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| Las ONG y el 'mercado
de la caridad' |
| Joan Picas Contreras |
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Universitat de Barcelona
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Si alguien desea alcanzar algo en esta área ha de llegar
a ser un hombre de negocios y tener un sentido para la publicidad
y el marketing... Si no se acepta que la ley del mercado también
sostiene verdades para la industria de la caridad, no conseguirás
nada.
B. Kouchner (1)
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En pocos decenios las ONG han pasado del status de asociaciones
con una fuerte dosis de amateurismo a ser entidades cada
vez más profesionalizadas, con un indiscutible arraigo y
prestigio social, que manejan considerables sumas de dinero.
En la medida en que las ONG tratan de llevar a cabo proyectos y
actuaciones desprovistas, por naturaleza, de rentabilidad económica,
su propia existencia depende de su capacidad para atraer ingresos
procedentes del exterior persuadiendo a donantes individuales o
institucionales, que acceden a entregar sus aportaciones en función
de las cualidades y de la confianza que les merece el producto que
se les 'vende'.
Aunque tal vez sea demasiado osado afirmar que la solidaridad -en
cuanto sentimiento- se haya convertido en una mercancía,
al menos los recursos que moviliza entran de pleno en la esfera
del mercado. En tal sentido, sería factible considerar que
la cooperación para el desarrollo, la ayuda entre los pueblos,
ha caído en el ámbito de un específico 'mercado
de la caridad' (o 'mercado del dolor').
En este artículo nos detendremos a analizar las circunstancias
de la donación y de la recaudación desde una vertiente
antropológica. Negando la 'gratuidad' y descubriendo su 'verdad
económica', resituaremos tales prácticas en los parámetros
que rigen este 'mercado'
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| 1. La donación |
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El 'don', sistematizado por Mauss (1979), ha sido tratado ampliamente
desde la antropología, siendo objeto de célebres análisis
etnográficos. Pese a que Polanyi (1989) y otros pensadores
hayan cuestionado que éste sea una forma arcaica de intercambio
o un vestigio de épocas premodernas, lo cierto es que a menudo
se contraponen las tres obligaciones de dar, recibir y devolver
que definen al don a la lógica del mercado y a la 'racionalidad'
del intercambio comercial y, por consiguiente, se rechaza su contemporaneidad.
El concepto de don, debido a las múltiples formas que adopta
en la práctica, es lo bastante vago como para prestarse todo
tipo de teorías e interpretaciones. Además, el grado
de confusión aumenta en la medida en que su significado ha
quedado seriamente contaminado por una tradición cristiana
que lo equipara a la 'ofrenda' y cuyas prescripciones imperativas,
según Nicolas (1996: 14), se contradicen con la generosidad
y gratuidad espontáneas que caracterizarían la práctica
del 'don ritual' (2).
Sahlins (1983), profundizando en la teoría del don, utiliza
el término 'reciprocidad generalizada' (de contenido social)
para referirse al fenómeno analizado por Mauss, que opone
a la 'reciprocidad equilibrada' (asocial), que identifica con el
intercambio de mercancías, y a la 'reciprocidad negativa'
(antisocial), que se correspondería con la apropiación
indebida de algo sin entregar nada a cambio. Aunque para
Sahlins todo orden social se basa en la circulación de bienes
materiales, sin embargo, en cada uno de los estadios que propone,
lo social y lo económico guardarían
una relación inversamente proporcional. Así, pese
a que el intercambio y el cálculo no dejan de situarse en
el centro de la 'reciprocidad generalizada', su definición
-usando la terminología de Mauss- como 'hecho social total'
la remite a un momento de la historia en el que aún no se
ha producido la separación entre la esfera económica
y la propiamente social.
Aun a pesar de la ambigüedad del significado de 'don' -igualmente
extensible a conceptos como 'interés' o 'intercambio'- (3),
Caillé (1994: 37) aventura la siguiente definición:
"toda prestación efectuada sin garantía de retorno
para sostener el bien social, en la que los bienes no valen por
su utilidad (valor de uso) o por su precio (valor de intercambio),
sino porque crean o alimentan la relación interpersonal (valor
de lugar)".
A grandes rasgos, los elementos que caracterizarían al don
serían los siguientes:
- Los sujetos que participan en la relación -y a diferencia
de lo que sucede con el intercambio de mercancías- son
dependientes. El propósito de la donación
es la creación y recreación de los vínculos
entre sujetos, que se extienden en el tiempo.
- Los objetos que se donan devienen inalienables; la personalidad
del donante está contenida en ellos (no existe una clara
separación entre 'objeto' y 'sujeto') (4).
- Las contraprestaciones son inciertas y no son inmediatas.
- La transacción se presenta como pura, sea cual
sea su valor económico (lo que no excluye que dicho valor
tambien pueda interesar).
Tanto en la obra de Mauss (1979) como en la de Sahlins (1983) el
intercambio de dones tiene efectos esencialmente políticos:
crea jerarquías y, por ende, un orden político (5).
Cuando el don se establece entre agentes potencialmente desiguales
instituye, tal como se observa en el potlatch, unas relaciones
de dominación duraderas (el acto de dar más allá
de las posibilidades de devolver asigna, a quien recibe, la condición
de dominado, generándole un sentimiento de deuda -y,
a quien da, pródigo en generosidad, la de dominador).
Como indica Bourdieu (1997: 168-72), para que el "acto simbólico
de reconocimiento de la igualdad en humanidad" que se produce
a través del don pueda tener efectos es preciso que ambas
partes -el donante y el receptor- compartan las categorías
de percepción -lo que equivale a decir las mismas estructuras
sociales y mentales- que les permitan valorar el obsequio en lo
que es y por lo que constituye. De no ser así, produce violencia.
En lo que atañe a la ayuda al desarrollo (supone
dar sin contrapartida), no se produce el referido 'reconocimiento
de la igualdad en humanidad' porque donante y donatario se
sitúan en un plano relacional asimétrico -casi clientelar-
y sus fuerzas no son proporcionales: sus universos culturales no
sólo son distintos, sino que confluyen en manifiesta posición
de desigualdad.
El hecho de que la donación, además, sea consustancialmente
indirecta (como advierte Edelman [1996: 73], pasa por un intermediario,
en nuestro caso una ONG que, para el donante, representa la 'causa'
para la que da), contradice los fundamentos del don: éste,
aun cuando concierna al conjunto de los miembros del grupo y tenga
repercusión sobre la totalidad de la sociedad y sobre sus
equilibrios, es, por definición, un acto relacional, que
no contempla interposiciones, que vincula a individuos (no es, por
tanto, mancomunado ni egocéntrico) (6).
Por último, y puesto que las contribuciones monetarias que
la ciudadanía aporta para financiar proyectos de desarrollo,
lejos de constituir lo que Mauss denomina 'fenómenos sociales
totales', se inscriben en un orden económico que sustrae
al acto de dar su pureza y su naturaleza 'ritual' y, por añadidura,
al obsequio el espíritu del donante, no es posible que, en
un estricto sentido antropológico, podamos hablar de 'don'
al referirnos a ellas (7).
Por los motivos apuntados tampoco merecería esta consideración
la labor supuestamente altruista que desempeñan algunas ONG.
Tal vez sólo pudiera merecerla, con algunas salvedades, el
trabajo generoso -esto es, no remunerado- que llevarían a
cabo unos pocos voluntarios que prestan sus servicios en el Tercer
Mundo.
A pesar de que Mauss, como advierte Temple (1995: 39), también
llegue a descubrir en nuestras sociedades industriales la existencia
de una suerte de don, que identifica como una vaga fuerza moral,
que resultaría de un cierto sentimiento revolucionario que
poseerían las masas sociales, y que tendría su expresión
en determinadas actitudes solidarias, sin embargo -concluye Nicolas
(1996: 17)- no se reconoce en la 'caridad humanitaria' de hoy en
día.
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| La donación
interesada |
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Aunque la arbitrariedad es, de algún modo, la esencia misma
de la donación (no hay más que pensar en su discrecionalidad:
el mero hecho de donar a alguien supone, debido a las limitaciones
que están implícitas en el acto, renunciar a dar a
otro, que queda sacrificado en favor de este único), ello
no significa que no esté motivada.
Bourdieu (1997: 140) postula, desde la sociología, que los
agentes sociales siempre tienen una razón que dirige, guía
u orienta sus acciones y que transforma las conductas que aparentemente
pudieran parecer arbitrarias en coherentes.
Así, para este autor (op. cit.: 152-5) no existen
comportamientos 'desinteresados' ni actos 'gratuitos': a su entender,
toda acción se plantea, de uno u otro modo, alcanzar algún
tipo de beneficio, sea económico o simbólico (8).
El hecho de que existan universos sociales en los que está
desaconsejado, por normas explícitas o imperativos tácitos,
el lucro económico, no excluye que los individuos puedan
movilizarse en busca de beneficios de carácter simbólico.
Incluso las conductas más abnegadas -tal es el caso del sacrificio
o de la penitencia- pudieran ser interpretadas como un intercambio
-con la divinidad- que buscaría algún tipo de recompensa
-v. gr., el beneficio del perdón divino o de la santidad
(9).
Desde esta perspectiva, Lacombe (1996: 40) reconoce que presuponer
la existencia del 'don puro' (que no espera recompensa y se justificaría
en sí mismo) implicaría necesariamente rechazar la
idea de que el principio de 'utilidad' guía la conducta de
los seres humanos. Dufourcq (1996a: ix-xii), a su vez, desacredita,
al modo de Derrida (1995), la supuesta 'gratuidad' del don argumentando
que el 'don puro' escapa a la conciencia y, por tanto, no es situable
(10),
y que en las figuras del 'gasto improductivo' (exceso de prodigalidad)
y de la 'ofrenda evangélica' (caridad que espera una recompensa
divina) el donante cree estar en disposición de calcular
el valor de su donación y, por tanto, su contrapartida.
Por otra parte, el propio Bourdieu (1997: 165), siguiendo esta
línea argumental, opina que en nuestra sociedad, aún
en aquellas circunstancias en que se produce un rechazo del beneficio
económico y de la lógica del precio, este último
pervive como expresión de la donación -aun cuando
sea de forma simbólica, debiendo en tal caso enunciarse por
medio de eufemismos.
Las ONG -como también la Iglesia o cualquier otra institución
que se mueve en la economía de la ofrenda (o de la
caridad) y del voluntariado (o del sacrificio), no pueden sustraerse
a la lógica del mercado. Así, las donaciones no dejan
de ser transacciones que se contabilizan en términos monetarios.
A su vez, un voluntario -como un militante o como un sacerdote-
es completamente consciente del valor económico del trabajo
gratuito que realiza.
La donación, caritativa o filantrópica, a consecuencia
de lo apuntado, no escapa a la controversia. Históricamente,
la caridad religiosa, que resignificaba la pobreza proclamando que
los pobres son dignos de conmiseración -y que pudo desarrollarse
favorecida por una monetarización de los intercambios, que
incidía negativamente en su socialización-, ampliaba
el poder de la Iglesia (11);
a su vez, la beneficiencia laica escenificaba y reproducía
la estratificación social (12).
La fosa abierta no han podido siquiera cerrarla las actuales formas
de solidaridad, apoyadas en técnicas de recaudación
basadas en el anonimato, en la que las donaciones privadas, estimuladas
desde la pantalla del televisor, sustituyen, desde una ética
de mínimos, a los compromisos públicos.
El altruismo va acompañado permanentemente por la negación
de sus fundamentos; la generosidad despierta dudas acerca de las
auténticas intenciones de los donantes: se desea saber por
qué alguien da y qué recompensas espera obtener a
cambio.
De hecho, al formular estas cuestiones ya se está, en realidad,
refutando implícitamente la posibilidad de la donación
desinteresada. Dufourcq (1996b: 5), no obstante, constata,
desde el pensamiento filosófico, que coexisten dos tipos
de valoraciones: a) la de quienes, aun aceptando que toda donación
es interesada, asumen que la conciencia es inescrutable y
no entran a juzgar los comportamientos -y que, en cualquier caso,
desdramatizarían la incompatibilidad entre 'interés'
y 'gratuidad'; y b) la de quienes pretenden superar cualquier objeción
ética 'naturalizando' la conducta interesada del donante
(puesto que el 'interés' sería una característica
natural del ser humano, es factible sustraerla del ámbito
de la moral).
De todos modos, Martínez Sánchez (1998: 193-4), citando
el trabajo de Bayley (1988), enumera tres razones concretas por
las que se dona:
- por la sensación personal de estar actuando correctamente
con uno mismo o con los demás
- por el reconocimiento público
- por el sentido de pertenencia a una organización
Sea como sea, quizás lo que verdaderamente importa no es
ya conocer cuáles son las intenciones del donante, sino descubrir
los efectos que tiene la donación en la relación que
éste establece con el receptor. Esta idea la comparte el
propio Mauss, para quien, más relevante que hallar el significado
del acto, es averiguar cómo se inserta en una red de relaciones
con el prójimo, con sus asociados y con sus competidores.
En este sentido, Dufourcq (1996a: ix-xii) sostiene que si se insiste
tanto en la cuestión de la gratuidad de la donación
es simplemente porque de ella depende la arquitectura de las relaciones
entre las ONG y sus donantes.
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| 2. La recaudación |
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La recaudación de fondos incurre en las contradicciones
propias de todo sistema de mediación: una institución
-en este caso una ONG- se interpone entre 'yo' y el 'otro' al que
desea ayudar, impidiendo que aquél pueda ver cumplido su
deseo de absorción inmediata del segundo sin necesidad de
terceros.
Ciertamente, en la formación de la intención del
donante, la figura del mediador/recaudador -advierte Dufourcq (1996c:
81-4)- está, en apariencia, ausente, cuando no es percibida
negativamente, siendo imaginado como un impostor o un parásito
(lo que explica, igualmente, que el propio recaudador trate de permanecer
invisible o, a lo sumo, de disimular su presencia ante el donante,
aun invitándole a donar).
Sin embargo -y he aquí la paradoja- el sufrimiento ajeno,
cuyo deseo de erradicar justifica la donación, no es susceptible
de ser mostrado y percibido más que a través de la
mediación, como representación.
En efecto, el donante, desde la lejanía, no está
facultado para percibir el sufrimiento tal cual es en el momento
en que se produce. Pero, por añadidura, tampoco éste,
sin haber sido filtrado, es decir, sin que haya perdido su pureza
y haya devenido una imagen, una representación, sería
comprensible y, por consiguiente, válido como reclamo para
donar (provocaría estupefacción, rechazo, tal vez
indignación, pero probablemente no llegaría a persuadir).
Aunque los ciudadanos ignoren o tiendan a negar que no darían
si previamente no se les hubiera pedido, parece indudable que la
propensión a donar requiere ser estimulada (se trata de un
potencial que debe ser activado). Llamamos 'marketing asociativo'
(13)
al conjunto de instrumentos que facultan a las ONG para entrar en
contacto con la población, presentarle sus causas y hacerlas
comprensibles, con la finalidad de incitarla a adoptar un compromiso
financiero.
Cuanto más seductora sea la causa perseguida, es decir,
cuanto más atractivos sean los productos que se venden
y la forma de exhibirlos, más rentable será. Las cuestaciones
de urgencia, especialmente cuando involucran a víctimas profusamente
mediatizadas, reportan mayores ingresos que otras causas más
desatendidas. El drama de Ruanda de 1994 probablemente no contenga
más sufrimiento que el de las guerras de Angola o Sudán.
Pero como consecuencia del distinto trato mediático que han
recibido estos conflictos, en el primer caso la recaudación
de fondos excedió con creces a la obtenida en los otros (Vaccaro
1996: 124-5).
El marketing se apoya, principalmente, en técnicas
publicitarias y comunicativas (edición de carteles y folletos,
elaboración de reportajes, envíos por correo, testimonios
personales, etc...).
Puesto que, según lo anunciado, en la inclinación
o el rechazo a dar es más substancial la capacidad de persuasión
del recaudador que la generosidad o egoísmo del donante,
cabe preguntarse si aquélla debe tener límites. ¿Qué
técnicas son aceptables para promover la donación?
¿Hasta qué punto es permisible la simulación
y la manipulación?
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| 3. Conclusiones |
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Como se desprende de Bourdieu (1997: 188), las ONG se amparan en
una doble verdad: por un lado, una 'verdad económica', que
las induce a posicionarse en el mercado (hemos convenido en llamarlo
'mercado de la caridad') y adquirir en él los recursos indispensables
que les permitan existir; y, por otro, una 'verdad humanitaria'
(14),
que les impulsa a enfrentarse a la pobreza y a los infortunios,
que supuestamente refuta a la primera.
Pese a que el discurso humanitario encubre y eufemiza las relaciones
económicas -tal es la función del discurso religioso
en las instituciones estudiadas por Bourdieu (op. cit.: 191)-,
que quedan transfiguradas, por medio de la lógica del voluntariado
y de la gratuidad, en una suerte de vínculos de parentesco
espiritual ('todos somos hermanos'), no deja de estar enteramente
integrado en la economía de las prácticas que
lo acompañan. De hecho, sería plausible describir
muchas de estas prácticas disponiendo de dos palabras o expresiones,
de distinta categoría, que se solapan: donantes/financiadores,
población beneficiaria/clientes, campañas humanitarias/marketing,
etc.
Siguiendo los argumentos del propio Bourdieu (op. cit.:
189), la 'empresa humanitaria' no sólo se mueve plenamente
en el ámbito de lo económico, sino que además,
en términos competitivos, actúa con ventaja: paradójicamente,
se la proporciona su capacidad de mantener y reproducir aquellas
condiciones (el trabajo gratuito y la ofrenda) que niegan su dimensión
económica. En efecto, aprovechándose, en su funcionamiento,
del voluntariado y de la donación, puede reducir los costes
de producción y obtener capital sin interés. A ello
cabría añadir el beneficio que deriva del efecto marca:
el adjetivo 'humanitario' tiene el valor de una garantía
moral.
De todos modos, cabe reconocer que las ONG -como la propia Iglesia-
no sólo viven de donaciones (limosnas) de los particulares
ni del trabajo no remunerado (servicio). En efecto, adaptándose
a las circunstancias del presente, han podido efectuar una transición
en sus fundamentos económicos. La transacción, de
marcado contenido simbólico, que han mantenido con sus donantes
y con sus voluntarios, va quedando relegada en favor de una transacción
de nuevo cuño con el Estado, encargado de financiarlas a
cambio de que éstas garanticen determinados servicios que
aquél no desea o no puede ofrecer.
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| bibliografia |
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