| Foucault reclamaba la contextualización
del documento, en la medida que es un producto social y, por tanto,
siguiendo la expresión afortunada de Donna Haraway (1991),
constituye una forma de conocimiento situado. Por consiguiente,
no sólo se previene contra la universalización de
significados (que, lógicamente, también), sino que
se apunta directamente a los procesos de legitimación de
(cierto) conocimiento, a los criterios demarcadores de lo que consideramos
«evidencia», y a la responsabilidad social y profesional
de quién investiga respecto a las consecuencias de su trabajo.
Si, como señalan Ardévol y Muntañola, “la
relación que establecemos con este objeto interviene en nuestra
mirada” (p: 18) y, en congruencia, “la imagen será
mirada y valorada, entonces, en términos de nuestras asunciones”
(p: 19), entonces teoría e ideología son absolutamente
inseparables. Tanto como puedan serlo interpretación y significado.
No se trata en absoluto de abandonarse a un relativismo extremo;
antes al contrario: se exige (nos exigimos, debemos hacerlo) que
el conocimiento que se quiere crítico en verdad lo sea. Kuhn
(1971 [1962]) se había referido al peso
de la historia en la definición de los paradigmas, y esa
dimensión extrateórica del conocimiento se explica
entre otras cosas porque, como señalaba John Berger (1977),
la relación entre lo que vemos y lo que sabemos nunca es
constante.
Por eso, cuando se afirma que:
“El estudio de la visualidad no puede limitarse exclusivamente
al estudio de las prácticas representacionales, sino que
estas deben entenderse en el conjunto de las prácticas sociales
y, al mismo tiempo, estas últimas pueden iluminarse al ser
tratadas desde una aproximación que tenga en cuenta su componente
visible” (p: 32)
entiendo que es imperativo poner en relación producción
y momentos de producción, analizar los contextos sociales,
políticos, económicos…más amplios en
los que cristaliza la producción empírica. Estoy convencido
que si integramos los contextos de producción en nuestros
análisis disciplinares, no sólo podremos desvelar
ideologías y códigos culturales; sino también
algo que entiendo crucial para la antropología social y cultural:
llegar a entender de qué manera llegan a cristalizar determinadas
ideologías –siempre encarnadas–, cómo
los códigos culturales acaban derivando en anclajes de significado
y correlatos objetivos, y por qué en determinados momentos
emergen ciertas pautas de «normalidad» y se construyen
nociones de tradicionalidad y esencialismo en algunos valores sociales,
que en otros periodos se derrumban o arrinconan.
En el capítulo segundo, “Imágenes de la diferencia.
Alteridad, discurso y representación”, Guarné
se refiere a los Cronotopos (“contextos espaciotemporales
de descripciones” –p: 71–) como fragmentos de
una intertextualidad continua. Según argumenta en su extensa
colaboración, la Historia –articulación sucesiva
de tiempos y espacios particulares– juega un papel determinante
en la construcción de la diferencia. Seguramente también
de cualquier otro tipo de saber: Marlon Riggs, por ejemplo, analizó
magistralmente en los ochenta cómo las construcciones arquetípicas
de los negros americanos fueron el resultado de una planificación
meticulosa. Las caricaturas grotescas de orondas matronas negras
que dominaban a sus vagos y felices maridos acarbonados no respondía
a ninguna «evidencia empírica» sobre la población
negra. En realidad respondían a una estrategia política
que utilizaba las representaciones distorsionadas como instrumento
de legitimación de la desigualdad y la opresión. Para
todos aquellos que no habían visto jamás un negro
(y/o no se habían preocupado lo más mínimo
por acercase a uno), dice Riggs, aquellos esperpentos acabaron convirtiéndose
en «La Imagen» de los negros. No es justo decir que
se construyeron por simple ignorancia. Fue mucho peor: se aprovecharon
de ella. Se crearon por interés.
La construcción de lo exótico, próximo o lejano,
tiene, pues, raíces precisas. Y filiaciones ideológicas
(y teóricas) delimitables. Guarné lo expone bien.
Y su referencia al estereotipo como:
“una práctica discursiva que sustantiviza una supuesta
característica del otro, trazando su imagen a partir de la
fijación, repetición y naturalización, de ciertos
rasgos considerados esenciales” (p: 105).
convierte en inexcusable la exposición y reflexión
acerca de las características de la interrelación
profunda entre momento histórico y producción social
(en este caso, audiovisual), así como la circunscripción
de los fenómenos sociales, su demarcación histórica
y el análisis de los procedimientos a través de los
cuales buscan ampliar su espacio vital.
Los capítulos tercero y cuarto, escritos al alimón
por Marta Selva y Anna Solà, inciden sobre el imaginario
y los modos de representación. Entre otras cosas, nos recuerda
el poder de la «ficción» cuando se emplea como
«ficcionalización» (en sus propias palabras:
reproducir desde la ficción del relato unos hechos verídicos
–p: 163–). En este sentido, aunque la tensión
entre las categorías realidad y ficción ha capitalizado
buena parte del interés teórico en Antropología
Visual en las últimas décadas, creo que es extraordinariamente
problemático sostener una demarcación absoluta entre
«documental» y «ficción», por cuanto
los indicadores que deberían servirnos para operacionalizar
y discriminar con claridad ambas categorías son confusos,
cuando no directamente contradictorios. Además, «realidad»
o «ficción» son categorías que parecen
definirse por oposición excluyente, pero sin unanimidad respecto
a qué criterios sirven de referencia para la demarcación.
De este modo, si por ficción se entendiese la manipulación
intencional de eventos socioculturales con la intención de
reconstruir situaciones que no se recogen a partir de la estricta
observación directa, podría muy bien concluirse que
buena parte de estas reconstrucciones pretenden, explícitamente,
partir de la realidad, planteando el recurso a la ficción
como una estrategia narrativa en lugar de como un objetivo en sí
mismo. Se busca la ficcionalización, más que la ficción,
como amparo argumental que facilita el recurso a metáforas
socio-ideológicas y a la configuración de ciertas
situaciones que, al calor de esta refracción estilística,
pretenden inequívocamente hacer referencia a lo que se asume
como realidad subyacente. En otras palabras, esta ficcionalización
de eventos ordinarios no busca sólo la verosimilitud, sino
que es una táctica estratégica esencial para mostrar
situaciones de la vida cotidiana que, tal vez sin ese recurso a
la refracción, resultarían difíciles de plantear.
Selva y Solà dejan claro que el análisis de los modos
de representación y los procesos de atribución de
significados no son asimilables a un único soporte empírico.
Fotografía, pintura, televisión, cine y ciberespacio
se muestran igualmente permeables al análisis. Bartra (1997)
ya había aplicado análisis similares a estrategias
narratológicas muy anteriores a la impresión lumínica
sobre emulsiones químicas y a los anchos de banda. Goody
(1977) se interesó por las diferencias
en las mentalidades y los cambios en los medios y procedimientos
de comunicación, específicamente en lo referente a
la escritura y Vansina (1985) trabajó
sobre tradición oral. Sea cual sea el canal elegido, las
exigencias de contextualización siguen reclamando su centralidad.
Volviendo al ámbito audiovisual, la referencialidad contextual
puede adquirir, como señala Banks, una condición poliédrica:
“All visual forms are socially
embedded, and many visual forms that sociologists and anthropologists
deal with are multiply embedded” (2001:
79).
Y es que la realidad no sólo aparece caleidoscópica
con respecto a su objeto de estudio, sino en su propia concepción.
Y es entonces cuanto también la propia orientación
se percibe politética. En otras palabras: ni la realidad
es unidimensional ni las audiencias (académicas o no) son
homogéneas. Es cierto que una sola imagen, por ejemplo una
fotografía, es capaz de comunicar múltiples narrativas,
lo que nos recalca que los significados no están prefijados
de antemano, y mucho menos se manifiestan de forma unívoca.
Pero también lo es que esta multivocalidad revela a su vez
la dificultad de aproximarse a los análisis de la representación
de la condición humana a través de supuestas abstracciones
elaboradas a partir del examen de imágenes concretas. Las
interpretaciones que las audiencias realizan de una misma imagen
se llevan a cabo siempre en contextos locales, y buena parte de
su valor como elementos para la contrastación y el análisis
deriva, sobre todo a través de la ficcionalización,
de las estrategias de refracción que adoptan. Y hablo de
audiencias, en plural, porque referirse a ellas en singular puede
ser efectivo cuando nos referimos a un colectivo amplio del que
no precisamos mayores afinaciones en ese momento particular, pero
cuando tratamos de concretar más es imprescindible afinar
cuanto sea posible. Sin embargo, que las audiencias puedan estar
hasta cierto punto fragmentadas, no implica que funcionen entre
sí de modo autárquico (Allen 1994).
En el capítulo quinto, Fecé nos propone una revisión
de la teoría crítica de los medios de comunicación,
incorporando buena parte del bagaje de los cultural studies
que, no sin cierta polémica disciplinar, han postulado una
aproximación interdisciplinar al análisis de la producción
cultural y la cultura popular. A continuación, el capítulo
sexto, yuxtaposición de textos de los ocho autores, pretende
articular ejemplos concretos (desde los museos hasta el hip-hop)
de las propuestas analíticas expuestas en los cinco capítulos
anteriores.
A lo largo de todo el libro podemos encontrar referencias a disciplinas
(o subdisciplinas) desde cuya configuración teórica
particular pueden abordarse los análisis sugeridos (antropología
visual, antropología de los media...). Más allá
de afinidades o discrepancias respecto a los criterios de demarcación
disciplinar y a la pertinencia y relevancia de los dominios analíticos
propuestos, creo imperativo, desde la antropología (sin apéndices),
reivindicar de una vez por todas el valor de la producción
audiovisual (en sentido amplio) como objeto de estudio y la idoneidad
de nuestra disciplina para llevarlo a cabo. Entender por qué
son representables, y se representan, ciertas cosas en determinados
momentos, y cuándo y por qué razón
son factibles determinadas visibilizaciones o se desechan otras
me parece un deber inexcusable del pensamiento crítico, venga
de donde venga; pero especialmente cuando se aborda desde la antropología. |