en las películas de Hollywood
(Pretty Woman, L. A. Confidential). Sin embargo, toda esta
construcción social e intelectual ignora que en los estados
pre-modernos las sociedades eran estratificadas, que existían
conflictos en las sociedades campesinas y en las sociedades occidentales
en general.
Los gitanos siguen siendo estereotipados e idealizados según
este esquema. Hoy es hegemónica la imagen del “gitano
que necesita ayuda”, que si “hay que proporcionarles…”.
Hasta la aprobación de la Constitución española
en 1978, los gitanos eran considerados como delincuentes por la
Ley de Peligrosidad Social (Kaprow 1991).
Hoy son objeto de la re-actualización del constructo del
“noble salvaje” puesto que cumplen con las características
necesarias: no están corrompidos, desprecian lo material
(son “pobres pero felices”) y las leyes opresoras, poseen
sus propias costumbres y su lengua. La oposición se establece
entre dos términos: el estado de naturaleza, de libertad,
frente a la sociedad corrupta metropolitana.
Lo más significativo, dice Kaprow, es que quien exalta
al noble salvaje son, además de las naciones que han esclavizado,
colonizado o explotado a sus nobles salvajes (gitanos u otros grupos),
los propios gitanos, quienes han internalizado y contribuido a la
diseminación de esos estereotipos (1978:
81).
En los textos que se citan se ubica a los gitanos fuera de la
sociedad y de la historia. Estos tropos familiares han sido construidos
históricamente y los momentos performativos de las relaciones
sociales cotidianas cuestionan estos metadiscursos. Stewart (1997:
9) criticaba en su trabajo con los Rom de Hungría cualquier
acercamiento que, o bien compartiera la mirada oficial que romantizaba
la “Libertad gitana”, o bien, desde un punto de vista
sociológico y objetivo sobre la posición de los Rom
en Hungría en la división del trabajo, los conceptuara
como gentes sin autonomía y que reaccionan pasivamente a
sus circunstancias.
Todo esto se produce en el contexto del multiculturalismo, donde
la cultura reemplaza la naturaleza. Ahora decimos (o rendimos culto)
a las “etnicidades” o más vagamente “comunidades”
[5]
de homosexuales, médicos… como si fueran iguales. Kaprow
opone la comunidad a la sociedad al estilo Tönnies, lo étnico
frente a lo no-étnico. Dicho de otro modo, étnicos
son aquellos pobres, grupos subordinados o sin poder, como los europeos
del sur y del este emigrados a la parte noreste de Estados Unidos.
La función de los clichés aplicados a los grupos de
estatus subordinados sería reforzar la distancia entre estos
y los dominantes (Kaprow 1978: 88-91). Kaprow
concluye que el mito del buen salvaje ha pervivido entre los artistas
e intelectuales del mundo occidental por dos razones: primera, por
el racismo elegante que idealiza a los subordinados como forma de
legitimar su propia dominación; segunda, por la ideología
igualitarista que proviene de la Ilustración, de donde deriva
nuestra fe en la capacidad del individuo de sobreponerse a la historia
(1978: 93).
Los antropólogos hace tiempo venimos advirtiendo de que
el nivel “étnico” no es más que uno de
tantos niveles en la identidad de una persona. También son
importantes el género, la clase social, la religión,
la localidad, etc. Ricard Valentí, gitano catalán
y relaciones públicas de la Unión Gitana del barrio
de Gracia de Barcelona, declaraba que él se sentía
100 por ciento graciense en el seno de una comunidad gitana mayormente
evangelista (Eco, 28 de mayo de 1996). En efecto, “la
sociedad multicultural no es un mosaico de diez identidades culturales
fijas, sino una red elástica de identificaciones entrecruzadas
y siempre mutuamente dependiente de una situación determinada”
(Baumann 2001: 148).
El multiculturalismo es la panacea a los problemas de integración
en Europa occidental, la respuesta al melting-pot estadounidense;
es una noción-comodín que se invoca para todo sin
tener en cuenta la especificidad de los contextos nacionales o históricos
(Kilani 2000: 11-12). En el “contexto”
del multiculturalismo la cultura reemplaza la naturaleza. El multiculturalismo
es antitético a la antropología puesto que esencializa
la cultura y la reduce a entidades discretas, homogéneas
y armónicas. Esto da pie a concepciones dañinas. No
porque existe el sustantivo (multiculturalismo) existe la sustancia
(multiculturalidad); dicho en otros términos, la propuesta
teórico-práctica (optimismo de las clases medias y
altas occidentales) es distinta a la realidad práctica (racismo).
El propio Taylor (2001: 106-107), impulsor
de la política del reconocimiento, pone de manifiesto el
dilema “entre la exigencia, inauténtica y homogeneizadora,
de reconocimiento de igual valor, por una parte, y el amurallamiento
dentro de las normas etnocéntricas, por la otra”, asumiendo
que “aún nos encontramos muy lejos de ese horizonte
último desde el cual el valor relativo de las diversas culturas
podrá evidenciarse. Esto significaría romper con una
ilusión que aún embarga a muchos ‘multiculturalistas’,
así como a sus más enconados adversarios”. En
Estados Unidos numerosas universidades cuentan con departamentos
multiculturales, de modo que una categoría occidentalizada
(multiculturalismo) agrupa a varios intelectuales provenientes de
diversos países, quienes cotidianamente enfrentan estos dilemas
que plantea Taylor.
Ya no se trata del Orientalismo de Edward Said sino de lo contrario,
del Occidentalismo (ver Carrier 1995). Según
esta idea, los occidentales son caucasoides y se definen por lo
que no son: no son naturales, son hipercivilizados; no son espirituales,
son materialistas. Frente a ellos, el noble salvaje resalta el ideal
del hombre incorrupto. Es el caso de los afroamericanos en Estados
Unidos, se elogia su equilibrio entre lo racional y lo irracional,
el consejo de los ancianos, etc., pero diferente de los occidentales
blancos, quienes se dedican a acumular bienes. Los gitanos serían
esencialmente anti-materialistas. En este sentido, Mulcahy (1988),
por ejemplo, señala que la cosmovisión no materialista
de los Rom de España transforma el dinero ganado rápidamente
en solidaridad social, y de hecho su pobreza en herramientas del
trabajo de los metales simboliza su énfasis en los recursos
no materiales. Mulcahy ejemplifica esto con la idea de que si falta
un tornillo de una silla es por la necesidad de cooperación
entre Gitanos: un Rom puede trabajar sobre ese tornillo para convertirlo
en otra cosa, y otro Rom puede pulirlo a continuación, y
así sucesivamente en un trabajo cooperativo continuo (1988:
467).
En Nueva Zelanda puede observarse cómo el multiculturalismo
desvía la reivindicación de la independencia maorí,
pues el Estado promueve la visión oficial, la de los maories
tutelados (ver por ejemplo, los debates acerca del rol electoral
y las políticas electorales raciales, las competencias del
Waitangi Tribunal y la política lingüística),
a quienes se les permite la reivindicación política
dentro de unos márgenes. Y es el caso de Australia, donde
no se aceptan las reivindicaciones políticas de los aborígenes,
sólo la comida y el folclore, lo que oscurece las desigualdades
estructurales, se dice que son extraños, bárbaros,
primitivos y próximos a la naturaleza. O es también
el caso de Canadá, donde los quebequeses ven el multiculturalismo
como una amenaza y se asimila cultura a raza (anglocanadienses,
francocanadienses). En definitiva, se fabrican razas culturalizadas
como en Estados Unidos, donde se sostiene que existen agregados
homogéneos con su herencia anterior, donde hay jerarquías
y se dice que estos agregados tienen una cultura: 1. afroamericanos,
latinos, asiáticos, nativos, 2. subtipos étnicos:
irlandeses, italianos,.., 3. por género y orientación
sexual: mujeres, gays, mujeres de color.
Los grupos se deifican, las historias se uniformizan, ocultándose
la disparidad de poder y clase. Se trata del fetichismo del noble
salvaje, convertido en una mercancía. En efecto, el multiculturalismo
es un buen negocio pues crea nuevas mercancías para consumidores
de arte y erudición, nuevos productos audiovisuales para
determinadas categorías de personas (afroamericanos, gitanos).
Es decir, las culturas se transforman en mercancías.
Con el multiculturalismo, una utopía y deseo de grupos
ilustrados de Occidente, gente con poco poder, se orienta. Desde
los centros de poder, se esencializa la cultura como la propiedad
de un grupo étnico, en consecuencia, se produce la reificación
de las culturas (“que si su carácter distinto…”).
Se imagina una homogeneidad que legitima el conformismo; homogeneizar
es un esfuerzo cultural de Occidente, el cómo debe vivir
uno: ser sano, positivo y feliz. También se crea y fomenta
la insignia de identidad de grupo, encerrándolo en límites
conocidos, más allá del análisis crítico,
definiendo un conjunto de rasgos culturales esenciales del grupo.
El multiculturalismo se presenta como un código ético
para prevenir conflictos étnicos, reproduciendo el racismo
del “noble salvaje”. Roger Bartra en “El salvaje
artificial” (1997) realiza un recorrido
por los hombres salvajes de Europa: Segismundo, Robinson Crusoe,
Frankenstein, el niño de Aveyron, los monstruos de feria
del Circo Barnum, Tarzán, el Yeti, o el Coronel Kurtz de
El Corazón de las Tinieblas. Bartra advierte de
la irrupción de nuevas formas del mito del salvaje, es decir,
plantea la necesidad moderna de mitología, mostrando como
esta pervive en la cultura del siglo XX con los superhéroes,
muchos de ellos con atributos bestiales. Bartra presenta el mito
del salvaje a partir de una descubrimiento etnológico que
se resume en la paradoja de la cultura occidental: de la extrema
dificultad para conocer al Otro junto a la extrema creatividad para
inventarlo. En efecto, la actualidad del mito del hombre salvaje,
el cual no es un concepto coyuntural producido por el colonialismo,
se refleja en el creciente interés por los indios norteamericanos.
Estos y otros grupos se transforman en mercancías, perpetuando
la justificación violenta y racista. Ennoblecer al salvaje
representa la afirmación de Occidente de una manera racional.
Este teatro de luchas ideológicas se convierte en un tipo
de racismo simplista. La antropología, a pesar de su aparente
papel insignificante, combate las ideas multiculturalistas sobre
la pureza cultural. Y no podemos olvidarnos de lo más importante.
Lo positivo es que todos los discursos utópicos empiezan
por intelectuales (la liberación de la mujer, los derechos
de la gente de color…) y tanto emigrantes, como “étnicos”
o gitanos se están adueñando de este discurso. También
hay procesos individuales y resulta trascendental la subjetividad
del sujeto que vive las cosas de múltiples maneras. El multiculturalismo
no está manejado solo desde la superestructura ni es un acto
perverso de los intelectuales. También está en los
sujetos.
El espacio para la gente superflua
El barrio de La Mina está situado en el término
de Sant Adrià de Besòs, colindando con Barcelona.
A mediados del siglo XX, tras la Segunda Guerra Mundial, Barcelona
acoge un importante flujo migratorio, especialmente del sur de España.
En esta oleada migratoria un contingente importante de población,
en busca de oportunidades laborales y una vida mejor, se instala
en la periferia de la ciudad. El barrio de La Mina, promovido por
el Ayuntamiento de Barcelona a través del Patronato Municipal
de l’Habitatge, se construyó en dos etapas (Colomer
1977: 11-12): la primera en 1970, la hoy denominada Mina Vieja,
ocupada a lo largo del 1971 por familias provenientes, en su mayoría,
de los núcleos barraquistas barceloneses del Campo de la
Bota y Montjuic, pero también de los propios habitantes de
la zona que quedaban afectados por la construcción del Polígono
(Familia i Benestar Social 1988:21); la segunda,
en 1972 (la Mina Nueva), ocupada entre 1973 y 1974 por familias
del Campo de la Bota-Pekín, Ronda de Sant Martí, Can
Tunis, zona Hospital de Sant Pau, Montjuïc, y otros núcleos
chabolistas de Barcelona (para un estudio detallado del barraquismo,
ver Garriga 2000).

Equipo de arquitectos y urbanistas responsables
de la construcción de los bloques de viviendas. 1972. (Fuente:
Arxiu Municipal de Sant Adrià de Besòs. Col.lecció
Marí Martínez).
Con la construcción del barrio de La Mina el Estado llevó
a cabo una serie de actuaciones, propias de un racismo moderno,
con extraordinaria crueldad mostrada en la segregación espacial,
el “barraquismo vertical”, el apartheid “de facto”
y el paternalismo burocrático de los años posteriores.
Como señala Bauman (2006: 65) “desde
el principio, la modernidad siempre ha producido ‘gente superflua’,
entendiéndose esta expresión en el sentido de inútil,
de que las capacidades laborales de esa gente no pueden ser explotadas
provechosamente. Por decirlo de una vez por todas, sin medias tintas,
para las personas de bien sería mejor que esa gente desapareciera
del mapa”. Bauman (2006: 66) plantea
que la propia construcción de un orden, el progreso económico,
exige la desaparición, expulsión y exclusión
de la gente superflua, pues se descubre que esta gente no puede
formar de este nuevo orden, mejor y más racional.

La Mina. 1991. (Fuente: Manuel
Fernández)
Los barraquistas en aquella Barcelona de finales de los sesenta
eran contemplados como “naturalmente” inferiores, incultos,
no civilizados ni ordenados, lo cual legitimaba el Estado para llevar
a cabo la discriminación y marginalización en nombre
de la “integración”. Por tanto, con el objetivo
de evitar la concentración de los barraquistas y migrantes
en el centro metropolitano, la política de los planificadores
urbanos consistió en la concentración de las poblaciones
barraquistas en barrios suburbanos como La Mina, creando una “reserva”
espacial. La Mina acaba por constituirse en un espacio social racializado,
víctima del resentimiento, la exclusión y la segregación,
como resultado del desequilibrio económico y el acceso diferencial
al mercado de la vivienda que afectaban a los grupos barraquistas
en el área metropolitana. En otros términos, puede
observarse este proceso, asimismo, como el resultado de un modelo
higienista (según Piasere 1991: 181-221,
acerca de los gitanos) que se encamina a la construcción
de un territorio imaginario, inaccesible para las masas de emigrantes
pobres y marginados, quienes son pensados como una “amenaza”
para la visión de una ciudad moderna. Estos procesos de expulsión
de la población urbana son identificables en otros casos
igualmente conocidos. Por ejemplo, en la propia Barcelona la “expulsión”
-de hecho- de la población del Barrio Chino debido a las
reformas urbanísticas de los años 90, las poblaciones
humildes del centro de Sanghai reubicadas sin las garantías
más elementales, o el caso típico de las ciudades
norteamericanas en relación a los inmigrantes no europeos.
En este sentido, Guano (2004) realiza un
interesantísimo análisis sobre la construcción
de las fronteras sociales y espaciales entre las clases medias locales
bonaerenses y los inmigrantes urbanos pobres, tomando como base
el marco conceptual de Lefebvre acerca de cómo la desigualdad
es espacialmente reproducida y cómo se les niega el “derecho
a la ciudad” a ciertos grupos. Guano plantea que a través
de los discursos se construye entre las clases medias un consenso
sobre quiénes son los ciudadanos legítimos y “normales”,
y se llevan a cabo “estrategias de segregación espacial,
evitaciones simbólicas y la construcción de la invisibilidad
social (2004: 76)”. La Mina presenta
semejanzas respecto a este proceso de exclusión, pues se
reproduce la invisibilidad social a través “de los
patrones del estigma, rechazo y segregación” (2004:
78), ubicándolos como “fuera de lugar”, como
extranjeros respecto a la ciudad moderna, detrás de lo cual
subyacen representaciones de higiene y moralidad que justifican
los intentos de eugenesia para aislar un cuerpo nacional puro (2004:
80). La Mina, en consecuencia, representaría la materialización
de la utopía de la modernidad, una modernidad que se construye
excluyendo a determinados grupos sociales y culturales. Otro ejemplo
reciente de esta exclusión fue la construcción del
Fórum [6]
en el espacio contiguo al barrio, lo cual generó recelo,
desconfianza y decepción entre los habitantes, pues representaba
la continuación del abandono del barrio por parte de las
administraciones.
Desde una óptica más propia de la geografía
social y humana, puede plantearse la existencia de un urbanismo
contaminador que desea recapturar unos espacios y un patrimonio,
y que, igualmente, pretende anular los vestigios de comunidades
no amoldadas al orden social imperativo, según apunta López
Sánchez (1990: 192). Esta visión
es similar a la de Piasere (1991: 187 ss.)
para el caso de Verona, quien se refiere a un tipo de protección
simbólica resultado de una ideología higienista que
crea un espacio anti-gitano e incontaminado. La idea es la de una
limpieza del territorio de Barcelona como proyección imaginada
y utópica. De este modo, se negaba la posibilidad de habitar
la ciudad a aquéllos que habían sido etiquetados previamente
como “gente superflua” reubicándolos en la periferia,
en los límites de Barcelona, allí donde, significativamente,
eran también abocados los detritus materiales, como era el
caso de la incineradora de basuras (desde 1971, surgieron protestas
vecinales por el ruido y el mal olor). En efecto, las ciudades son
también vertederos (Bauman 2006: 66
ss) para los emigrantes, parias y refugiados; es en este sentido
que La Mina se convirtió en una gran vertedero de “desechos
humanos” como consecuencia del proceso de modernización.
La Mina, como espacio racionalizado y funcional, surge como resultado
de una estrategia de control que estigmatiza e invalida, una no-razón,
una violencia simbólica. Se evalúa y se clasifican
a las personas en categorías a través del examen,
y se asigna a esta categoría de personas un ámbito
determinado, su ámbito “natural”. Los barraquistas
son “objetos” recortados previamente, no son objetos
de experiencia, sino aquéllos a los que se taxonomiza conceptualmente.
La mirada es estrictamente racionalizante sobre el mundo barraquista
y las conductas pensadas como desviantes (en términos de
conducta esperada). La Mina es el espacio pensado y racionalizado
para “docilizar” esos cuerpos, para “encauzar
las multitudes móviles, confusas, inútiles de cuerpos
y de fuerzas” (Foucault 2003: 175).
Un lugar marcado, pero con fronteras porosas, si empleamos la metáfora
de los antiguos lugares de “clausura” como los conventos
que lentamente se transforman en hospitales, escuelas y fábricas
con más pasos y aberturas (2003: 177).
Un espacio de encierro, donde el aislamiento se materializaba en
la separación física. Los cuarteles, los presidios,
las fábricas, al estilo Foucault, serían la metáfora
de un espacio ordenado, fraccionado y aislado. La Mina representaba
un espacio de encierro para minorías empobrecidas, que reproducían
con el tiempo su propia marginalidad con el deterioro continuo de
la vivienda, el empleo y los servicios urbanos, elevándose
los índices de delincuencia, narcotráfico y actividades
ilícitas.
Probablemente, los gitanos de La Mina representaban ese alter
ego (turista/vagabundo, rico/pobre, civilizado/salvaje, nativo/extraño)
del cual nos habla Bauman (2001: 119):
Ser un alter ego significa servir
de basurero en el que se vierten todos los presentimientos inefables,
los miedos no expresados, los autodesprecios secretos y las culpas
sobrecogedoras como para pensarse; ser un alter ego significa servir
de exhibición pública de lo más secreto de
lo privado, de demonio interno destinado al público exorcismo,
de efigie en la que poder quemar todo lo que no se puede suprimir.
El alter ego constituye el oscuro y siniestro telón de fondo
sobre el que el ego purificado puede brillar.
A pesar que la población gitana del barrio nunca fue la
mayoritaria, se construyó un imaginario popular e institucional
del miedo. La Mina se conceptualizaba como un espacio marginal donde
los gitanos (como si fueran los únicos habitantes) representaban
una cultura conservadora y resistente a la modernidad –opuesta
a la metrópolis. Con ello, se les había negado la
co-temporalidad (ver Fabian 2002) desde la
creación del barrio, como forma de excluirlos de gran parte
de los derechos de todo ciudadano.
Dos ejemplos de los medios
Quisiera mostrar dos ejemplos, tomados al azar, del imaginario
del miedo y, a la vez, de la figura del noble salvaje actualizado.
Para ello he seleccionado unas crónicas periodísticas
recientes y una figura mítica, El Vaquilla, proveniente del
barrio.
Primer ejemplo
Xavier Bru de Sala escribía en El País
(4 de septiembre de 1999) un texto titulado “Vacaciones en
La Mina” en el cual establecía en clave de humor un
contraste entre la Cerdanya, uno de los lugares de veraneo típicos
para la burguesía barcelonesa, y la Mina. Xavier Bru de Sala
contaba que en agosto de aquel año se había quedado
en Barcelona, huyendo de una Cerdanya cada vez más masificada
y congestionada, y había decidido pasear en otra dirección
de la habitual con su bicicleta. El paisaje que descubre al llegar
a la Mina es éste:
Aislados y protegidos por la ronda
y las autopistas, convertidas en involuntarias murallas protectora,
más allá del Camp de la Bota abundan los terrenos
vírgenes de todo cuidado, pasto de plateros, los patios de
los chatarreros, los huertos semisalvajes escondidos tras la verja
de maleza de construcciones rousseaunianas. Me entretuve a charlar
con un gitano que podaba unas zarzas, nos caímos bien, y
alquilé una vivienda unifamiliar de impagable estilo popular,
aunque dotada de todos los adelantos. Y he disfrutado como nunca.
Rocas solitarias donde chapotear en el mar y practicar la pesca
sin miedo a pescar la pierna de otro submarinista. Descargas de
adrenalina más abundantes que con el rafting o el parapente
al pasar por el puente del tren. (…) equipamientos deportivos
de primera y a precios de risa (…) mucha paz, y al lado ciertos
amigotes de la Mina, donde por cierto venden el mejor chorizo del
mundo y un vino generoso en bakinbó de cinco litros (…)
lo digo más que nada por lo privilegiado del entorno natural
y hospitalario de mis recientes amigos, que te tratan y a los que
tratas con la curiosidad de encontrarte ante algo nuevo y auténtico.(…)
mis nuevos amigos de patillas largas te invitan a todo. No hay injerto
más vigoroso para el cansado árbol de la catalanidad.
Pasan de política, como yo. (…) Además pronto
empezarán las obras del proyecto 2004, que pretenden destruir,
en nombre del multiculturalismo y la fraternidad universal, el último
rincón de Catalunya que ni la modernidad ni los innumerables
planes de rehabilitación, de los que tanto se ríen
los vecinos, habían conseguido estropear.
Precisamente el autor que denuncia el multiculturalismo no es consciente
que él mismo es un practicante. Su elogio de la vida pre-moderna
estática, incontaminada, falta de colorido, en su paseo medio
real medio imaginario por la Mina, un lugar todavía no contaminado
por la modernidad; sus gentes “rousseaunianas” que le
ofrecen una hospitalidad resultado de una bondad primordial, de
una vitalidad primigenia (el “bronce y sueño de los
gitanos” del poema de García Lorca). Es un ejemplo
de la miopía del escritor burgués, hastiado de todo,
especialmente del consumo masificado de los lugares turísticos
y de moda para el ocio vacacional de la burguesía. Y se justifica
por su contacto puntual, a larga distancia, de un espacio ideal
sobre el cual aplicar los tópicos y paradójicamente
des-humanizar a sus habitantes. En efecto, Xavier Bru de Sala no
parece haber entendido nada más allá de una visión
simplista. Es el mundo justo, feliz y sencillo del “buen salvaje”
que descubre accidentalmente en la periferia barcelonesa, en el
cual no se paga por un descenso en canoa por el río o un
parapente (el paso del puente del tren), ni se deja cualquiera
la cartera en el restaurante de moda (el mejor chorizo del mundo
y un vino generoso en bakinbó de cinco litros). Es el
gitano romantizado como “pobre” pero noble; no es un
consumidor normalizado, pero esconde la pureza del alma. Visión
imaginaria del gitano anárquico y libre de la tiranía
del materialismo burgués, recreación de una élite
ilustrada que niega la complejidad y la variedad de las culturas,
y que no puede contemplar en los otros sino un reflejo de lo que
nosotros hemos perdido (¿la libertad?). El anacronismo viviente
de los gitanos de la Mina, entonces, se convierte en algo revivificante.
Cualquier intento de los gitanos por cambiar sería visto,
desde esta perspectiva romántica, como una auténtica
ruina y decadencia cultural. Con todo ello, el autor estaba señalando
con ironía muy fina que La Mina nunca podría ser un
lugar turístico, no tendría nada que ofrecer, ni arte
ni cultura ni historia. Solo la fealdad, el primitivismo, la salvaría.
He aquí el racismo elegante que denunciaba Miriam L. Kaprow.
Segundo ejemplo
Tu eres el Vaquilla, alegre bandolero. Porque lo
que ganas, repartes el dinero.
El Vaquilla (banda sonora de Los Chichos)
El poder popular en la manipulación y manejo de los símbolos,
y su confrontación frente a las definiciones del Poder (en
mayúsculas) se manifiesta, asimismo, en la resistencia frente
a la imposición de mitos (y reificaciones) externos. Uno
de los más populares es en relación a Juan José
Moreno Cuenca, alias el Vaquilla, que proviene, en origen, de la
filmación de la película Perros Callejeros
[7],
la cual generó en 1976 acciones de protesta por los ciudadanos
del barrio; las protestas más activas surgieron de la institución
escolar, pues los maestros afirmaban que el Vaquilla creaba un modelo
de delincuencia contraproducente para los niños (ver Colomer
1977). Siguiendo a Herzfeld (2001: 57),
aquello que estaba en juego era una cuestión acerca de la
“verdad”, subyacente a las relaciones de poder; lo más
trascendente fue que las voces del barrio que la sociedad mayoritaria
consideraba como “ignorantes” cuestionaban y decodificaban
este estereotipo abusivo, no solo como un ejercicio de resistencia,
sino como una cuestión de vida y muerte para la imagen del
barrio frente al exterior.
El mito del Vaquilla es el del Robin Hood que tienen tantos pueblos,
concentrando algunos rasgos semejantes al mito del bandolero generoso.
Pero la diferencia estriba en que es un mito no generado en el pueblo
sino violentamente introducido a través del imaginario cinematográfico
y alimentado por los media de la época (prensa, radio, televisión)
como símbolo del poder y la rebeldía de los pobres
y marginados frente al poder democrático, civilizado y moderno
burgués. El héroe cultural se alimenta del deseo de
presentar, como ya se había hecho históricamente,
una imagen “auténtica” de lo gitano, de sus hombres
(y de sus mujeres), paisajes y valores, en imágenes devaluadas
que presentan al gitano como bandido salvaje, quintaesencia del
hombre primitivo. El efecto es la imposición desde la sociedad
dominante de su cosmovisión a la sociedad dominada, creando
el héroe prototípico de la “naturaleza”
que legitima, simultáneamente, la asimetría existente
entre ambas sociedades. Su lucha no tiene como origen el crimen
sino la rebeldía contra la injusticia y, así, su violencia
se justifica por su misión redentora: corregir los abusos,
robar a los ricos para ayudar a los pobres (Balandier
1994: 106). Esta dominación simbólica encarnada
en la afirmación de la figura del delincuente “honrado”
se constituye también como negación a lo Bourdieu:
se niega a los dominados la posibilidad de ser lo que ellos quieren
ser, imponiéndoles las características que los dominadores
quieren que sean, las cuales, precisamente, son la condición
para perpetuar la dominación. Su condición mítica
se atribuye a su poder de acción en contradicción
con las leyes de su naturaleza (su condición de pobre y marginado)
y su sociedad (estigmatizada). Sin embargo, su acción no
puede ser sino provisoria y efímera, disolviéndose
en su propio caos. El Vaquilla, que en los últimos años
fue olvidado [8],
encarnaría esas figuras del desorden que ocupan la periferia
del campo social de las representaciones colectivas dominantes,
frecuentemente en contradicción con las características
reales de su persona (Balandier 1994: 110).

Carteles publicitarios de los films “Perros
Callejeros” y “Yo, el Vaquilla”
En definitiva, los medios de comunicación, no solo los cinematográficos,
sino especialmente la prensa contribuyeron a reforzar los imaginarios
raciales de la negación, el desplazamiento y la proyección
de prejuicios produciendo reportajes sensacionalistas. Se identificaba
el barrio con “lo gitano”, la delincuencia, la drogadicción
y la pobreza a través de un racismo cotidiano, casi imperceptible,
de los medios en forma de textos, imágenes y discursos.
Apropiación y contestación
La Mina era también el espacio donde un grupo dinámico
de gitanos andaluces (caseros), organizados a través
del Centro Cultural Gitano (la primera asociación gitana
en España fundada en 1978), desplegaban cierto tipo de economías
simbólicas, promocionando un conjunto de actividades de dinamización
social y cultural, las cuales pretendían conjurar los tópicos
establecidos y representaban la expresión de las subjetividades
locales.
En efecto, a través de actos políticos y conceptuales
de re-imaginación, el espacio y el lugar son construidos,
imaginados, reforzados y contestados (Gupta and
Ferguson 2002: 75). La Mina también era un espacio de
contestación, un lugar donde los conflictos en forma de oposición,
confrontación, subversión y/o resistencia comprometían
a los actores cuyas posiciones sociales se definían por el
control diferencial de los recursos y acceso al poder (Low
and Lawrence-Zúñiga 2003: 18).

Manuel Fernández, secretario del Centro
Cultural Gitano de La Mina
y primer regidor gitano de un Ayuntamiento en España. 1990.
Este era el caso del Concurso de Cante Flamenco, el rito anual
que los gitanos de origen andaluz organizaban como fiesta que simbolizaba
la identidad (positiva) de un barrio estigmatizado y segregado por
la sociedad mayoritaria. No solo representaba la espectacularización
de un mecanismo de transmisión de los grandes temas de la
cultura gitana andaluza, sino un ejemplo paradigmático de
cómo un grupo gitano andaluz se apropiaba de ciertas formas
de la herencia cultural conformando una “identidad diaspórica”
(ver Tarrius 2000). Los caseros, vistos a
sí mismos como “depositarios” de una tradición
“auténtica”, desplegaban en un nuevo contexto
sociocultural una serie de performances de exhibición identitaria
que los legitimaba como detentadores de un poder ritual. El concurso
representaba un ejemplo de “drama social”, a lo Víctor
Turner (la idea es de Herzfeld 2001: 58:
“la inyección de acción y experiencia en el
presente mediante la resurrección de eventos claves del pasado”),
una forma de invocar determinados aspectos del pasado, reales o
ficticios, para ponerlos a significar en el presente en la construcción
y refuerzo de una identidad.
El Concurso fue incluido en alguna ocasión como parte de
la programación del Festival Grec metropolitano, lo cual
no era un aspecto inocente. El Grec reflejaba una política
multicultural de identidad tendente a crear espacios de representación
para las minorías “étnicas” y tradicionales
alrededor de un centro “moderno”, post-cultural y racional
(la Gran Barcelona), pero era apropiado de manera diferencial por
parte de los caseros. Movilizada desde el poder del centro
barcelonés, la cultura se “leía” como
mecanismo de poder disciplinador no solo del ámbito municipal
sino también, por extensión, del poder autonómico
y estatal. Vista del lado de los “caseros” andaluces
la cultura se percibía como arena alternativa de resistencia
y activismo, como producción cultural que representaba la
distinción de los gitanos andaluces.
El Concurso, en suma, era una performance privilegiada para poder
reflexionar acerca de la significación de las intervenciones
conscientes en el flujo de la historia y el cambio cultural. Puesto
que era un espacio de práctica y performance, un espacio
de auto-conocimiento y un espacio de auto-expresión, el Concurso
marcaba el lugar donde los caseros actuaban y mantenían y
reinventaban públicamente la propia identidad, sus implicaciones
psicológicas y sus conocimientos colectivos. Era este un
estilo cultural “en la historia” y que celebraba la
propia historia, cultura e identidad gitano-andaluza.
Otro de los rasgos importados de los caseros era la gastronomía
gitana. Con la cocina, reinventada como gitana, se reflejaría
un verdadero trabajo de ingeniería cultural al “degagizzare”
(podríamos traducir como des-payización) un objeto,
transformando el sentido que los payos le otorgan para atribuirle
el propio sentido e instaurando la propia presencia gitana en el
mundo: el vivere romanes (Piasere 2004:
90-91). El arte de la cocina gitano-andaluza se exhibía
en muestras gastronómicas, ferias de la diversidad, encuentros
multiculturales y todo tipo de performances, por parte de las mujeres
caseras, lo cual dio lugar a la publicación de un libro de
recetas.
Sumado a todo esto, los oficios como la alfarería, cestería,
forja y la talla de madera también se exhibían por
doquier. Estas actividades artísticas y gastronómicas,
así como el propio dinamismo del asociacionismo, representaban
un conjunto de vías privilegiadas para la inserción
y el debate sobre la modernidad, o “el querer ser modernos”
(Bruner 1992), y sobre todo, una política,
por parte de los caseros, tendente a la creación y mantenimiento
de la distinción social y las finas diferencias intergrupales.
El discurso de la neo-tradición local y el de la modernidad
dialogaban entre sí y se constituían simultáneamente
como fuentes de autoridad entre los caseros. Este activismo
social y dinamización cultural despertaba la admiración
y el respeto por parte de los poderes políticos locales,
autonómicos y estatales, quienes reconocían su esfuerzo
y su liderazgo en la negociación para una integración
exitosa en el seno de una sociedad con graves desequilibrios. Precisamente
los caseros mostraban lo absurdo de los tópicos
acerca de la inanición y la pasividad de las gentes de La
Mina en su difícil proceso de incorporación social,
y reflejaban una enorme creatividad a pesar de los problemas de
pobreza, violencia, drogadicción, desempleo, segregación,
racismo que afectaban al barrio.
Sin embargo, en este proceso de subjetivación local, el
diálogo entre lo tradicional y lo moderno no estaba exento
de tensiones, entre la postura antimodernista que idealizaba el
pasado y la necesidad de la incorporación de los caseros
al flujo moderno de ideas, objetos y personas. Los caseros
se veían compelidos a “inventar” su vinculación
al lugar y exhibir performativamente su identidad, en base a imágenes
del pasado con el fin de constituir su presente. Es en ese contexto
dialéctico donde los grupos sociales reinventan sus mitos,
sus leyendas y tradiciones. No es éste un fenómeno
exclusivo a los gitanos andaluces sino que podría extenderse
al resto de inmigrantes andaluces en Cataluña que han dado
forma en el territorio catalán a nuevas expresiones andaluzas,
reinvenciones del Rocío, la Feria de Abril o las procesiones
de Semana Santa andaluzas. Gupta and Ferguson (2002: 69) señalan
que la ironía de los tiempos actuales es que a pesar de que
los lugares y localidades actuales son cada vez más borrosos
e indeterminados, con frecuencia, sirven como anclaje comunitario
para gentes en situación de dispersión, quienes usan
la memoria del lugar para crear imaginativamente nuevos mundos.
“La tierra de origen” persiste como uno de lo símbolos
unificadores más poderosos para gentes móviles y desplazadas.
Uno de los ejemplos más interesantes de esta performance
de la identidad re-construida se llevó a cabo en los jardines
de una multinacional de la electrónica en Barcelona, la Xerox.
La empresa contrató a un grupo de caseros para escenificar
la “cultura gitana” y servir de entretenimiento a sus
empleados. Los caseros compraron ropa de colores brillantes
al estilo gitano-andaluz, llevaron caballos con carromatos y escenificaron
cómo se elaboraban cestos de mimbre entre los empleados de
la multinacional. Los caseros por un momento fueron protagonistas
de un ejercicio de admiración (racismo elegante) y subordinación
a esa mirada que no quiere renunciar a ese espíritu de la
belleza y la armonía perdidas (multiculturalismo), a la idea
de las culturas “incontaminadas” y primitivas pero estéticas,
a los gitanos imaginados como testimonio de una cultura original
y tradicional, en definitiva, a “lo que se quiere ver”
y no lo que se ve, soslayando las condiciones reales de vida y los
detalles contemporáneos de los gitanos, al precio de situarlos
“fuera del tiempo” a lo Fabian. Ese sabor de los gitanos,
bellos e intactos, resultó ser una fantasía, una idealización
romántica en contraste con el mundo cotidiano. No era ésta
la realidad sino “algo que alguien soñó”,
al igual que las célebres fotografías de Edward Curtis
sobre los nativos norteamericanos.
En definitiva, los caseros se apropiaron del discurso multiculturalista
reinventando su gitaneidad, recreando prácticas gitano-andaluzas.
Los caseros desarrollaron este conjunto de estrategias
tanto en espacios discursivos como en las prácticas que los
hacían eficaces, balanceando su compromiso con la historia
y las posibilidades abiertas, y su compromiso con la modernidad.
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